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La brecha de protección: por qué ningún país está listo para las víctimas

Una escritora francesa que trabaja con poblaciones vulnerables advierte sobre la insuficiencia de sistemas de protección contra la violencia de género en el mundo.
La brecha de protección: por qué ningún país está listo para las víctimas

Las historias que pesan más que las palabras

Cada atardecer, cuando cierra la puerta de su centro de atención, Sophie Demange carga consigo el peso de cientos de narrativas rotas. Historias de mujeres, de menores en riesgo, de personas en situación de calle cuyas vidas se cruzan con la violencia de múltiples formas. La escritora francesa, originaria de Ruan y directora de una organización que atiende a poblaciones vulnerables, ha pasado años escuchando testimonios que la mayoría preferiría no escuchar. Y de esa experiencia acumulada, de esas conversaciones cotidianas cargadas de dolor y resistencia, surge una conclusión inquietante: ningún país en el mundo tiene realmente los mecanismos necesarios para proteger a quienes sufren violencia de género.

Este diagnóstico no viene de un informe académico distante ni de estadísticas frías. Viene de la trinchera, del día a día con mujeres trabajadoras sexuales que navegan sistemas que las criminalizan antes que protegerlas, de menores desprotegidas cuyas denuncias se pierden en expedientes burocráticos, de personas sin hogar cuya vulnerabilidad las expone a abusos sistemáticos sin consecuencias.

Un problema global que toca México de cerca

En América Latina, estas palabras resuenan con particular urgencia. México ocupa los primeros lugares en violencia feminicida de la región. Según datos de organizaciones de derechos humanos, cada día desaparecen decenas de mujeres en el país. Las cifras oficiales hablan de miles de asesinatos, pero detrás de cada número hay historias como las que Demange escucha en Francia: historias de sistemas que fallan, de instituciones que no responden, de leyes que existen en papel pero no en la práctica.

La perspectiva de Demange es particularmente valiosa porque no proviene de la victimización ni del paternalismo, sino de una observación frontal: incluso en países europeos con aparatos institucionales más robustos, las víctimas de violencia de género enfrentan obstáculos estructurales. Si en Francia, con todos sus recursos, los sistemas fallan, ¿qué esperar en contextos con menos presupuesto, más corrupción y mayor vulnerabilidad social?

Cuando la precariedad multiplica la violencia

La reflexión de esta escritora toca un punto neurálgico que frecuentemente queda fuera de los discursos públicos: la violencia de género no afecta igual a todas las mujeres. Las trabajadoras sexuales, las personas sin hogar, las migrantes, las indígenas —grupos que Demange atiende directamente— enfrentan capas adicionales de exclusión. No solo son víctimas de violencia doméstica o sexual; también sufren estigmatización que las coloca fuera de la protección del sistema.

En México, una trabajadora sexual denunciante enfrenta no solo el riesgo de represalias, sino también la incredulidad institucional. Las menores desprotegidas muchas veces no tienen documentos que prueben su identidad. Las mujeres en situación de calle carecen de un domicilio que registrar. El sistema, en su diseño actual, está construido para proteger a quienes ya tienen estabilidad mínima. A todos los demás, los deja desprotegidos.

Redefinir la protección desde la realidad

Lo que Demange plantea, implícitamente, es que la solución no es simplemente crear más leyes o protocolos. Ya existen protocolos. Lo que falta es una reimaginación radical de qué significa proteger. Significa pensar desde la realidad de quienes viven en márgenes. Significa reconocer que una mujer sin hogar necesita protección no solo de su agresor, sino del sistema que la criminalizó por serlo. Significa que la ley debe blindarse contra la impunidad de forma que la verdad se imponga antes que la influencia.

Su advertencia es un espejo incómodo para gobiernos y sociedades que se enorgullecen de sus avances en derechos. Porque mientras se celebran leyes progresistas en las legislaturas, en las casas, en las calles, en los refugios improvisados de las personas sin hogar, la violencia continúa sin que nadie la detenga.

El próximo paso: escuchar sin mirar hacia otro lado

Demange sigue escribiendo, sigue dirigiendo su centro, sigue escuchando. Y mientras lo hace, acumula evidencia de lo que ya sabemos pero pretendemos no saber: que la protección real requiere transformación real. No basta con aumentar presupuestos si el dinero se pierde en burocracia. No basta con capacitar funcionarios si el sistema mismo está diseñado para fallar a las más vulnerables.

Para México y América Latina, su mensaje es tanto un reto como una invitación: a repensar desde cero cómo protegemos, a quién le creemos, y qué estamos dispuestos a sacrificar de nuestra comodidad para garantizar la seguridad de quienes vivimos en los márgenes. Porque mientras no lo hagamos, seguiremos llegando a casa cada tarde cargando las historias de quienes nadie protege.

Información basada en reportes de: Elperiodico.com

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