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El receta neoliberal que resurge: ¿Reducir Estado es la solución?

Ricardo Salinas Pliego plantea un modelo de gobierno basado en despidos masivos y baja tributaria. ¿Realmente funciona esta fórmula o es un espejismo?
El receta neoliberal que resurge: ¿Reducir Estado es la solución?

El receta neoliberal que resurge: ¿Reducir Estado es la solución?

En la política mexicana, cada tanto reaparece una proposición que parece sacada de un manual de economía de hace tres décadas. Esta semana, el empresario Ricardo Salinas Pliego volvió a plantear públicamente una estrategia de gobierno que pivotea sobre dos ejes: reducir la carga tributaria y desmantelar buena parte de la administración pública. No es una idea nueva. Tampoco es exclusivamente mexicana. Pero su persistencia merece una reflexión honesta.

Lo primero que debemos reconocer es que Salinas Pliego no improvisa. Es un empresario que ha demostrado capacidad para acumular poder económico, y eso le da cierta legitimidad para hablar de gestión empresarial. El problema comienza cuando la lógica de una corporación privada se traslada directamente al Estado, como si fueran entidades equivalentes. No lo son.

La ilusión de la eficiencia simplista

El argumento es seductor en su simplicidad: menos impuestos significan más dinero en manos de ciudadanos y empresarios; menos burócratas implica menos corrupción y gastos innecesarios. En teoría, suena casi obvio. En la práctica, esta ecuación ha sido probada en múltiples contextos latinoamericanos con resultados mixtos, contradictorios y frecuentemente decepcionantes.

Durante los años noventa y dos mil, países como Argentina, Chile y Perú implementaron versiones agresivas de este modelo. Privatizaciones masivas, reducción de personal estatal, flexibilización laboral, desregulación. ¿El resultado? Crisis financieras espectaculares, crecimiento de la desigualdad, fragmentación de servicios públicos y, paradójicamente, corrupción igual o mayor. Argentina necesitó múltiples rescates. Chile enfrentó estallidos sociales que revelaban el costo humano de esa arquitectura. Perú continúa lidiando con instituciones débiles e inestables.

El contexto importa. México no es una pizarra en blanco donde se pueda aplicar una fórmula limpia. Existe una administración pública bloqueada por intereses particulares, sí. Pero también existe un Estado que, a pesar de sus limitaciones, proporciona educación a millones, atiende emergencias sanitarias, y mantiene una infraestructura mínima que permite la actividad económica.

La pregunta incómoda sobre los despidos

Despedir «millones de burócratas», como se plantea, no es una medida técnica. Es una decisión política brutal. Estos son empleados públicos: maestros, enfermeras, trabajadores de agua potable, técnicos de infraestructura, empleados administrativos que sostienen la maquinaria estatal. ¿A cuál de ellos se despide primero? ¿Quién decide? ¿Con qué criterio?

La historia latinoamericana muestra que estos recortes nunca son quirúrgicos. Generalmente afectan primero a las funciones que atienden a poblaciones vulnerables: educación rural, atención primaria de salud, inspección ambiental. Mientras tanto, los servicios que benefician a élites empresariales—subsidios, exenciones fiscales, contratos públicos favorables—encuentran formas creativas de persistir.

El impuesto como inversión, no como carga

Bajar impuestos suena bien cuando tu empresa es una de las más grandes del país. Suena menos bien si eres un mexicano promedio que no tiene acceso a educación de calidad, cuya localidad carece de agua limpia, o cuyo hospital no tiene medicinas básicas. Los impuestos son impopulares, cierto. Pero en sociedades que funcionan, se entienden como inversión colectiva, no como extorsión.

El problema en México no es que se cobren demasiados impuestos. El problema es que no se cobran de manera progresiva, que existe evasión masiva entre grandes contribuyentes, y que lo recaudado frecuentemente se despilfarra en proyectos innecesarios o corrupción.

¿Qué pregunta deberíamos hacer?

En lugar de preguntarnos si debemos reducir el Estado brutalmente, la pregunta verdadera es: ¿cómo construimos un Estado ágil, efectivo y honesto? Eso requiere reforma profunda, pero no demolición. Requiere profesionalización de servicios públicos, transparencia radical, y un pacto fiscal donde todos contribuyan proporcionalmente.

Las soluciones fáciles casi nunca funcionan en economía política. Especialmente cuando provienen de quienes tienen recursos para defenderse en cualquier escenario.

Información basada en reportes de: Xataka.com.mx

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