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El Lerma-Chapala-Santiago: crónica de un río enfermo que alimenta a millones

Una de las cuencas hídricas más vitales de México enfrenta contaminación severa. Su recuperación es urgente para 125 municipios y el futuro del occidente mexicano.
El Lerma-Chapala-Santiago: crónica de un río enfermo que alimenta a millones

El Lerma-Chapala-Santiago: crónica de un río enfermo que alimenta a millones

En el corazón de México existe una arteria hídrica que late débilmente. La cuenca Lerma-Chapala-Santiago, que recorre territorios de seis estados y sustenta la vida de millones de personas, enfrenta hoy un estado de degradación que trasciende fronteras administrativas y toca el problema fundamental del desarrollo desigual en América Latina: la contradicción entre el crecimiento económico y la preservación de los ecosistemas.

Este sistema de ríos y lagos no es un asunto técnico de ingeniería ambiental relegado a expedientes ministeriales. Es, ante todo, un dilema de supervivencia regional. La cuenca atraviesa 125 municipios distribuidos entre México, Querétaro, Guanajuato, Michoacán, Jalisco y Nayarit, drenando finalmente en el océano Pacífico. Su envergadura refleja su importancia: alimenta ciudades, tierras agrícolas, plantas industriales y ecosistemas de importancia global. Sin embargo, esta misma amplitud geográfica ha facilitado que su contaminación sea invisible para quienes viven en sus márgenes, dispersando la responsabilidad entre gobiernos locales que pocas veces coordinan esfuerzos.

Décadas de negligencia acumulada

El río Lerma, columna vertebral de esta cuenca, ha sido descrito por especialistas como uno de los más contaminados de México. No es casual. Durante el siglo XX, mientras México se industrializaba de forma acelerada, los cauces de agua fueron considerados infraestructura gratuita para la disposición de residuos. Las industrias textiles, químicas, alimentarias y de manufactura descargaban sus efluentes con regulaciones casi inexistentes. Las ciudades volcaban aguas residuales sin tratamiento. La agricultura moderna inyectaba fertilizantes y pesticidas que escurrían hacia los ríos.

Lo que en otras latitudes fue combatido parcialmente mediante marcos regulatorios desde los años setenta, en México llegó tarde y de forma fragmentada. Cada sexenio trajo promesas de descontaminación; pocas se cumplieron. Los municipios carentes de recursos no podían financiar plantas de tratamiento. Los estados ribereños priorizaban el uso del agua para riego agrícola sobre su calidad. Las industrias, cuando se les exigía cumplimiento, simplemente se reubicaban.

Un problema que es también social

Hablar de la cuenca Lerma-Chapala-Santiago es hablar de desigualdad estructural. Las comunidades más pobres de estos seis estados son justamente las que dependen más directamente del agua contaminada. Mientras ciudades como Guadalajara tienen acceso a fuentes alternativas, poblaciones rurales en Querétaro o Guanajuato consumen agua con metales pesados y materia orgánica en descomposición. Las enfermedades relacionadas con el agua contaminada golpean más duramente a quienes menos responsabilidad tienen en su degradación.

Desde una perspectiva latinoamericana, esta situación no es única. Ríos como el Magdalena en Colombia, el Paraná entre varios países del Cono Sur, y el Amazonas en su cuenca amazónica enfrentan problemas análogos: contaminación industrial, agropecuaria y urbana confluyen en sistemas hídricos transnacionales o multiestadales, mientras los mecanismos de gobernanza son débiles y fragmentados.

¿Hacia dónde apunta la descontaminación?

Los esfuerzos recientes por recuperar la cuenca Lerma-Chapala-Santiago están tomando forma, aunque con ritmo insuficiente. Implican múltiples frentes: construcción de plantas de tratamiento de aguas residuales, regulación más estricta de descargas industriales, restauración de riberas, y crucialmente, coordinación intergubernamental en un contexto donde los municipios frecuentemente compiten por recursos.

La descontaminación real requiere más que tecnología. Exige decisiones políticas sobre qué tipo de desarrollo queremos: uno que preserve la posibilidad de vida en los territorios que compartimos, o uno que hipoteque el futuro por ganancias presentes. En México, como en gran parte de América Latina, la respuesta aún está en disputa.

Mientras tanto, el río sigue su curso, llevando consigo no solo agua, sino historias de negligencia, resiliencia comunitaria y la pregunta urgente: ¿cuándo las cuencas que alimentan ciudades dejarán de ser cementerios de residuos?

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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