Sábado, 30 de mayo de 2026 Edición Impresa
Recientes
Amazon apuesta por formar talento en IA: ¿filantropía o estrategia comercial?Guerrero bajo fuego: cuando el crimen organizado asedia a pueblos indígenasGuerrero: El conflicto armado que sofoca a comunidades indígenasMéxico moderniza acceso a medicamentos con dispensadores automáticosLópez Obrador y el ejercicio del derecho de réplica en MéxicoCuando el Estado elige la ceguera voluntariaMayo en bolsa: oportunidades inversoras en medio de turbulencias globalesMéxico se consolida como potencia automotriz global frente a EE.UU.Amazon apuesta por formar talento en IA: ¿filantropía o estrategia comercial?Guerrero bajo fuego: cuando el crimen organizado asedia a pueblos indígenasGuerrero: El conflicto armado que sofoca a comunidades indígenasMéxico moderniza acceso a medicamentos con dispensadores automáticosLópez Obrador y el ejercicio del derecho de réplica en MéxicoCuando el Estado elige la ceguera voluntariaMayo en bolsa: oportunidades inversoras en medio de turbulencias globalesMéxico se consolida como potencia automotriz global frente a EE.UU.

El paradoja mexicana: más chips, menos empleos y menos dinero

México dispara sus ventas tecnológicas a EE.UU., pero la riqueza generada se evapora. Un espejismo de crecimiento que no beneficia a los trabajadores.
El paradoja mexicana: más chips, menos empleos y menos dinero

El negocio que no beneficia a nadie: cómo México se convirtió en un tubo de exportación

Hay algo profundamente incómodo en las cifras que circulan sobre las exportaciones tecnológicas mexicanas hacia Estados Unidos. Los números se ven bien en un gráfico: más equipos de cómputo saliendo del país, un posicionamiento cada vez más firme en los rankings de proveedores norteamericanos. Pero cuando hurgas en los detalles, descubres que esa historia de éxito está hueca por dentro.

México no está generando riqueza con esta explosión exportadora. Al menos no la que debería. No hay un correlativo aumento en los salarios de los trabajadores que ensamblan estos equipos, no hay una cascada de inversión en infraestructura tecnológica nacional, no hay ese multiplicador económico que los libros de texto prometieron. Lo que hay, en cambio, es un flujo unidireccional de componentes y mano de obra barata hacia el norte, mientras el valor agregado real se queda en otra parte del mundo.

La trampa del ensamble: por qué el crecimiento es un espejismo

Para entender esto necesitas dejar de pensar en «exportaciones de tecnología» y empezar a pensar en «ensamblaje de componentes importados». Esa es la realidad incómoda. Las grandes empresas tecnológicas globales —y aquí cabe praticamente toda la industria de dispositivos electrónicos— operan bajo un modelo de cadena de suministro brutal: la investigación y desarrollo ocurre en Palo Alto o Taipei, los componentes críticos se fabrican en Corea del Sur o Japón, y México entra en el juego en el tramo final: la manufactura y el empaque.

Es trabajo, ciertamente. Es actividad económica, sin duda. Pero es el trabajo de menor valor agregado de toda la cadena. Y eso es lo que explica por qué el crecimiento en volumen no se traduce en prosperidad generalizada. Las ganancias se distribuyen entre los accionistas y los ejecutivos de las matrices globales, no entre los millares de trabajadores mexicanos que pasan horas frente a líneas de producción.

El contexto: no es un problema exclusivamente mexicano

Tampoco es justo culpar únicamente a México de esta dinámica. Latinoamérica entera ha caído en la trampa del modelo de ensamble. Brasil, Costa Rica, Colombia: todos están en la misma posición. Son los «talleres» de una economía global donde los diseños, las patentes y los algoritmos generan toda la riqueza, mientras que la manufactura genera apenas migajas. Es un legado del neoliberalismo de los noventa, cuando se prometió que la manufactura traería desarrollo. Lo que trajo fue dependencia.

Pero México tiene una peculiaridad: su proximidad con Estados Unidos lo hace especialmente vulnerable a este tipo de dinámicas. Es fácil para las corporaciones trasladar la producción acá, y es aún más fácil trasladarla a otro lado si los salarios se vuelven «demasiado competitivos». No hay una base de investigación local robusta que ancle estas operaciones. No hay universidades produciendo ingenieros que diseñen los próximos productos revolucionarios. No hay venture capital local apostando a startups de hardware. El país es un proveedor, no un innovador.

¿Qué se perdió en el camino?

Si rastreamos décadas hacia atrás, veremos que México tuvo momentos donde pudo haber armado una industria tecnológica endógena. Universidades como la UNAM o el Tecnológico de Monterrey tienen capacidad de investigación. Hay talento. Hay mercado potencial. Pero la apuesta política, corporativa y de inversión siempre fue: «seamos eficientes en lo que el mundo necesita ahora», no «construyamos lo que el mundo necesitará después».

El resultado es predecible: cuando la moda global cambia, cuando la manufactura se automatiza más, cuando descubren que un país con costos aún más bajos puede hacer lo mismo, México queda atrás. Sin el colchón de una industria de innovación nacional, sin empleos de alto valor agregado, sin capacidad de tracción tecnológica propia.

La pregunta incómoda que nadie quiere hacer

¿De qué sirve ser el segundo mayor exportador de computadoras a EE.UU. si eso no traduce en mejor educación tecnológica para tu población? ¿De qué sirve si los sueldos en las maquilas se estancan? ¿De qué sirve si los gobiernos no usan esa palanca para negociar inversión en I+D local?

Las corporaciones tiene una respuesta clara: así funciona el capitalismo global. Los gobiernos tienen responsabilidad de hacer preguntas más incómodas. Porque números que suben no siempre significan progreso. A veces significan que estás cumpliendo bien tu rol en un juego donde no diseñaste las reglas.

Información basada en reportes de: Xataka.com.mx

🗞️
Edición Impresa Leer ahora →