La otra cara del boom tecnológico: qué cuesta la inteligencia artificial en recursos naturales
La carrera global por dominar la inteligencia artificial tiene un precio que pocas veces se visibiliza en los anuncios de startups y gigantes tecnológicos. Mientras empresas como OpenAI, Google y Meta compiten por desarrollar modelos de IA cada vez más potentes, detrás de pantallas y algoritmos existe una infraestructura física masiva: los centros de datos de hiperescala, también conocidos como data centers gigantescos, que requieren cantidades monumentales de agua, electricidad y territorio.
Según estimaciones internacionales, la próxima década verá la construcción de entre 800 y 1.000 megacentros de datos a escala mundial. Esta explosión infraestructural coincide con momentos de tensión hídrica y energética críticos en varios países latinoamericanos, desde el colapso de reservas en Chile hasta restricciones de suministro eléctrico en Brasil.
¿Cuántos recursos consume realmente un data center?
Cada centro de datos de gran escala requiere aproximadamente entre 4 y 8 millones de litros de agua diarios para sistemas de enfriamiento. En paralelo, consume energía equivalente a la demanda de una ciudad mediana. Un data center típico funciona con eficiencia energética de apenas 40%, lo que significa que buena parte de la electricidad se disipa en forma de calor.
Para contexto regional: mientras Argentina y Uruguay buscan atraer inversiones en data centers ofreciendo incentivos fiscales, países como Perú y Colombia enfrentan sequías que afectan el suministro hídrico a poblaciones rurales. La competencia por estos recursos apenas comienza a explicitarse en debates públicos.
Latinoamérica en el punto de mira de inversores tecnológicos
La región representa un territorio atractivo para estas inversiones. Ofrecemos clima templado en el sur, tarifas energéticas competitivas en algunos países, y gobiernos dispuestos a ofrecer exoneraciones impositivas. Sin embargo, estos acuerdos rara vez incluyen evaluaciones ambientales independientes o consultas previas con comunidades locales.
Chile ha sido pionero en atraer estos proyectos, pero también ha experimentado fricciones cuando data centers compiten por agua en zonas de escasez histórica. En el norte del país, donde la minería ya genera demanda hídrica insostenible, la llegada de nuevos centros de computación incrementa presiones sobre acuíferos sobreexplotados.
El costo oculto del progreso digital
Más allá del agua y la energía, estos megaproyectos generan presiones sobre territorios, reconfiguran paisajes rurales e impactan ecosistemas locales. En varios países, las consultas a comunidades indígenas—cuando ocurren—suceden en condiciones de asimetría informativa y poder.
El debate ambiental también intersecta con estrategia geopolítica. Mientras potencias tecnológicas extranjeras aseguran infraestructura en Latinoamérica, la región sigue siendo principalmente consumidora, no propietaria, de estos ecosistemas digitales. Las ganancias se concentran en corporaciones multinacionales, mientras los costos ambientales recaen localmente.
¿Qué alternativas existen?
Gobiernos latinoamericanos pueden establecer marcos regulatorios más exigentes: auditorías ambientales independientes, límites al consumo hídrico, metas de energía renovable para data centers, y distribución equitativa de beneficios con comunidades. Uruguay y Costa Rica han mostrado que regulación ambiental y atracción de inversión tecnológica no son incompatibles.
También emerge una pregunta fundamental: ¿qué modelo de desarrollo tecnológico queremos en Latinoamérica? ¿Continuar ofreciendo territorio y recursos naturales como plataforma para algoritmos extranjeros, o desarrollar capacidades locales en tecnología con estándares ambientales propios?
Urgencia de decisiones informadas
Con entre 120 y 130 data centers nuevos construyéndose cada año globalmente, el tiempo para establecer regulaciones es ahora. Cada proyecto que inicia sin evaluación rigurosa representa presión duración sobre acuíferos, redes eléctricas y territorios ya vulnerables al cambio climático.
La inteligencia artificial promete resolver problemas globales. Pero mientras tanto, en cuencas hidrográficas de Chile, Perú y Colombia, el costo real de esa promesa ya está siendo pagado por comunidades que no participaron en la decisión.
Información basada en reportes de: Elespectador.com