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La ilusión proteccionista: cuando los aranceles no cumplen sus promesas

Mientras Washington apila barreras comerciales, su déficit persiste. Una lección sobre los límites de la política económica nacionalista.
La ilusión proteccionista: cuando los aranceles no cumplen sus promesas

La trampa de creer que los muros económicos resuelven todo

Hay un mito persistente en la política comercial global: la creencia de que levantar barreras arancelarias automáticamente reduce los desequilibrios económicos. Estados Unidos lo intentó de manera sistemática durante el año pasado, imponiendo gravámenes sobre importaciones procedentes de prácticamente todos sus socios comerciales. El resultado fue tan predecible como decepcionante para quienes apostaban por esta estrategia: el déficit comercial se mantuvo intacto.

Este fracaso no es accidental. Revela algo fundamental que los economistas han documentado durante décadas pero que los políticos siguen ignorando: los problemas comerciales tienen raíces estructurales mucho más profundas que lo que una tarifa puede resolver. Son cuestiones de inversión, productividad, tasas de ahorro, tipo de cambio y dinámicas globales de capital. Pretender que un arancel arregla esto es como creer que una aspirina cura el cáncer.

Mercantilismo disfrazado de modernidad

Lo fascinante es que esta mentalidad no es nueva. Es, literalmente, mercantilismo del siglo XVII, esa doctrina económica que dominó el pensamiento europeo durante la era colonial y que Adam Smith demolió hace más de 240 años en ‘La riqueza de las naciones’. La idea de que importar es malo y exportar es bueno, de que la riqueza nacional se mide por el supervávit comercial, de que el comercio es una competencia que tiene ganadores y perdedores absolutos: todo eso fue desacreditado hace siglos.

Sin embargo, aquí estamos. En un mundo hiperconectado, donde las cadenas de valor son transnacionales y donde un iPhone es estadounidense, surcoreano, chino y tailandés simultáneamente, seguimos jugando al viejo juego de sumar y restar compras y ventas entre países como si el comercio fuera una batalla geopolítica medieval.

El costo invisible para la región

Para América Latina, esto tiene implicaciones directas. Cuando Washington pone aranceles indiscriminados, no solo afecta a China o la Unión Europea. Nuestras exportaciones agrícolas, textiles y mineras también enfrentan nuevas presiones. Y cuando Estados Unidos no logra reducir su déficit mediante aranceles, termina buscando otras vías: restricciones de inversión, presión sobre tipos de cambio, o politización de tratados comerciales que afectan desproporcionadamente a países medianos.

Lo paradójico es que el déficit comercial estadounidense refleja algo que muchos celebran: una economía de consumo dinámica y acceso a bienes baratos para sus ciudadanos. Ese déficit es, en parte, el reverso de un superávit de capital: dinero que fluye hacia Estados Unidos precisamente porque inversionistas globales confían en su estabilidad. Corregirlo mediante aranceles es como querer bajar la fiebre destruyendo el termómetro.

¿Qué aprendemos de este experimento fallido?

El fracaso de la estrategia arancelaria masiva ofrece una lección valiosa: la política comercial tiene límites reales. No puede compensar desequilibrios macroeconómicos. No puede crear competitividad donde no existe. No puede sustituir la inversión en educación, infraestructura e innovación.

Latinoamérica necesita observar esto con atención. Algunos gobiernos en la región caen periódicamente en la tentación del proteccionismo como solución mágica a problemas complejos. El experimento estadounidense reciente es un recordatorio empírico de que esa no es la respuesta.

La verdadera pregunta no es cómo cerrar las fronteras, sino cómo competir mejor dentro de un mundo abierto. Eso requiere políticas mucho más sofisticadas: mejora educativa, estabilidad institucional, reducción de costos de transacción, diversificación productiva. Menos épico que erigir muros, pero infinitamente más efectivo.

La persistencia del pensamiento mágico

Lo que más intriga es la resistencia del mercantilismo a morir. A pesar de toda la evidencia en su contra, sigue siendo electoralmente atractivo. Promete soluciones simples a problemas complejos. Identifica enemigos claros. Genera narrativas de recuperación nacional. Por eso no desaparece.

Pero los números no mienten. Los aranceles de 2024 no redujeron el déficit estadounidense. Esa es la única verdad que importa. Y mientras los políticos sigan creyendo que pueden desafiar las leyes de la economía con retórica nacionalista, seguiremos viendo estos experimentos fallidos que, de paso, afectan a economías más vulnerables que apenas pueden defenderse.

La pregunta que deberíamos hacernos no es si el mercantilismo sigue vivo, sino cuándo aprenderemos a dejarlo morir.

Información basada en reportes de: El Financiero

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