La erosión de nuestra capacidad de asombro
En las últimas dos décadas, América Latina ha experimentado una transformación silenciosa pero devastadora en la forma como percibimos la violencia. No se trata solo de cifras o estadísticas que aparecen en los noticieros: es el cambio profundo en cómo reaccionamos como sociedad ante lo que antes nos hubiera paralizado de horror.
Cuando un homicidio deja de generar reacciones viscerales en nosotros, cuando scrolleamos sobre noticias de muertes violentas como si fueran anuncios publicitarios, hemos cruzado una línea que va más allá de la simple desensibilización. Hemos permitido que la tragedia ajena se convierta en ruido de fondo de nuestras vidas cotidianas.
Una epidemia silenciosa de indiferencia
El fenómeno no es nuevo, pero su velocidad es alarmante. En países como El Salvador, Honduras, México y Venezuela, donde las tasas de homicidio han alcanzado niveles comparables a zonas de conflicto armado, la población ha desarrollado mecanismos psicológicos de defensa que nos permiten convivir con lo insoportable. El problema es que estos mecanismos tienen un costo inmeasurable.
La investigadora Beatriz Székely, especializada en comportamiento social en contextos de violencia extrema, advierte que la normalización de la muerte violenta crea una especie de entumecimiento moral. Las personas no se vuelven más duras simplemente: pierden la conexión emocional con la realidad que las rodea. Se produce lo que algunos expertos llaman «desapego existencial», un distanciamiento psicológico que nos protege del sufrimiento constante pero que, paradójicamente, nos debilita como colectivo.
El silencio como cómplice
Cuando dejamos de escandalizarnos, dejamos también de exigir. La indignación es el combustible de la demanda social por cambios. Sin ella, los gobiernos, las instituciones y los criminales actúan en un vacío moral donde la violencia se perpetúa sin resistencia significativa. Las madres de desaparecidos en México, los familiares de víctimas en Guatemala, los activistas de derechos humanos en toda la región, saben que su mayor adversario no es siempre el delincuente que comete el crimen: es la apatía ciudadana que permite que continúe sin castigo.
En redes sociales, hemos visto cómo noticias sobre ejecuciones, masacres y desapariciones generan menos engagement que un video de animales domésticos. Esto no refleja falta de humanidad individual: refleja un sistema de información y una saturación que nos ha entrenado para mirar hacia otro lado.
Las consecuencias de la rendición moral
Perder la capacidad de escandalizarnos significa mucho más que convertirse en personas «más fuertes» o «más realistas». Significa renunciar a los principios fundamentales que mantienen cohesionadas a las sociedades democráticas. Significa aceptar, tácitamente, que la vida de algunas personas vale menos. Significa permitir que la impunidad se consolide como la norma.
Los criminales necesitan que nos acostumbremos. Los gobiernos ineficientes necesitan que dejemos de exigir. Las instituciones corruptas necesitan que nos resignemos. La única manera de que el ciclo de violencia continúe sin perturbación es que nosotros, la sociedad civil, decidamos que ya no vale la pena luchar.
Recuperar la indignación
Aún estamos a tiempo de invertir esta tendencia. La indignación no es un lujo emocional: es un derecho y una responsabilidad. Significa volver a mirar a los ojos a las víctimas. Significa nombrar a los muertos por su nombre. Significa exigir justicia, cambios institucionales, políticas públicas efectivas.
En el momento en que recuperemos nuestra capacidad de escandalizarnos genuinamente ante la violencia, estaremos recuperando también nuestra humanidad colectiva y nuestro poder como sociedad para exigir un futuro diferente.
Información basada en reportes de: Nacion.com