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La ganadería arrasa con los bosques de México: 73% de la deforestación

Datos oficiales revelan que la expansión de pastizales para ganado es el principal motor de la pérdida forestal en México, con graves consecuencias para el clima y la biodiversidad regional.
La ganadería arrasa con los bosques de México: 73% de la deforestación

Pastizales que devoran bosques: la deforestación silenciosa de México

En las últimas décadas, México ha experimentado una transformación silenciosa pero devastadora de su paisaje forestal. Según registros de la Comisión Nacional Forestal, más del 73% de la pérdida permanente de bosques en el país responde a un único factor: la conversión de tierras boscosas en extensiones dedicadas a la ganadería. Esta cifra, alarmante por su magnitud, refleja una realidad que se replica en toda América Latina y que evidencia cómo las decisiones económicas de corto plazo erosionan los cimientos ecológicos de la región.

La ganadería no es un problema nuevo en América Latina. Desde la época colonial, la cría de ganado bovino ha sido central en la economía rural del continente. Sin embargo, lo que ha cambiado radicalmente en los últimos 30 años es la escala y la intensidad de esta actividad. La demanda global de carne y productos lácteos, combinada con políticas de expansión territorial poco reguladas, ha convertido los bosques en campos abiertos de pastoreo. En México, esto significa que donde antes había selvas tropicales, bosques de pino-encino o ecosistemas únicos, ahora se extienden praderas monótonas dedicadas al ganado.

Un patrón continental que acelera la crisis climática

México no es una excepción en este continente. Brasil enfrenta presiones similares en el Amazonas, donde la ganadería es responsable de aproximadamente el 80% de la deforestación. Paraguay, Colombia, Bolivia y Nicaragua también reportan cifras comparables. Este patrón continental revela un problema estructural: la ganadería extensiva es tolerada, subsidiada y promovida como modelo de desarrollo rural, mientras que los bosques —que ofrecen servicios ambientales incalculables— se consideran simplemente terrenos disponibles para la producción.

El impacto de esta transformación va mucho más allá de los límites de México. Los bosques mexicanos, especialmente los tropicales y subtropicales, son sumideros de carbono de importancia global. Su eliminación libera carbono acumulado durante siglos, acelerando el cambio climático. Además, estos ecosistemas regulan el ciclo hidrológico, generan lluvia y mantienen estables los patrones climáticos regionales. Su desaparición afecta no solo a México, sino a patrones de precipitación en toda Norteamérica y el Caribe.

La biodiversidad como primera víctima

Más allá de las ecuaciones climáticas, la deforestación por ganadería representa una pérdida irreversible de biodiversidad. México alberga entre el 10% y el 12% de todas las especies conocidas en el planeta. Jaguares, pumas, tapires, pecarís y cientos de especies de aves y reptiles dependen de bosques intactos para sobrevivir. Cuando un bosque se convierte en pastizal, estas especies pierden no solo su hábitat, sino sus posibilidades de supervivencia a largo plazo. Muchas poblaciones ya están fragmentadas y aisladas en reservas cada vez más pequeñas.

La pérdida de biodiversidad tiene consecuencias prácticas inmediatas. Los bosques albergan miles de especies de plantas con potencial farmacéutico aún inexplorado. Contienen microorganismos y hongos fundamentales para procesos biogeoquímicos. Son laboratorios naturales que la humanidad apenas comienza a comprender. Su eliminación es una apuesta arriesgada contra el futuro.

¿Quién se beneficia? ¿Quién paga?

Es fundamental hacer visible una pregunta incómoda: mientras unos pocos ganaderos y empresas se benefician de la expansión territorial, quiénes pagan el costo real. Los campesinos sin tierra, las comunidades indígenas que pierden sus territorios ancestrales, los agricultores enfrentados a sequías cada vez más severas y, finalmente, todos los ciudadanos de México y Latinoamérica que heredarán un planeta más cálido y menos resiliente. Los costos ambientales y climáticos no se contabilizan en los balances económicos tradicionales, pero son reales y se acumulan.

Hacia una transición necesaria

Reconocer el problema es el primer paso. La cifra del 73% no es un dato abstracto; es una invitación a repensar cómo se produce alimento en México y en la región. Existen alternativas: sistemas agroforestales que combinan ganadería con conservación, recuperación de bosques secundarios, ganadería intensiva en menos tierra. Costa Rica ha demostrado que es posible reforestar mientras se mantiene una economía rural viable. Uruguay ha mejorado su productividad sin expandir sus fronteras agrícolas.

La transición no será fácil. Requiere reconversión económica, capacitación, inversión pública y una revalorización profunda de lo que consideramos desarrollo. Pero seguir el camino actual garantiza consecuencias climáticas severas y la erosión irreversible del patrimonio natural de México. La urgencia no admite demoras.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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