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El emprendedor chileno que construyó imperios sin creer en el fin de la IA

Con cinco exitosas salidas en tecnología y un imperio que factura US$80M anuales, Héctor Gómez desafía el pesimismo sobre inteligencia artificial que domina Silicon Valley.
El emprendedor chileno que construyó imperios sin creer en el fin de la IA

Cuando el éxito desafía la narrativa del apocalipsis tecnológico

En un momento donde los titulares sobre inteligencia artificial oscilan entre la promesa revolucionaria y el pánico existencial, existe en Chile un empresario que parece inmune a ambas narrativas. Héctor Gómez, con 72 años y un currículo que muchos ejecutivos de startups envidiarían, representa una perspectiva incómoda para quienes venden miedo en las conferencias de tecnología: la de alguien que ha construido y vendido negocios exitosos sin necesidad de dramatizar.

Su trayectoria es notable no por la cantidad de empresas fundadas, sino por su capacidad de llevarlas a puertos seguros. DICOM, Orden, Payroll, Acepta y Rex+ (esta última adquirida hace poco más de un año por el grupo noruego Visma) son más que nombres en un LinkedIn: representan diferentes segmentos del mercado tecnológico latinoamericano, desde la información crediticia hasta soluciones de recursos humanos.

Más allá de los números: qué importa realmente

Mientras el ecosistema global de tecnología se debate entre quiénes serán los ganadores de la era de la IA y cuáles empresas quedarán obsoletas en cinco años, Gómez opera desde una lógica diferente. Su actual proyecto, Grupo Sable, factura cerca de US$80 millones anuales. No son cifras que generen portadas en TechCrunch, pero son números que sustentan operaciones, empleos y servicios reales en un contexto donde la mayoría de startups latinoamericanas luchan por alcanzar viabilidad.

El contexto importa. En Chile y Latinoamérica, los emprendedores tecnológicos navegan un ecosistema radicalmente diferente al de Silicon Valley. Menos dinero en venture capital, mercados más pequeños, regulaciones heterogéneas y una distancia geográfica que durante años significó estar fuera del radar de los grandes inversores. En ese entorno, construir cinco empresas que llegaron a exits reconocibles es un logro que trasciende lo meramente financiero.

Escepticismo productivo vs. pánico corporativo

Lo interesante de la postura de Gómez no es que niegue la relevancia de la IA (sería ingenuo), sino que se rehúsa a participar en la economía del miedo que domina los discursos actuales. Mientras OpenAI, Google y Meta compiten por quién puede sonar más alarmante sobre los riesgos existenciales de su propia tecnología (útil narrativa para justificar regulación favorable), empresarios como este chileno siguen haciendo el trabajo menos glamoroso: identificar problemas reales, construir soluciones, iterar, vender.

Después de dos trasplantes de riñón y siete décadas de vida, probablemente Gómez ha aprendido algo sobre qué es verdaderamente catastrófico y qué es ruido mediático. La IA es una herramienta transformadora, sin duda. Pero la historia demuestra que las herramientas no eliminan oportunidades: las redistribuyen. Quien sabe cómo adaptarse, gana.

El silencio de los que construyen

Hay algo revelador en que los emprendedores que realmente construyen negocios sostenibles hablen menos en conferencias y escriban menos en medios que los VCs y CEOs que venden visiones apocalípticas. Gómez no necesita ir a Davos a explicar por qué la IA es peligrosa o maravillosa. Está ocupado dirigiendo operaciones que generan valor en tiempo real.

Su escepticismo frente al «apocalipsis» de la IA no es negacionismo: es pragmatismo. La verdadera pregunta no es si la inteligencia artificial cambiará el mundo (lo hará), sino quién estará posicionado para capturar valor en ese cambio. Y la respuesta rara vez viene de quienes dominan mejor los discursos futurólogicos, sino de quienes entienden el presente.

Lo que esto revela sobre nuestro ecosistema

La trayectoria de Gómez también expone algo incómodo: durante décadas, América Latina fue invisible en las narrativas de innovación tecnológica global. Los emprendedores locales construían soluciones reales, generaban ingresos reales, pero eran ignorados mientras se magnificaban historias de startups quemadoras de dinero de Silicon Valley. Las compras de sus empresas por grupos internacionales son, en cierto sentido, el mercado reconociendo valor que ya existía.

En 2024, mientras el mundo debate si la IA traerá utopía o destrucción, empresarios como Héctor Gómez operan en una zona diferente: la de la construcción sostenible, los mercados reales y las soluciones que resuelven problemas concretos. Esa indiferencia al drama corporativo podría ser, paradójicamente, la actitud más inteligente frente a la transformación tecnológica que se aproxima.

Información basada en reportes de: Www.df.cl

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