¿Oportunidad o espejismo? El dilema industrial de México en tiempos de reconfiguración global
Los últimos años han traído un cambio sísmico en la geografía económica mundial. Las tensiones comerciales entre potencias, la pandemia que expuso las fragilidades de las cadenas de suministro globales y la búsqueda de diversificación geográfica están redibujando dónde se producen las cosas. Para México y varios países latinoamericanos, esto representa un momento de oportunidad sin precedentes. Pero como suele ocurrir en la región, tener oportunidad y aprovecharla son dos cosas completamente distintas.
El nearshoring —la estrategia de trasladar operaciones productivas a países cercanos para reducir riesgos y costos logísticos— ha puesto los ojos de inversionistas globales sobre México. Esto no es casualidad. Proximidad geográfica con Estados Unidos, acuerdos comerciales como el T-MEC, costos laborales relativamente competitivos y una ubicación que ahorra semanas de transporte marítimo hacen que México sea atractivo para empresas que buscan alejarse de la dependencia asiática. El fenómeno ya está ocurriendo: fabricantes de semiconductores, automotrices, electrónica y empresas químicas están evaluando o ya instalando operaciones en territorio mexicano.
El fantasma del modelo extractivista
Sin embargo, existe un riesgo que acecha esta oportunidad como una sombra histórica. México y gran parte de América Latina tienen una larga experiencia en recibir inversión extranjera directa que, en última instancia, ha dejado poco en términos de desarrollo tecnológico endógeno y creación de valor. Durante décadas, la región funcionó como proveedora de materias primas o ensambladora de productos de bajo valor agregado, mientras que las decisiones estratégicas, la investigación y el desarrollo, y las ganancias principales permanecían en los países desarrollados.
Este patrón no fue accidental. Fue resultado de la ausencia de políticas industriales claras, inversión insuficiente en educación superior y capacitación técnica, limitaciones en acceso a financiamiento para innovación, y en ocasiones, gobiernos que veían cualquier intervención estatal en economía como tabú ideológico. El resultado fue que países como Chile, Argentina, Brasil y México se especializaron en lo que mejor sabían hacer: producir barato, no producir bien.
¿Qué debería ser diferente ahora?
La ventana actual del nearshoring durará solo si México logra transformar su participación en las cadenas globales. Esto requiere decisiones deliberadas en varios frentes simultáneamente. Primero, educación técnica y superior orientada hacia sectores de alto valor agregado: semiconductores, manufactura avanzada, biotecnología, energías limpias. No basta con tener manos disponibles; se necesitan cerebros capacitados.
Segundo, políticas fiscales y de financiamiento que incentiven la investigación y desarrollo local. Cuando una empresa multinacional abre una fábrica en México pero toda su innovación ocurre en Silicon Valley, el país obtiene empleos pero no desarrollo tecnológico. Se necesitan fondos públicos y privados que apoyen startups, laboratorios y centros de investigación mexicanos.
Tercero, infraestructura no solo física sino también digital e institucional. Puertos, carreteras y energía confiable son necesarios, pero también instituciones de investigación de clase mundial, simplificación regulatoria para negocios innovadores, y estabilidad política que transmita confianza a largo plazo.
La lección latinoamericana
La región ha visto este drama antes. En los años 70 y 80, Brasil impulsó una política industrial agresiva que resultó en gigantes locales en petróleo, minería y manufactura. Posteriormente, cambios de gobierno y apertura económica radical debilitaron esas empresas. Chile enfatizó educación pero no siempre vinculada a demanda industrial real. Colombia y Perú se mantienen principalmente como exportadores de commodities a pesar de intentos de diversificación.
México tiene la ventaja de su proximidad a Estados Unidos y su acuerdo comercial. Pero también tiene el riesgo de conformarse con ser un simple satélite manufacturero. Corea del Sur transformó su economía en dos décadas porque el Estado coreano fue deliberado: priorizó sectores, protegió campeonatos nacionales en fases tempranas, invirtió obsesivamente en educación, y exigió transferencia tecnológica a cambio de acceso a mercados.
El momento de decidir
No se trata de rechazar la inversión extranjera ni de creer que México puede convertirse en potencia tecnológica mañana. Se trata de ser inteligente respecto a qué tipo de nearshoring se acepta, qué requisitos se imponen, y cómo se construye capacidad local que perdure más allá de los ciclos de inversión global. Otros países en Asia y América Latina están viendo las mismas oportunidades. La pregunta es si México y sus gobiernos locales tienen la visión y la persistencia para escribir un final diferente a su historia industrial.
La próxima década dirá si el nearshoring fue un catalizador para transformación o simplemente otro capítulo en la larga novela de oportunidades desaprovechadas.
Información basada en reportes de: El Financiero