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La ilusión del crecimiento: cuándo se agota la paciencia de una nación

Ocho años de estancamiento económico ponen a prueba la resiliencia social. El verdadero peligro llega cuando ya no hay nada que repartir.
La ilusión del crecimiento: cuándo se agota la paciencia de una nación

La ilusión del crecimiento: cuándo se agota la paciencia de una nación

México enfrenta una realidad incómoda que prefiere evitar en sus discursos oficiales: casi una década sin expansión económica significativa. No es una cifra abstracta de analistas en torres de marfil. Es la experiencia cotidiana de millones de personas que ven cómo sus salarios no avanzan, cómo las oportunidades se contraen y cómo el futuro que les prometieron nunca llega.

Lo curioso, y en cierto modo preocupante, es que la sociedad aún no ha explotado. Hay cansancio, sí. Se percibe en las conversaciones de oficina, en los encuentros familiares, en las redes sociales. Pero ese cansancio no se ha traducido masivamente en demanda de cambios estructurales. Todavía hay suficiente amortiguador social, suficiente distribución de beneficios residuales, como para mantener la presión dentro de límites controlables.

Aquí está el verdadero nudo gordiano: la paciencia de una sociedad no es infinita, pero tampoco es impredecible. Funciona como un resorte. Puede soportar tensión durante años, incluso décadas si hay al menos la ilusión de movilidad futura. La gente acepta sacrificios presentes si cree que sus hijos vivirán mejor. Acepta desigualdad si percibe que el pastel crece y todos, aunque sea proporcionalmente, reciben algo más cada año.

Cuando ese crecimiento se detiene, el contrato social implícito comienza a resquebrajarse. No de inmediato—aquí es donde la mayoría de los analistas yerran en sus pronósticos—sino gradualmente, como el óxido que come el acero desde adentro.

El dilema de la distribución sin crecimiento

Latinoamérica ya conoce este guión. Argentina lo vivió en 2001, cuando años de estancamiento derivaron en una explosión social que redibujó el mapa político del país. Brasil experimentó ciclos similares en los noventa. Colombia y Perú han enfrentado presiones crecientes cuando la promesa de prosperidad se evaporó.

Lo que distingue el momento actual es que los gobiernos, independientemente de su color político, descubrieron una válvula de escape: la redistribución mediante transferencias y programas sociales. Mientras haya fondos públicos disponibles, mientras los gobiernos puedan endeudarse o extraer recursos de sectores específicos, es posible mantener cierta paz social sin necesidad de que la economía crezca.

Pero esta estrategia tiene fecha de vencimiento. No se puede repartir indefinidamente lo que no se produce. Los números no son opinión. Las finanzas públicas tienen límites. La deuda tiene límites. Las tasas de interés suben cuando la capacidad de pago se deteriora. Los inversionistas se asustan. Y entonces, inexorablemente, llega el ajuste.

El horizonte se oscurece

El peligro real no es el cansancio presente, sino la convergencia de tres factores. Primero: la imposibilidad creciente de mantener el gasto público redistributivo. Segundo: la frustración acumulada de una década de promesas incumplidas. Tercero: la radicalización de narrativas políticas que ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos.

Cuando esos tres elementos chocan—cuando ya no se puede repartir, cuando la paciencia se convierte en rabia, cuando los extremos ofrecen certezas falsas—la estabilidad se vuelve frágil. No es inevitable. Nada lo es. Pero es probable.

La pregunta que deberían hacerse los responsables de política pública no es cómo mantener el status quo un año más. Es cómo construir crecimiento real. Porque el tiempo de los parches se acaba.

Información basada en reportes de: El Financiero

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