Cuando la solución fiscal se convierte en problema
Imagine que cada vez que compra leche, pan o arroz, el Estado le cobra más impuesto con la promesa de devolverle el dinero después. Suena razonable en teoría. En la práctica, es un mecanismo fiscal que expone las fragilidades de nuestras instituciones tributarias y plantea riesgos económicos que van mucho más allá de lo que se anuncia en los comunicados oficiales.
En los últimos años, varios países latinoamericanos han considerado o implementado variaciones de esta estrategia: aumentar temporalmente el impuesto al valor agregado (IVA) sobre productos básicos con el compromiso de reembolsar a los contribuyentes mediante devoluciones, créditos fiscales o transferencias directas. La lógica detrás de este enfoque es seductora para los gobiernos: genera ingresos inmediatos mientras se mantiene la apariencia de equidad social. Pero los economistas advierten que esta aparente solución esconde complejidades que pueden perjudicar precisamente a quienes se pretende proteger.
El impacto en su bolsillo antes de cualquier devolución
El problema más evidente ocurre en el tiempo que media entre el aumento del impuesto y su devolución. Durante semanas o meses, los hogares de menores ingresos pagan precios más altos en la canasta básica sin haber recibido aún compensación alguna. Para familias que viven al día, esta brecha temporal representa una presión real sobre el presupuesto doméstico.
Si el IVA sobre alimentos pasara del 0% (o su tasa actual) al 13%, el incremento de precio sería inmediato. Una canasta básica de una familia de cuatro personas, que podría costar aproximadamente 80 dólares semanales, vería un aumento de unos 10 dólares por semana. Multiplicado por cuatro semanas, son 40 dólares mensuales que las familias vulnerables deben desembolsar antes de cualquier reembolso.
El fantasma de la inflación
Los economistas internacionales han documentado un fenómeno preocupante: cuando los impuestos indirectos sobre bienes básicos aumentan, los precios tienden a subir más de lo que el simple cálculo matemático sugiere. Esto ocurre porque los comerciantes, distribuidores y productores ajustan sus márgenes aprovechando el cambio de precio. Un aumento de 13 puntos porcentuales en el IVA podría traducirse fácilmente en incrementos de precios del 15% o 18% en el punto de venta.
Una vez que los precios suben, es muy difícil hacerlos bajar nuevamente. Aunque el gobierno ejecute las devoluciones prometidas, la estructura de precios ya habrá cambiado. Los consumidores pueden terminar comprando menos cantidad de alimentos o de menor calidad nutritiva para ajustarse al nuevo nivel de precios, incluso después de recibir los reembolsos.
Las debilidades administrativas que nadie menciona
La ejecución es donde muchas promesas fiscales se desmorona. Para que una devolución de IVA funcione efectivamente, se requiere:
Un sistema de registro robusto que identifique exactamente quién compró qué y cuándo. En países con economías informales significativas, esto es casi imposible. Muchas compras en mercados locales, pequeños comercios y tiendas de barrio no generan comprobantes fiscales electrónicos.
Una administración tributaria con capacidad operativa para procesar millones de devoluciones. La mayoría de las agencias tributarias latinoamericanas operan con presupuestos limitados y personal insuficiente. Procesar devoluciones masivas requeriría recursos adicionales que generalmente no están disponibles.
Un mecanismo de distribución que llegue efectivamente a las personas más pobres. ¿Será a través de transferencias bancarias? Pero muchas personas de bajos ingresos no tienen cuenta bancaria. ¿Efectivo en ventanillas? Eso genera colas, burocracia y exclusión.
La experiencia internacional: lecciones de otros países
Argentina, Brasil y otros países han experimentado con aumentos de impuestos indirectos con devoluciones compensatorias. Los resultados suelen ser mixtos. En algunos casos, las devoluciones se retrasan meses. En otros, solo accede a ellas un porcentaje de la población elegible porque el proceso es demasiado complicado o porque desconocen que tienen derecho.
El Banco Interamericano de Desarrollo ha señalado que estos mecanismos suelen beneficiar más a sectores de ingresos medios que pueden documentar sus compras y navegar procesos administrativos, mientras que los más pobres quedan rezagados.
¿Hay alternativas mejores?
En lugar de subir y devolver, muchos especialistas sugieren mantener tasas de IVA reducidas o exentas en alimentos básicos de forma permanente. Aunque esto reduce ingresos tributarios, el costo administrativo de mantener un sistema de devoluciones puede ser igual o superior. Alternativamente, gobiernos podrían fortalecer transferencias directas a hogares vulnerables, financiadas con impuestos sobre sectores de mayor capacidad de pago.
La conclusión: simplicidad versus complejidad
Los impuestos simples y predecibles funcionan mejor que los complejos. Cuando un impuesto requiere un sistema de devoluciones para ser equitativo, es señal de que el diseño original es problemático. En contextos donde las instituciones son frágiles y la evasión tributaria es alta, agregar complejidad generalmente amplifica los problemas en lugar de resolverlos.
La próxima vez que escuche que subirán un impuesto pero lo devolverán después, pregúntese: ¿a quién le conviene realmente esta estructura? La respuesta casi nunca está en los comunicados de prensa.
Información basada en reportes de: Nacion.com