El espejo que no queremos mirar
Cada cierto tiempo, América Latina vuelve a los mismos debates. Los nombres cambian, los rostros se renuevan, pero las preguntas persisten como cicatrices que no terminan de cerrarse. En Argentina, donde todo parece tener dimensiones políticas casi religiosas, la discusión sobre el peronismo sigue siendo la forma que adopta una angustia más profunda: ¿cómo construir una economía que nos pertenezca realmente?
No es casual que décadas después de sus primeras formulaciones, los argumentos peronistas sobre la necesidad de autonomía económica y desarrollo industrial sigan resonando. Tampoco es accidental que sigan sin resolverse. El problema no radica en la falta de intentos, sino en algo más estructural: la tensión entre el deseo de independencia y la realidad de un sistema internacional que no siempre recompensa a quienes se atreven a cuestionarlo.
La herencia de un proyecto inacabado
Cuando Juan Domingo Perón plantea, a mediados del siglo XX, la necesidad de industrializar Argentina y reducir su dependencia de las exportaciones agropecuarias, no estaba siendo original. Brasil, México y otros países latinoamericanos enfrentaban el mismo dilema. Pero la particularidad argentina radicaba en tener una economía que se percibía como más desarrollada, lo que hizo que la caída fuera más dramática cuando llegó.
El diagnóstico peronista fue certero en muchos aspectos: una nación que vende materias primas a precio de commodities mientras compra productos manufacturados a precios de lujo vive en permanente desequilibrio. Pero el tratamiento —la solución propuesta— enfrentó siempre obstáculos que iban más allá de la voluntad política de un gobierno, por bien intencionado que fuera.
Los nudos que el tiempo no disuelve
Aquí es donde la reflexión debe ponerse seria. Sesenta, setenta años después, ¿por qué seguimos discutiendo esto? Porque las condiciones estructurales que lo originaron permanecen. Un país con recursos naturales significativos sigue capturado en dinámicas de especialización que lo mantienen en una posición subordinada en la cadena de valor global. Los términos de intercambio no mejoraron. Los ciclos de endeudamiento externo se repiten como guiones memorizados.
El peronismo prometía resolver esto mediante la movilización estatal, la protección industrial y una redistribución que fortaleciera el mercado interno. Algunas políticas funcionaron temporalmente. Otras generaron distorsiones que se arrastran hasta hoy. Pero lo importante es reconocer que ningún gobierno, ni peronista ni de otra índole, logró construir la transformación estructural necesaria para que Argentina —o la región— escapara de esta lógica.
Desarrollo: la palabra que sigue siendo revolucionaria
Hablemos claro: en 2024, la idea de que un país debe construir capacidades productivas propias, generar valor agregado localmente y no depender de fluctuaciones de precios de commodities internacionales sigue siendo razonable. No es ideología obsoleta. Es economía básica. Lo que cambió fue el contexto: la globalización, la volatilidad financiera, la competencia de economías con costos laborales menores.
Pero aquí está el punto crucial que debemos examinar sin prejuicios: ¿el peronismo fracasó porque sus ideas eran malas, o porque enfrentó contradicciones reales que ningún modelo político ha resuelto todavía? La respuesta probablemente sea incómoda: ambas cosas. Hubo errores de implementación, excesos, corrupción. Pero también hay realidades de poder global que no se resuelven con voluntad política nacional.
Lo que la historia nos obliga a reconocer
Reflexionar sobre el peronismo no es ejercicio nostálgico para quienes lo añoran, ni de desprecio para quienes lo rechazan. Es un ejercicio de honestidad. Un movimiento que movilizó a millones, que redistribuyó ingresos, que industrializó parcialmente una economía, pero que no logró romper las cadenas de la dependencia estructural, merece análisis serio, no sentimentalismo.
Lo mismo vale para toda América Latina. Brasil, México, Colombia: cada país buscó su propia fórmula. Algunos con más éxito que otros en ciertos períodos. Pero el patrón se repite. Las ventanas de oportunidad se cierran. Las elites que se benefician del status quo encuentran formas de resistir. La política interna se convierte en un teatro donde los actores cambian pero el guión se repite.
La pregunta que importa ahora
¿Qué aprendimos? Que desarrollarse en un sistema internacional jerarquizado requiere más que buenos gobiernos o ideologías correctas. Requiere construcción institucional sostenida, educación de largo plazo, inversión en investigación, redes de alianzas estratégicas regionales. Todo aquello que es aburrido de mencionar pero extraordinariamente difícil de ejecutar durante décadas, resistiendo presiones políticas internas y externas.
El peronismo como fenómeno histórico merece respeto intelectual. Sus promesas incumplidas merecen análisis riguroso. Pero lo más importante ahora es dejar de repetir los mismos dilemas como si fueran nuevos. La pregunta por la independencia económica y el desarrollo sigue siendo válida. La respuesta, sin embargo, debe ser más sofisticada que la que teníamos hace setenta años.
Información basada en reportes de: La Nacion