¿Por qué México exporta más pero crece menos?
Durante las últimas tres décadas, México ha experimentado una transformación comercial sin precedentes. La firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte en 1994 y su modernización en 2020 con el T-MEC prometían catapultar la economía nacional hacia nuevos horizontes de prosperidad. Las cifras de exportaciones manufactureras crecieron significativamente, posicionando al país como un actor relevante en las cadenas globales de valor. Sin embargo, hay un problema incómodo que los números de comercio exterior ocultan: el crecimiento económico general sigue siendo anémico.
Este contraste revelador plantea una pregunta fundamental que pocas veces se hace en los debates públicos: ¿de qué sirve vender más si la economía en general no crece al ritmo esperado? La respuesta, según analistas económicos, radica en un factor que raramente aparece en los titulares sobre negociaciones comerciales: la productividad.
El diagnóstico: no es culpa del tratado
Cuando los políticos enfrentan críticas sobre el desempeño económico, es común escuchar argumentos sobre la incertidumbre generada por acuerdos comerciales o cambios en las reglas del juego internacional. En el caso de México, algunos han atribuido el lento crecimiento del PIB a dudas sobre la estabilidad del T-MEC o a tensiones con sus socios comerciales. Sin embargo, esta narrativa omite la realidad más compleja que subyace en los datos macroeconómicos.
El verdadero cuello de botella no está en los tratados firmados ni en las negociaciones pendientes. Está en la capacidad de los trabajadores, empresas y sectores económicos para producir más valor con los mismos recursos. En otras palabras, la productividad.
¿Qué es la productividad y por qué importa tanto?
La productividad es, en términos simples, cuánto output genera cada unidad de input. Si un trabajador en Monterrey produce el doble de lo que produce uno en otra región, tiene mayor productividad. Si una fábrica moderna genera más productos con menos energía, también muestra mejor productividad.
Para el crecimiento económico a largo plazo, esto es crítico. Un país puede aumentar sus exportaciones de dos maneras: enviando más volumen de lo mismo, o vendiendo productos y servicios de mayor calidad y valor agregado. México ha hecho principalmente lo primero: más manufactura, más maquiladoras, más ensamble. Pero sin mejoras sustanciales en cómo producimos, eventualmente topamos con un techo.
El dilema mexicano: cantidad versus calidad
Imagina dos escenarios. En el primero, México duplica sus exportaciones manteniendo su nivel tecnológico actual. En el segundo, mantiene los volúmenes pero triplicaría el valor de lo que vende porque cada producto es más sofisticado. El segundo escenario genera más riqueza por unidad vendida, lo que se traduce en salarios más altos, más empleo de calidad y un crecimiento económico más robusto.
Durante décadas, la estrategia mexicana se ha inclinado hacia el primer escenario. Las maquiladoras y plantas de manufactura se multiplicaron, pero frecuentemente operan como extensiones de empresas extranjeras que controlan el diseño, la innovación y la captura de valor. México es la fábrica, pero no necesariamente el diseñador o el innovador.
Comparación regional: lecciones de otros emergentes
En América Latina, el contraste es instructivo. Mientras México acumula tratados comerciales, países como Chile han apostado por mejorar la educación técnica y la investigación. Brasil, a pesar de sus problemas, ha desarrollado sectores de alta tecnología. Incluso economías más pequeñas han logrado posicionarse en nichos de valor agregado. No es que estos países tengan más acceso a mercados; es que produjeron transformaciones internas en cómo generan valor.
Los números detrás del problema
México crece entre 1.5% y 2.5% anual en promedio durante los últimos años, muy por debajo del 3% que el país necesitaría para crear empleos suficientes y reducir pobreza significativamente. Entretanto, las exportaciones de manufacturas representan alrededor del 70% de las ventas totales al extranjero. El volumen es impressive; el valor agregado, no tanto.
Según datos del Banco Mundial, la productividad laboral en México se ha estancado en las últimas dos décadas. Esto significa que un trabajador mexicano de hoy produce aproximadamente lo mismo que uno de hace 20 años, ajustado por inflación. En contraste, en países como Corea del Sur o Singapur, la productividad se ha más que duplicado en el mismo período.
¿Qué hay que cambiar?
El diagnóstico apunta hacia soluciones que van más allá de mesas de negociación comercial. Se requiere inversión en educación técnica de calidad, acceso a financiamiento para innovación en pequeñas y medianas empresas, infraestructura logística que reduce costos, y políticas que incentiven a las compañías a invertir en mejora de procesos.
También es necesario que las empresas multinacionales que operan en México tengan mayores incentivos para trasladar actividades de mayor valor agregado, como investigación y desarrollo. Algunos países han logrado esto mediante política fiscal inteligente y marcos regulatorios que favorecen la retención del talento.
La realidad cotidiana detrás de las cifras
¿Qué significa esto para una familia mexicana promedio? En términos prácticos, significa salarios que no suben al ritmo esperado, oportunidades de empleo en sectores menos innovadores, y menor posibilidad de movilidad social. Mientras las exportaciones crecen, los sueldos reales apenas se mueven. Mientras las fábricas multiplican su producción, el ingreso familiar se estanca.
Un obrero que ensambla autopartes en una maquiladora fronteriza contribuye a que México venda más al mundo, pero si su productividad individual no mejora, su salario tampoco. Y sin aumentos en salarios reales, el mercado interno no crece, lo que limita aún más el crecimiento general de la economía.
Conclusión: más allá de los tratados
El debate sobre si el T-MEC es bueno o malo, si genera certidumbre o incertidumbre, es importante pero insuficiente. La verdadera conversación debe enfocarse en cómo transformamos la economía desde adentro. Más tratados sin más productividad es como tener una autopista perfecta pero conducir con un motor deficiente.
México tiene oportunidad de ser más que un fabricante de volumen. Puede ser un productor de innovación, de servicios de alto valor, de tecnología. Pero eso requiere decisiones políticas difíciles, inversiones significativas en educación y ciencia, y una visión de largo plazo que vaya más allá de ciclos sexenales.
Mientras tanto, el país seguirá vendiendo más al mundo sin que eso se traduzca necesariamente en más prosperidad para sus habitantes. Y esa es, quizás, la ironía más incómoda de la economía mexicana actual.
Información basada en reportes de: El Financiero