El exilio que persiste: por qué Porfirio Díaz aún descansa lejos de México
Hay historias que la geografía no puede olvidar. La de Porfirio Díaz es una de ellas. A más de cien años de su muerte, acaecida en 1915 en París, los restos del hombre que gobernó México durante 35 años permanecen en el cementerio de Montparnasse, sin que sus huesos hayan regresado nunca a la tierra que dominó con puño de hierro. No es negligencia administrativa, ni capricho burocrático. Es, según ha revelado su descendencia, una decisión deliberada cargada de sentido histórico.
Cuando Díaz murió en el exilio, México estaba en plena Revolución. El país se desangraba en conflictos que, en buena medida, eran reacción directa contra su régimen. Regresarlo habría significado abrir heridas que apenas comenzaban a cicatrizar. Pero décadas después, cuando las aguas se calmaron, cuando la Revolución se institucionalizó y México reconstruyó su identidad nacional, la pregunta persiste: ¿por qué no traerlo de vuelta?
Un legado que divide
Porfirio Díaz representa un México que queremos olvidar y que, simultáneamente, no podemos ignorar. Su Porfiriato trajo modernización: ferrocarriles, electricidad, estabilidad económica. Las élites prosperaron. Pero esa prosperidad se edificó sobre la represión sistemática de campesinos, obreros e indígenas. La desigualdad se convirtió en arquitectura del Estado. Cuando la paciencia se agotó, la explosión fue inevitable.
La familia Díaz ha mantenido, durante generaciones, una postura que sorprende por su lucidez histórica. No demandan el regreso como reivindicación de honor. Entienden, aparentemente, que su pariente es más útil como pregunta sin resolver que como respuesta enterrada. Su permanencia en París se ha convertido en una metáfora viva: México no necesita recuperar los restos de Díaz para procesar su legado.
Lo que el exilio revela
América Latina ha acumulado experiencias dolorosas con los restos de sus dictadores. Salvador Allende, Augusto Pinochet, Antonio López de Santa Anna, Juan Manuel de Rosas. Algunos regresaron glorificados. Otros, desecrados. Algunos nunca volvieron. Cada decisión que una nación toma sobre dónde descansan sus gobernantes reveladores es, en realidad, una decisión sobre quién es y quién quiere ser.
La ausencia de Díaz en suelo mexicano cumple una función. No es un olvido activo, sino una memoria incómoda guardada en el extranjero. México puede estudiarla, reflexionarla, criticarla, sin necesidad de consagrarla con un funeral de Estado o de profanarla con un acto de venganza pública. La distancia física se convierte en distancia interpretativa.
Una pregunta sin prisa
¿Tiene importancia dónde reposan los huesos de un hombre muerto hace más de un siglo? Únicamente si creemos que las naciones necesitan cerrar capítulos para avanzar. Pero quizá la verdadera madurez esté en mantener ciertos capítulos abiertos, en tolerar la ambigüedad, en permitir que una figura histórica conflictiva permanezca en suspenso, ni idealizada ni condenada.
Los descendientes de Díaz no piden perdón. No ofrecen reivindicación. Solo explican lo obvio que México parece haber comprendido: algunos muertos son más significativos en el exilio que en casa. Algunos legados se comprenden mejor desde la distancia. Y algunas ausencias, después de todo, son presencias muy elocuentes.
La pregunta ya no es cuándo regresará Porfirio Díaz. Es si México realmente necesita que lo haga.
Información basada en reportes de: El Financiero