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La ganadería devora los bosques: México pierde 73% de sus selvas

La expansión de pastizales para crianza de ganado es el principal motor de deforestación en México. Expertos advierten sobre las consecuencias climáticas y ecosistémicas de este modelo.

La ganadería devora los bosques: México pierde 73% de sus selvas

En México, donde la riqueza forestal es patrimonio natural y regulador climático vital para toda Latinoamérica, una actividad económica específica está transformando el paisaje a ritmo acelerado. Datos oficiales de la Comisión Nacional Forestal revelan que la conversión de terrenos boscosos en praderas destinadas a la ganadería representa más de tres cuartas partes de toda la deforestación permanente que sufre el país.

Esta cifra trasciende lo puramente ambiental. Mientras el mundo discute estrategias de mitigación climática en cumbres internacionales, el ganado continúa avanzando sobre ecosistemas que tardaron siglos en consolidarse, generando efectos en cascada que afectan desde la calidad del agua hasta la regulación de lluvias en la región.

Un modelo económico con costo ambiental desproporcionado

La ganadería extensiva en pastizales no es un fenómeno aislado. Representa una de las actividades productivas más antiguas en el continente latinoamericano, herencia del periodo colonial que se intensificó en el siglo XX con la mecanización agrícola y la demanda global de carne. Sin embargo, su huella ecológica ha crecido exponencialmente.

En México específicamente, el sector ganadero opera en múltiples regiones: desde los bosques tropicales del sureste hasta los ecosistemas áridos del norte. Cada conversión de territorio forestal a pradera implica la pérdida irreversible de servicios ambientales. Los árboles que desaparecen eran sumideros de carbono, proveedores de agua, hábitat para biodiversidad y reguladores de microclimas locales.

La cifra de 73% no es casual. Refleja décadas de decisiones que priorizaron la rentabilidad ganadera sobre la preservación forestal, muchas veces con subsidios gubernamentales que abarataban la expansión territorial del ganado. El resultado es un círculo vicioso donde cuanta más tierra se convierte, mayor es la presión por encontrar nuevas áreas para explotar, especialmente cuando los pastos degradados pierden productividad.

Consecuencias para la región y el clima global

Los bosques de México no son solo un asunto mexicano. Como parte del corredor biológico mesoamericano, conectan ecosistemas desde Centroamérica hasta el norte del continente. Su degradación tiene repercusiones regionales en patrones de lluvia, temperaturas y estabilidad de otras economías agrícolas.

Desde la perspectiva climática, la deforestación por ganadería es particularmente problemática. No solo elimina árboles que capturan dióxido de carbono, sino que el ganado bovino es también un generador significativo de metano, gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2. De este modo, la expansión ganadera actúa en dos frentes contra la estabilidad climática.

Comunidades indígenas y pequeños agricultores que dependían de los bosques para alimentos, medicinas y materiales de construcción ven reducirse sus opciones de subsistencia. La transformación del territorio también afecta la disponibilidad de agua en regiones donde la escasez ya es crítica.

¿Hay alternativas en el horizonte?

Algunos actores en el sector reconocen la insostenibilidad del modelo actual. Iniciativas de ganadería silvopastoril, que integran árboles dentro de los sistemas ganaderos, están demostrando que es posible producir carne manteniendo cobertura forestal y mejorando la captura de carbono. Sin embargo, estas prácticas requieren capacitación, inversión inicial y cambios en la estructura de precios.

Los gobiernos latinoamericanos enfrentan una disyuntiva política delicada. El sector ganadero genera empleo y divisas, pero a un costo ambiental que las próximas generaciones herederán. Algunos países comienzan a establecer áreas de protección forestal más estrictas y a ofrecer incentivos para ganadería más sostenible.

Lo urgente es reconocer que el bosque en pie tiene mayor valor económico a largo plazo que convertido en pastura. No solo por su capacidad de capturar carbono en un planeta que se calienta, sino como generador de servicios ecosistémicos que ninguna actividad productiva puede reemplazar. En México, donde la deforestación acelerada pone en riesgo la estabilidad climática regional, las decisiones que se tomen hoy definirán el paisaje y el clima de las próximas décadas.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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