Jicotillos y renacuajos: cuando la infancia se despide en una tarde de lluvia
Cuando el aire de abril se espesa con el aroma de tierra mojada que dejan las primeras lluvias, Omar sigue buscando en el reflejo de cualquier charca al niño que fue. Han pasado muchas décadas desde quinto de primaria, pero en algún rincón de su memoria persiste aquel niño de rodillas raspadas y desaliñado que descubrió que en el pupitre de al lado podía caber el universo entero.
El orden y el caos compartiendo un salón
Ella era la pulcritud hecha persona. Mariana tenía los cuadernos forrados sin una sola página doblada, escribía con caligrafía casi perfecta y era la niña más lista de la clase. Era elegida siempre para los honores a la bandera, tan admirada que se dio el lujo de rechazar ser abanderada de la escolta. Su uniforme impecable, bien planchado, sus dos trenzas perfectas y esos hoyuelos que se formaban en sus mejillas al sonreír, la hacían la envidia de cualquier niño de primaria.
Omar, en cambio, era el desastre caminando. Un torbellino de distracciones que fabricaba aviones de papel para volarlos a la hora del recreo. No era brillante en la escuela, menos aún en cumplir tareas. Vivía en mundos que creaba en su cabeza, donde sus calificaciones eran tan malas como sus aspiraciones escolares eran nulas. Orden y caos compartiendo el mismo salón de clases.
Cuando el maestro reunió dos mundos opuestos
Fue el maestro Pablo quien, en una mañana como cualquiera, cambió los lugares de los alumnos. Puso a un niño de buenas calificaciones con otro de malas notas, y a Omar lo colocó junto a Mariana con un comentario burlón que resonaría para siempre: «Haber si se te pega algo, aunque no creo, tú eres un caso perdido». La vergüenza quemó en las mejillas del niño desaliñado mientras toda la clase escuchaba. El maestro disfrutaba ridiculizar a sus alumnos frente a todos.
Al principio, Mariana no quería ni voltear a verlo. Pero poco a poco, Omar fue ganándose su atención. Al cabo de algunas semanas, se hicieron amigos. Ella siempre compartía su lonche con él a la hora del recreo, mientras él le platicaba sus aventuras con su amigo el Güicho: cómo en tiempos de lluvias se iban a los lotes baldíos a buscar renacuajos que se formaban en las charcas, los metían en frascos de vidrio, atrapaban jicotillos y les amarraban un hilo en las patas para hacerlos volar.
Las diferencias que hacen crecer
Mariana lo escuchaba con atención. Sus tonterías la hacían reír. Ella, a su vez, le platicaba sus planes: quería ser periodista, viajar por el mundo. Omar se sorprendía de cómo era posible que pensara cosas de gente grande cuando él solo pensaba en jugar. No cabe duda: las niñas crecen más rápido que los niños.
En esa amistad improbable entre el orden y el caos, algo hermoso sucedía. Ella le regalaba disciplina a través de su presencia; él le obsequiaba risa y libertad. Eran, sin saberlo, la medicina que el otro necesitaba.
Una mañana gris que lo cambió todo
Fue una mañana lluviosa de nubes grises cuando todo terminó. Omar la vio salir de la dirección con los ojos enrojecidos, de la mano de su mamá. Su mundo perfecto se caía a pedazos: sus padres se estaban divorciando y se tenía que ir con sus abuelos a otro estado.
Al verlo, Mariana se soltó de la mano de su mamá y fue donde él estaba.
«Me voy, Omar», susurró con voz entrecortada, muy suavecito, como si no quisiera decirlo en voz alta.
No hubo promesas de cartas ni juramentos de sangre. Eran niños y el futuro siempre les quedaba demasiado grande. Se despidieron con un beso rápido en la mejilla. Él recuerda que olía a jabón y a despedida definitiva.
Regresó con su mamá y las vio cruzar la puerta de la escuela, alejándose de su desorden y de la escuela para siempre.
La lección que duró toda una vida
Omar se quedó parado, frente al asta bandera, sintiéndose más desolado que nunca. Algo dentro de él se había roto. Miró hacia el salón de clase y un jicotillo solitario se estrellaba torpemente sobre el cristal, incapaz de entender que la primavera se había terminado antes de tiempo.
Ahora, a su edad, cuando escribe estas líneas, Omar entiende que Mariana no solo fue un amor de infancia. Fue la primera vez que la belleza del orden lo miró a los ojos. La primera vez que aprendió que en este mundo, las cosas más puras suelen tener la brevedad de un verano.
Guarda la esperanza de que Mariana haya cumplido sus metas y sus sueños, de que sea la mujer que sus calificaciones auguraban. Y espera que hoy, cuando la lluvia desprende ese aroma a tierra mojada como perfume de la infancia, el zumbido de los jicotillos le devuelva su nombre por un instante. Que en su memoria sobreviva, como un hermoso recuerdo, aquel niño desaliñado y con las rodillas raspadas que en quinto año no conocía de leyes ni de distancias.
Porque al final, solo somos eso: la risa de alguien que ya no nos ve, flotando en una tarde de lluvia que nunca termina de caer.