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La ciencia mexicana sigue siendo masculina: el reto pendiente de la equidad

Menos de una de cada tres investigadoras en México refleja una realidad global: las mujeres avanzan en ciencia, pero las barreras estructurales persisten.
La ciencia mexicana sigue siendo masculina: el reto pendiente de la equidad

México sigue rezagado en paridad científica: solo 32 de cada 100 investigadores son mujeres

La brecha de género en la investigación científica mexicana no es un dato aislado ni anecdótico. Representa, más bien, una falla sistémica en nuestro modelo educativo y laboral que limita el potencial innovador del país. Según informó recientemente la Unesco, en México apenas el 32.3% de los investigadores registrados son mujeres, una cifra que, aunque superior al promedio global, deja entrever un panorama desigual que exige atención inmediata.

Este diagnóstico no es sorpresa para quienes trabajan en instituciones de investigación y universidades. Desde hace décadas, académicas, científicas y defensoras de derechos han documentado cómo las mujeres enfrentan obstáculos múltiples: desde la segregación en campos considerados tradicionalmente «masculinos» como ingenierías y física, hasta la maternidad utilizada como razón implícita para limitar oportunidades de desarrollo profesional. La cifra de la Unesco es, entonces, un espejo que refleja una realidad que la sociedad mexicana ha tolerado demasiado tiempo.

Un contexto regional que no es tranquilizador

Latinoamérica ha avanzado en los últimos quince años respecto a inclusión de mujeres en ciencia. Países como Argentina, Brasil y Chile han implementado políticas de discriminación positiva que han mejorado sus indicadores. Sin embargo, estos avances son frágiles y reversibles. La pandemia de Covid-19, por ejemplo, demostró que durante crisis las mujeres científicas son las primeras en verse desplazadas de puestos de responsabilidad y financiamiento de investigación.

México, con su posición intermedia en estos indicadores, tiene la oportunidad de aprender de experiencias regionales exitosas. Pero también tiene la responsabilidad de reconocer que los números no cuentan historias completas. Detrás del 32.3% hay mujeres físicas trabajando en laboratorios con salarios menores que sus colegas hombres, mujeres matemáticas cuyas tesis son frecuentemente cuestionadas con mayor severidad, mujeres biólogas que deben elegir entre maternidad y carrera científica.

Las barreras invisibles que perpetúan la desigualdad

La segregación horizontal es particularmente problemática. Las mujeres se concentran en campos como biología, medicina y ciencias sociales, mientras que en física, matemáticas puras e ingeniería informática su presencia apenas alcanza el 15-20%. Esta distribución no es fruto de preferencias naturales, sino de decisiones educativas tempranas, condicionamiento social y falta de modelos a seguir.

El sistema educativo mexicano, desde primaria hasta posgrado, sigue perpetuando estereotipos. Las niñas reciben mensajes implícitos de que la ciencia «dura» no es para ellas. Los libros de texto muestran científicos, los científicos famosos suelen ser hombres. En las aulas, cuando una estudiante sobresale en matemáticas, recibe comentarios sobre lo «inusual» de su desempeño. Estos detalles, aparentemente menores, acumulan efectos devastadores en la construcción de identidades y aspiraciones.

¿Qué está en juego más allá de la equidad?

Esta brecha no es solamente un asunto de justicia social, aunque por supuesto lo es. Es también una cuestión de eficiencia nacional. Cuando México deja fuera del sistema científico al 67.7% de su potencial talento femenino, se está disparando en el pie económicamente. La innovación se resiente. La competitividad científica del país mengua. Los problemas de salud, agricultura, energía y tecnología que enfrenta México requieren de la mejor inteligencia colectiva disponible, sin importar el género de quienes la posean.

Los países que han avanzado significativamente en paridad de género en ciencia reportan también mayores índices de innovación y productividad científica. Suecia, Alemania y Nueva Zelanda no han alcanzado paridad por generosidad, sino porque reconocieron que era un imperativo económico y social.

Propuestas concretas para un cambio real

¿Qué debería hacer México ahora? Primero, reconocer explícitamente que la desigualdad existe y documentarla con mayor precisión. Se necesitan datos disagregados por disciplina, por nivel jerárquico en instituciones de investigación, y por acceso a fondos de investigación. Segundo, implementar políticas de acción afirmativa en universidades y centros de investigación: becas dirigidas, cuotas en selección de proyectos, y financiamiento específico para investigadoras.

Tercero, transformar la educación media. Campañas que visibilicen a científicas mexicanas, programas de mentoría, e iniciativas que desmientan el mito de que las mujeres «no son buenas para la ciencia». Cuarto, garantizar que las políticas de conciliación trabajo-vida familiar no sean solo responsabilidad de las mujeres, sino que incluyan corresponsabilidad institucional y masculina.

Un futuro posible pero no inevitable

El dato de la Unesco puede interpretarse de dos formas. Como una derrota: México está por debajo de lo que podría estar. O como una invitación: el cambio es posible, otros países lo han hecho, México también puede. Esta última interpretación es la que debe guiar la política educativa y científica nacional en los próximos años.

El futuro de la ciencia mexicana dependerá de si tomamos en serio que la equidad de género no es un capricho progresista, sino una necesidad estratégica. Las científicas mexicanas que actualmente representan el 32.3% del sistema están entre las mejores del mundo. Imaginen qué podría lograr México si ese porcentaje fuera 50, 60, o incluso más. No es una pregunta retórica. Es el desafío pendiente de una nación que aspira a ser potencia científica.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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