El Plan B fracasa: Morena se queda sin votos para su reforma electoral
La reforma electoral del gobierno de Claudia Sheinbaum vuelve a enfrentar un obstáculo insalvable en el Congreso. Después de que la iniciativa presidencial original no lograra los apoyos necesarios, el denominado «Plan B» —una versión reducida tramitada en comisiones— también se tambalea ante la falta de consenso político.
Lo más revelador es que los aliados del gobierno, el PT y el PVEM, que en teoría respaldaban esta segunda propuesta, mantienen una postura ambigua. Los senadores del PT, en particular, se niegan a aprobar elementos clave como la revocación de mandato presidencial, que Sheinbaum pretendía incluir en la misma boleta electoral para, según el argumento oficial, ahorrar recursos federales.
Un argumento cuestionable que afecta a todos
La propuesta de reducir costos combinando la revocación con otros procesos electorales es, en el fondo, un ahorro que recae sobre los ciudadanos. Son los mexicanos quienes financian tanto las elecciones como los salarios de la clase política, independientemente del partido en el poder.
Si el Plan B sigue erosionándose, la reforma electoral podría terminar como el «Plan Z»: una iniciativa tan pequeña y diluida que apenas tendría impacto. Pero incluso esa versión mínima enfrentaría otro escollo: debe ser aprobada por los congresos locales, lo que introduce nuevas complejidades federales y abre interrogantes sobre cómo estados y municipios reaccionarán ante cambios que afectan su autonomía.
El ejercicio de los contrapesos que el gobierno ignoró
Este revés expone una realidad que el gobierno de Morena parece no haber asimilado: el sistema de pesos y contrapesos existe precisamente para evitar abusos de autoridad. La ciudadanía votó por cambio y transformación, no por concentración de poder.
Los morenistas llegaron al gobierno con promesas de reconstruir lo que estaba «podrido», pero octenta años de cambios institucionales no se pueden deshacer en algunos años de gobierno. Las correcciones requieren tiempo, diálogo y construcción consensuada, no decretos autoritarios.
Promesas incumplidas: el dinero cambió de manos, no de práctica
Si bien es cierto que el gobierno prometió reducir privilegios de los partidos políticos y establecer techos salariales, lo cierto es que estas medidas administrativas podrían implementarse sin necesidad de una reforma electoral polémica. Lo que se observa es un ejercicio de poder donde solo quien lo ostente —Morena— se beneficia de instituciones previamente malversadas.
El contradictorio resultado es que si antes había corrupción, ahora sigue habiendo. El dinero simplemente cambió de manos y de partido, pero la transformación real nunca llegó. Los grandes temas siguen sin resolverse y los atrasos se profundizan.
El PAN busca renovarse, pero carga su pasado
Mientras Morena se debate internamente, el PAN intenta un cambio de imagen. Su líder nacional, Jorge Romero, anunció un proceso de democratización interna abierto a cualquier ciudadano con credencial de elector. Una propuesta que suena progresista, pero que enfrenta un problema estructural: el partido tiene una larga tradición de centralismo y sectarismo.
El PAN necesita más que discursos para recuperar la confianza social. Su base de clase media y sus barreras clasistas han alejado al partido de la realidad de millones de mexicanos. Sin una reinvención genuina —no solo cosmética— sus esfuerzos por competir contra Morena serán energías gastadas inútilmente.
Los morenistas se preparan para una guerra interna
Dentro del gobierno, la tensión es palpable. Morena, PT y PVEM ya están en modo de confrontación para las elecciones internas. Las encuestas «filtro» ya se ejecutan para definir candidatos a los 17 cargos de gobernador que estarán en disputa el próximo año, de los cuales se especula que Morena podría asegurar 15.
Las rondas de evaluación de candidatos continuarán en octubre y noviembre, en un proceso donde cada aliado buscará llevar agua a su molino. Lo que antes parecía una coalición sólida ahora muestra sus fracturas.
Reflexión final: ¿transformación o simulacro?
El fracaso del Plan B de reforma electoral es un síntoma de algo más profundo: la falta de verdadera capacidad política del gobierno para negociar, construir consensos y cumplir promesas. La sociedad pidió cambio, no concentración de poder. Pidió democracia plural, no homogeneidad forzada.
Mientras Morena se enreda en sus propias contradicciones legislativas, los grandes problemas del país siguen sin respuesta. Los ciudadanos ya comienzan a preguntarse si este gobierno podrá entregar algo más que palabras y reformas fallidas.