La próxima frontera extractivista: datos en lugar de minerales
La inteligencia artificial no existe en el éter digital que imaginamos. Detrás de cada consulta a ChatGPT, cada imagen generada por algoritmos, cada predicción de modelos de aprendizaje automático, hay máquinas físicas que consumen recursos tangibles: agua, electricidad, territorio.
Según proyecciones recientes, la industria global planea construir entre 120 y 130 megacentros de datos anuales, lo que significaría aproximadamente 800 instalaciones de hiperescala operando antes de 2030. Es un ritmo de expansión que no tiene precedentes en la historia de la infraestructura tecnológica y que está generando tensiones geopolíticas sobre recursos que ya escasean en varias regiones del planeta.
El consumo voraz de agua: un problema regional urgente
Estos centros de datos son máquinas de consumir agua a escala industrial. Un megacentro requiere entre 300 y 600 millones de litros anuales solo para refrigeración, según estudios del sector. En contexto latinoamericano, esto adquiere dimensiones críticas.
El Amazonas experimenta sequías cada vez más frecuentes. El Altiplano andino enfrenta crisis hídrica estructural que afecta a millones de personas. Acuíferos en México, Centroamérica y el Cono Sur muestran señales de agotamiento. Precisamente en estos territorios, gigantes tecnológicas como Microsoft, Google y Amazon han comenzado a explorar ubicaciones para instalar infraestructura de inteligencia artificial, atraídas por costos laborales bajos y, en algunos casos, regulaciones ambientales menos rigurosas.
En Chile, uno de los principales productores de litio para baterías, la competencia por agua entre la minería del litio y nuevos centros de datos amenaza con profundizar una crisis que ya ha dejado acuíferos secos en el norte del país. En Brasil, donde existen planes para expandir centros de datos en regiones próximas al Amazonas, científicos advierten sobre efectos en cascada para uno de los mayores reguladores climáticos del planeta.
Energía: la carrera por electricidad en territorios vulnerables
El consumo eléctrico de estos centros es equivalente al de ciudades medianas. Un megacentro consume entre 50 y 100 megavatios continuos. Con 800 instalaciones proyectadas, estamos hablando de demanda energética comparable a la de países completos.
En América Latina, donde la matriz energética sigue siendo vulnerable y donde millones aún carecen de acceso eléctrico confiable, esta competencia genera dilemas complejos. Gobiernos ven inversión extranjera y promesas de empleo. Comunidades locales enfrentan la realidad: apagones, desviación de recursos de proyectos públicos, y exclusión de beneficios tangibles.
Uruguay y Argentina han sido particularmente activos en atraer estos proyectos con incentivos. Pero el análisis de costo-beneficio revela que la mayoría de empleos generados son temporales (construcción) o requieren especializaciones importadas, mientras los impactos ambientales son permanentes.
Territorio: la nueva colonialidad de los datos
Existe un patrón histórico que se repite: empresas globales identifican territorios con recursos abundantes pero gobernanza débil, e instalan infraestructura que extrae valor hacia mercados externos. Primero fue oro y plata. Luego cobre, litio y petróleo. Ahora, los datos.
Comunidades indígenas y campesinas que protegieron estos territorios durante siglos descubren que su gobernanza local es ignorada por decisiones tomadas en California o Dublin. Los derechos de consulta previa, cuando existen legalmente, son tramitados de forma insuficiente.
¿Qué hacer ante esta avalancha?
No se trata de rechazar la innovación tecnológica. Se trata de establecer límites y condiciones. Varios gobiernos latinoamericanos comienzan a debatir regulaciones más estrictas sobre consumo de agua en centros de datos, similar a las adoptadas en Europa. Otros exploran modelos de energías renovables como condición para instalaciones nuevas.
Lo fundamental es reconocer que la inteligencia artificial tiene un costo material real, y que ese costo no debe pagarlo exclusivamente quienes menos responsables son de generarlo. La transición hacia sistemas de IA responsables exige que América Latina negocie desde su posición de región con recursos críticos, estableciendo estándares ambientales y sociales no negociables, garantizando participación de comunidades afectadas, y asegurando que los beneficios económicos genuinos queden en territorio local.
La próxima década será decisiva. Las decisiones que se tomen ahora sobre dónde instalar esta infraestructura definirán conflictos por décadas.
Información basada en reportes de: Elespectador.com