El doble discurso de «primero los pobres»
La tercera aparición del ex presidente en redes sociales solicitando donaciones económicas a favor del pueblo cubano ha desatado una ola de críticas que va más allá de simples diferencias políticas. La pregunta que se plantea es incómoda pero inevitable: ¿por qué tanta permisibilidad con las contribuciones al exterior cuando hay necesidades urgentes en el interior?
Este llamado a la solidaridad internacional, respaldado por la Presidenta Claudia Sheinbaum y sus cercanos, reaviva un debate histórico sobre los métodos de recaudación de recursos utilizados por este movimiento político. No es la primera vez que se recurre a estos mecanismos. La memoria colectiva recuerda casos como el de los «Panteras» —grupos de taxistas que operaban bajo protección oficial— o la «rasuradora» que obligaba a trabajadores de gobierno a contribuir porcentajes de sus salarios.
Un patrón que se repite: las aportaciones forzadas
Lo que preocupa a observadores críticos es la continuidad de estas prácticas. Durante gestiones anteriores, se documentaron aportaciones que permitieron financiar operaciones políticas como el plantón en Paseo de la Reforma, acción que generó pérdidas millonarias para comerciantes pero ganancias sustanciales para los involucrados en el movimiento.
Ahora, la solicitud de donaciones monetarias para Cuba contrasta de manera inquietante con la falta de respuesta a desastres nacionales. Los guerrerenses afectados por el huracán, las comunidades indígenas, los asentamientos sin agua potable: ninguno de ellos recibió este llamado apasionado a la solidaridad.
El doble estándar en la ayuda humanitaria
Los legisladores que contribuyeron con hasta 60 mil pesos a esta causa internacional apenas destinan recursos a sus propios distritos. La paradoja es evidente: un discurso de «primero los pobres» que parece aplicarse selectivamente según intereses políticos o geográficos.
La permisibilidad hacia migrantes cubanos —comparada con el trato a venezolanos, haitianos y centroamericanos— también plantea interrogantes sobre las verdaderas prioridades del gobierno. México ha mostrado históricamente solidaridad con quienes menos tienen, pero esa generosidad ciudadana ha sido utilizada por políticos que, en palabras del columnista, «hacen caravana con sombrero ajeno».
El precedente de los sobres y las confiscaciones
Un ejemplo reciente ilustra la desconfianza: cuando se recolectaron ayudas en especie para afectados por huracanes en Guerrero y Veracruz, el Ejército —por órdenes superiores— prácticamente confiscaba las donaciones, las empacaba con logos del gobierno federal y reportaba toneladas de ayuda distribuida. Recursos que salían del bolsillo de mexicanos solidarios, pero que el gobierno se apresuraba a instrumentalizar políticamente.
Ahora, sin la transparencia de ayuda en especie, surgen preguntas legítimas: ¿cuánto dinero se está recaudando? ¿En qué se utilizará? ¿Quién audita estas contribuciones?
Una reflexión incómoda
Lo que queda claro es el patrón: formas reiteradas de recaudación, doble discurso sobre prioridades, y la instrumentalización de la solidaridad ciudadana para fines que el gobierno define unilateralmente. México necesita ayuda directa, efectiva y transparente para sus pobres. Mientras eso no ocurra, llamados a contribuir para otros países sonarán, justificadamente, a hipocresía política.
Como reflexionaba Anthony Hope: «Se podría escribir un libro con las injusticias de los justos».