La ecuación que nadie quiere resolver
Durante décadas, México ha invertido recursos incalculables en combatir el narcotráfico. Miles de soldados patrullan las calles, cientos de kilos de droga se aseguran cada año, y decenas de capos han sido capturados. Sin embargo, la violencia persiste, los cárteles se multiplican y el tráfico de sustancias sigue siendo uno de los negocios más lucrativos del país. ¿Qué falta en esta ecuación? Quizá no sea lo que hacemos, sino lo que no queremos ver.
Un análisis cada vez más frecuente entre académicos, activistas y hasta algunos funcionarios públicos sugiere algo incómodo: el narcotráfico no existe por generación espontánea. Sus raíces son dos, tan simples como complejas: existe porque hay quién compra las drogas, y existe porque hay alguien que se beneficia de mantenerlas prohibidas.
La demanda: el motor silencioso
Millones de personas en todo el mundo consumen sustancias ilegales. En México, la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas en Población Escolar reveló que el consumo entre jóvenes ha ido en aumento. En Estados Unidos, la adicción a los opioides ha generado una crisis de salud pública que reclama cada año decenas de miles de vidas. Esta demanda global es real, constante y económicamente irresistible.
Cuando hay mercado, hay quien lo abastece. Los traficantes no crean la necesidad; responden a ella. Es un negocio tan antiguo como el comercio mismo: oferta y demanda. La diferencia es que este producto está prohibido, lo que lo hace extraordinariamente rentable. Un gramo de cocaína que cuesta centavos producirlo en Colombia se vende por dólares en las calles estadounidenses. Esa brecha de precio es el incentivo perfecto para el crimen organizado.
La prohibición: la otra cara de la moneda
Pero la historia no termina ahí. La prohibición de las drogas, aunque persigue el objetivo de proteger la salud pública, ha generado consecuencias no previstas. Al criminalizar el consumo y la distribución, los gobiernos entregaron el negocio completo a actores criminales sin regulación alguna. No hay control de calidad, no hay impuestos que recauden los Estados, no hay información sobre el producto que consume la gente.
En países como Portugal, que despenalizó el consumo hace más de dos décadas, los números hablan por sí solos: las muertes por sobredosis disminuyeron, el consumo de drogas inyectables bajó significativamente, y se logró canalizar a más personas hacia tratamientos de rehabilitación. El enfoque de salud pública funcionó donde el enfoque punitivo fracasó.
La prohibición, además, ha consolidado imperios del crimen. Mientras el consumo siga siendo un delito, mientras los adictos sean perseguidos en lugar de tratados, el narcotráfico tendrá garantizado un suministro constante de clientes desesperados dispuestos a pagar lo que sea. La violencia entre cárteles por el control del mercado ha dejado en México más de 250,000 muertes en lo que va del siglo XXI.
Latinoamérica en la encrucijada
Los países latinoamericanos han pagado un precio desproporcionado por una guerra que no comenzó en sus territorios. Colombia, Perú, Bolivia y México producen coca y amapola porque hay demanda internacional. Los cárteles mexicanos distribuyen porque los estadounidenses y europeos compran. Sin embargo, quienes mueren son jóvenes en barrios pobres de Monterrey, Acapulco y Ciudad Juárez.
Uruguay y algunos Estados de Estados Unidos han iniciado el camino de la legalización y regulación del cannabis. Los resultados iniciales sugieren que es posible otra forma de hacer las cosas: reducir la violencia, generar ingresos fiscales, y garantizar productos seguros para quienes consumen.
El cambio que asusta
Reconocer estas dos verdades incómodas requiere abandonar narrativas simplistas. No se trata de elegir entre ser «blando» o «duro» con el crimen. Se trata de enfrentar que mientras exista demanda sin regulación y prohibición sin alternativas, el narcotráfico seguirá floreciendo.
El cambio significa invertir en tratamiento de adicciones como un problema de salud, no de seguridad. Significa regular mercados para sacar ganancias de manos criminales. Significa aceptar que la guerra contra las drogas, tal como la conocemos, ya perdió.
México necesita una conversación nacional honesta sobre qué está dispuesto a hacer diferente. Porque mientras sigamos buscando culpables en las calles, los verdaderos responsables del narcotráfico seguirán operando en las sombras: la demanda que no queremos reconocer y la prohibición que no queremos cuestionar.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx