Miércoles, 29 de julio de 2026 Edición Impresa
Recientes
Visa apuesta a la coexistencia: ¿Por qué PIX y criptomonedas no tienen por qué pelear?El planeta se rebela contra las mega-fábricas de datos de la tecnologíaFiscalía de San Diego busca desestimar cargos contra 'El Mayo' tras condena en NYAneurismas cerebrales: qué debe saber sobre una enfermedad silenciosaNicaragua impulsa nueva reforma constitucional que ampliaría poderes presidencialesLas reglas del juego: por qué la competencia justa es motor de progresoBBVA financia la COP31: ¿Greenwashing o compromiso climático real?La batalla mundial contra la expansión descontrolada de servidores digitalesVisa apuesta a la coexistencia: ¿Por qué PIX y criptomonedas no tienen por qué pelear?El planeta se rebela contra las mega-fábricas de datos de la tecnologíaFiscalía de San Diego busca desestimar cargos contra 'El Mayo' tras condena en NYAneurismas cerebrales: qué debe saber sobre una enfermedad silenciosaNicaragua impulsa nueva reforma constitucional que ampliaría poderes presidencialesLas reglas del juego: por qué la competencia justa es motor de progresoBBVA financia la COP31: ¿Greenwashing o compromiso climático real?La batalla mundial contra la expansión descontrolada de servidores digitales

La batalla mundial contra la expansión descontrolada de servidores digitales

Comunidades en cinco continentes se organizan contra megaproyectos de centros de datos. ¿Qué significa esto para México y América Latina?

La infraestructura invisible que divide al mundo

Mientras millones de usuarios en América Latina acceden diariamente a redes sociales, servicios en la nube y plataformas de streaming, existe una realidad menos visible pero igualmente urgente: la carrera sin frenos de las corporaciones tecnológicas por construir enormes instalaciones de procesamiento de datos en territorios cada vez más diversos geográficamente.

Este fenómeno, que ha ganado visibilidad internacional en los últimos meses, representa un punto de quiebre. No se trata simplemente de infraestructura digital abstracta. Detrás de cada centro de datos existe un territorio específico, comunidades locales afectadas, recursos naturales comprometidos y decisiones políticas que privilegian intereses corporativos sobre necesidades comunitarias.

¿Por qué esto importa en América Latina?

En México y el resto de la región, el tema adquiere dimensiones particulares. Los gobiernos latinoamericanos, frecuentemente buscando atraer inversión extranjera directa, han facilitado la entrada de megaproyectos tecnológicos con regulaciones ambientales y laborales muchas veces insuficientes. La promesa de empleos y modernización ha nublado el análisis crítico sobre los costos reales de estas operaciones.

Los centros de datos requieren consumo energético masivo. En regiones donde ya existe estrés hídrico o donde la generación eléctrica depende de fuentes no renovables, esta demanda agrava vulnerabilidades preexistentes. Chile, por ejemplo, país que ha experimentado megasequías, ha visto cómo proyectos de datos compiten por agua con comunidades agrícolas y pueblos indígenas.

Precedentes globales que iluminan el camino

La resistencia organizada que emerge en Estados Unidos, Irlanda y Asia no es casualidad. En Irlanda, gobiernos locales han interpuesto bloqueos legales a proyectos de Meta y Google ante preocupaciones sobre consumo eléctrico y cambio climático. En Estados Unidos, comunidades han documentado cómo estos centros generan pocos empleos permanentes mientras causan contaminación térmica y demandan infraestructuras públicas sin contribuir proporcionalmente.

Estos movimientos demuestran que es posible cuestionar la narrativa de que el progreso tecnológico debe aceptarse sin condiciones. No es anti-progreso; es pro-justicia ambiental y social.

El costo ambiental invisible

Un centro de datos típico consume entre 20 y 50 megavatios de electricidad continuamente. Si además incluye sistemas de enfriamiento, el consumo de agua puede alcanzar millones de litros diarios. En contextos latinoamericanos ya marcados por desigualdad en acceso a servicios básicos, estas cifras resultan inaceptables sin mecanismos robustos de compensación comunitaria y beneficio compartido.

La industria argumenta que moderniza territorios y genera oportunidades. Pero ¿para quién? Las ganancias fluyen hacia corporaciones estadounidenses y asiáticas. Los costos ambientales se distribuyen entre poblaciones locales que frecuentemente carecen de voz en las decisiones.

¿Qué pueden hacer gobiernos y comunidades?

México y otros países latinoamericanos enfrentan una opción crucial: aceptar pasivamente nuevos proyectos siguiendo modelos agotados, o aprender de experiencias internacionales para establecer marcos regulatorios dignos. Esto incluye: evaluaciones ambientales independientes rigurosas, garantías de energía renovable, compensación directa a comunidades afectadas, y máxima transparencia en negociaciones.

Algunos estados mexicanos ya han explorado regulaciones más exigentes. Este es el camino correcto. La tecnología es necesaria, pero sus costos no pueden externalizarse indefinidamente sobre territorios vulnerables.

Una pregunta para la región

¿Qué tipo de desarrollo tecnológico queremos en América Latina? ¿Uno que amplíe desigualdades existentes o que las cuestione? Los próximos meses serán decisivos, conforme nuevas propuestas de centros de datos lleguen a gobiernos locales. La lección global es clara: cuando las comunidades se organizan, la resistencia es posible.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

🗞️
Edición Impresa Leer ahora →