El trabajo que nadie cuenta
Durante décadas, las estadísticas económicas globales han ignorado sistemáticamente una realidad fundamental: la mayoría del trabajo que sostiene la vida no aparece en los registros oficiales. En América Latina, donde las desigualdades de género se entrecruzan con crisis ambientales aceleradas, esta invisibilidad tiene consecuencias concretas y medibles.
Las mujeres rurales que cultivan alimentos para subsistencia, las que gestionan recursos hídricos en comunidades indígenas, las que cuidan bosques y manglares mientras el sector privado extrae sus recursos: su labor fundamental permanece fuera de los cálculos del PIB, de los reportes ambientales oficiales y de las decisiones de política pública. No es un problema teórico. Es una brecha que explica por qué nuestras estrategias de desarrollo y conservación ambiental fallan sistemáticamente.
Economía feminista: herramienta para entender la crisis climática
La economía feminista propone una pregunta radical: ¿quién sostiene realmente nuestra supervivencia? Cuando miramos América Latina desde esta perspectiva, descubrimos que el trabajo de reproducción social y ambiental—aquello que permite que la vida continúe—recae desproporcionadamente en mujeres, frecuentemente sin remuneración y sin reconocimiento.
En contextos de crisis climática, esto se intensifica. Las sequías en el Chocó colombiano, la desertificación en el Cerrado brasileño, la contaminación hídrica en Perú: en cada uno de estos escenarios, son mujeres las que cargan con la mayor parte del trabajo adaptativo. Caminan distancias cada vez mayores para conseguir agua. Replantean sistemas agrícolas con recursos cada vez más escasos. Protegen semillas tradicionales mientras los monopolios de transgénicos avanzan.
La invisibilidad tiene precio
Cuando la economía convencional ignora este trabajo, comete un error de cálculo catastrófico. Subestima el valor real de los ecosistemas. Sobrestima la viabilidad de modelos extractivistas. Diseña políticas climáticas que fallan porque no consideran a quienes realmente gestionan los recursos naturales en el territorio.
En Bolivia, las mujeres agroecológicas producen el 80% de los alimentos para el mercado interno, pero sus conocimientos sobre manejo de suelos y biodiversidad se consideran «tradicionales» y quedan excluidos de las estrategias de transición climática justa. En Guatemala, las mujeres mayas protegen la mitad del territorio con prácticas de conservación comunitaria, pero no reciben financiamiento climático mientras se destina dinero a megaproyectos que las desplazan.
Revalorizar el trabajo de cuidado es revalorizar la naturaleza
La conexión es directa: quien cuida a las personas también cuida los territorios. Las economías feministas latinoamericanas muestran que los sistemas de cuidado comunitario y los sistemas ecológicos son inseparables. El trabajo doméstico, el cuidado de menores y ancianos, la gestión de recursos naturales a escala local: todos alimentan el mismo sistema de reproducción de la vida.
Esto significa que cualquier estrategia seria de adaptación climática en la región debe comenzar por reconocer, valorar económicamente e incluir en la toma de decisiones a quienes actualmente realizan el trabajo de cuidado. No es filantropía. Es precisión científica.
Hacia estadísticas que reflejen la realidad
Los países latinoamericanos comienzan a incorporar mediciones de trabajo no remunerado en sus sistemas de cuentas nacionales. México, Colombia y Chile han avanzado en esto. Pero los datos siguen siendo subutilizados en diseño de política ambiental. Las universidades mantienen departamentos de economía donde el enfoque feminista sigue siendo marginal.
Sin embargo, en territorios donde se ha integrado la perspectiva de economía feminista en iniciativas climáticas—como algunos proyectos de agroecología y manejo forestal comunitario—los resultados son medibles: mayor resiliencia, conservación más efectiva, distribución más equitativa de beneficios.
Lo urgente es hacerlo visible
La crisis climática latinoamericana no se resolverá mientras sigamos construyendo políticas basadas en estadísticas que ignoran a la mayoría de quienes realmente actúan sobre el territorio. Necesitamos economistas que caminen por las comunidades rurales, que dialoguen con mujeres indígenas, que pregunten cómo se toman decisiones sobre agua, tierra y bosques lejos de los ministerios de la capital.
El cambio comienza con visibilidad. Con incluir en los reportes económicos lo que siempre estuvo ahí. Con reconocer que la mujer que protege una cuenca no está fuera de la economía: la economía convencional es la que está demasiado ciega para verla.
Información basada en reportes de: Eldiario.es