Cuando el amor se convierte en materia de estudio
Hay libros que envejecen y hay libros que simplemente maduran. El arte de amar, la obra que Erich Fromm entregó al mundo en 1956, pertenece claramente a la segunda categoría. Seis décadas después, en un contexto radicalmente distinto al de la posguerra europea, el pensamiento del psicólogo humanista sigue interpelándonos con una pertinencia casi incómoda. Como si Fromm hubiera visto, desde las sombras de mediados de siglo, exactamente hacia dónde nos dirigíamos.
El gran mérito de Fromm fue plantear algo que la modernidad ha estado negando sistemáticamente: que amar no es simplemente algo que nos ocurre, un arrebato del destino o la química, sino una capacidad que debe cultivarse. Una disciplina. En un mundo que fetichiza la espontaneidad y la pasión como fuerzas naturales incontrolables, esta premisa sigue siendo radicalmente subversiva.
El contexto que le dio forma
Para entender la vigencia del pensamiento de Fromm, conviene recordar en qué momento nació su reflexión. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa y el mundo enfrentaban un profundo cuestionamiento sobre la naturaleza humana. ¿Cómo había sido posible tanta crueldad? ¿Qué había fallado en nuestras instituciones, nuestras familias, nuestras formas de relacionarnos?
Fromm, como otros intelectuales de su generación, buscaba en la psicología y la filosofía herramientas para comprender y reconstruir. Su conclusión fue desarmante en su sencillez: habíamos construido sociedades que no sabían amar. Habíamos creado sistemas económicos y sociales que instrumentalizaban el amor, lo convertían en mercancía, lo reducían a posesión.
El mercado del amor en tiempos de algoritmos
Si Fromm levantara la cabeza hoy, probablemente reconocería que sus advertencias fueron proféticas. Vivimos en la era de la mercantilización total del afecto. Las redes sociales han transformado el amor en contenido. Los algoritmos nos sugieren parejas como si fueran productos de un catálogo. La industria de las aplicaciones de citas monetiza nuestro deseo más fundamental. El romanticismo se vende en dosis de dopamina digital.
En América Latina, donde los legados del colonialismo y la desigualdad tejieron patrones relacionales profundamente dañados, esta reflexión de Fromm adquiere dimensiones adicionales. Nuestras culturas han normalizado formas de amor posesivas, jerárquicas, frecuentemente violentas. El machismo y el patriarcado han deformado nuestra comprensión de lo que significa vincularse genuinamente. En este contexto, la propuesta de Fromm—de entender el amor como un acto de compromiso, de conocimiento mutuo, de libertad compartida—suena casi utópica.
Amar como resistencia
¿Qué significa hoy reivindicar la lectura de El arte de amar? Significa reconocer que en tiempos de fragmentación y velocidad, la capacidad de amar profundamente es un acto político. Significa entender que el cuidado, la atención, la vulnerabilidad compartida son formas de resistencia contra un sistema que nos quiere aislados y consumidores.
Fromm nos recordaba que el amor verdadero requiere disciplina no en el sentido punitivo, sino en el de la práctica sostenida. Requiere presencia, honestidad, disposición a renunciar a cierto tipo de control. En un mundo que nos entrena constantemente para la distancia y la desconexión, esto es casi revolucionario.
Una invitación a la relectura
Releer a Fromm no es un ejercicio nostálgico. Es preguntarse si nuestras relaciones —con parejas, amigos, familia, comunidad— están siendo vividas o consumidas. Es cuestionarse si realmente hemos aprendido el arte que él proponía, o si simplemente hemos perfeccionado nuevas formas de evitarlo.
La modernidad sigue rehusándose a aprender. Pero quizás, en medio del ruido, algunos de nosotros sigamos escuchando la voz tranquila de Fromm, invitándonos a algo más profundo, más real, infinitamente más valiente: a amarnos genuinamente.
Información basada en reportes de: Agirregabiria.net