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La nueva división tecnológica: cuando los chips se vuelven arma geopolítica

Tras décadas de integración global, potencias mundiales levantan muros digitales. América Latina queda atrapada en el medio de una batalla que redefinirá el orden tecnológico.
La nueva división tecnológica: cuando los chips se vuelven arma geopolítica

La nueva división tecnológica: cuando los chips se vuelven arma geopolítica

Hace treinta años, el mundo funcionaba según una lógica casi irrefutable: producir donde es más barato, vender donde se puede, expandir sin fronteras. Las corporaciones tecnológicas internacionales diseñaban en Silicon Valley, fabricaban en Asia, vendían globalmente. Era la promesa de la globalización. Hoy ese modelo se desmorona bajo el peso de una realidad incómoda: la tecnología no es solo comercio, es poder.

Estados Unidos y China han comenzado a construir lo que algunos analistas llaman un «telón de acero tecnológico». No es una cortina de hierro ideológica como la del siglo XX, sino algo potencialmente más determinante: el control sobre los circuitos integrados, la inteligencia artificial y los sistemas que gobernarán las próximas décadas. Los aranceles, las restricciones a la exportación, las prohibiciones de inversión extranjera—todo responde a una convicción compartida, aunque enmascarada en lenguajes distintos: quien controle la tecnología controlará el futuro geopolítico.

Cuando la cadena de suministro se politiza

La «guerra del chip» no es nueva, pero su intensidad sí. Taiwan fabrica más del 60% de los semiconductores globales y controla casi el 90% de los más avanzados. Eso convierte a una isla de 23 millones de habitantes en el cuello de botella más importante de la economía mundial. China necesita estos chips para su desarrollo tecnológico. Estados Unidos teme que China los monopolice. Ambos juegan un ajedrez donde cada movimiento tiene consecuencias reales para billones de dólares en valor económico.

Los aranceles impuestos por la administración estadounidense no son medidas aisladas de proteccionismo clásico. Representan una estrategia deliberada de desglobalización selectiva: permitir flujos comerciales que fortalezcan a aliados, bloquear los que beneficien a rivales. China responde con sus propias barreras, sus propias restricciones a materias primas críticas, su propia visión de un orden tecnológico multipolar. Entre ambas potencias, la lógica del mercado libre se evaporar.

La inteligencia artificial como catalizador

La IA amplifica los incentivos de esta confrontación. No se trata solo de quién fabrica más procesadores, sino de quién desarrolla los algoritmos más avanzados, quién entrena los modelos más poderosos, quién establece los estándares globales. Una inteligencia artificial superior podría revolucionar desde la medicina hasta la defensa militar, pasando por la vigilancia masiva y el control social. Por eso ambas potencias invierten cifras récord y cierran sus fronteras a la transferencia tecnológica.

Europa, por su parte, intenta una tercera vía con su Ley de Chips y sus regulaciones sobre IA, buscando autonomía estratégica sin renunciar completamente a la cooperación internacional. Pero incluso los europeos están eligiendo bandos, permitiendo inversión estadounidense pero poniendo barreras a la china.

La trampa latinoamericana

¿Dónde queda América Latina en este nuevo orden? Precisamente donde ha quedado en todas las guerras tecnológicas: en el margen. Nuestros países no fabrican chips, no desarrollan IA de frontera, no controlan plataformas globales. Somos consumidores de tecnología, no productores. Y en una época donde la tecnología es poder, eso nos coloca en una posición particularmente vulnerable.

La ironía es brutal: mientras Washington y Beijing trazan nuevas fronteras, nuestros gobiernos siguen planteando la integración tecnológica como si 2024 fuera 1994. Invertimos en universidades que forman ingenieros que emigran. Compramos soluciones tecnológicas a precios de monopolio. Cargamos con regulaciones que nos impone quien controla las plataformas. Y ahora, en el nuevo escenario de restricciones, quedamos más atrapados aún.

El precio de la división

Hay un costo real en esta fragmentación tecnológica: la innovación se ralentiza cuando la colaboración científica disminuye. Los costos suben cuando desaparecen las economías de escala. La seguridad se complica cuando la tecnología se politiza. Y los ciudadanos corrientes pagamos la factura en forma de dispositivos más caros, menos opciones y menor privacidad.

Pero hay algo más preocupante: la creencia de que la tecnología puede y debe ser un arma geopolítica es ahora consenso entre potencias. Eso normaliza la idea de que los bienes comunes —como el conocimiento científico o los estándares abiertos— pueden ser confiscados por razones de seguridad nacional. Una vez que esa puerta se abre, es muy difícil cerrarla.

Una pregunta incómoda

¿Es posible otra salida? Probablemente no en el corto plazo. La lógica de la seguridad nacional siempre triunfa en momentos de tensión geopolítica. Pero vale la pena preguntarse qué mundo estamos construyendo. ¿Uno donde la tecnología profundiza las divisiones o uno donde podría servir para acercar? La respuesta dependerá menos de lo que hagan potencias lejanas y más de lo que decidamos hacer nosotros con lo que tenemos: talento humano, mercados diversos, la capacidad de aprender rápido. América Latina necesita dejar de esperar permiso para actuar.

Información basada en reportes de: Eldiario.es

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