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El dilema de invertir: por qué América Latina sigue atrapada en el corto plazo

Mientras el mundo desarrollado consolida su futuro mediante inversión sostenida, nuestros países siguen priorizando ganancias inmediatas. ¿Cuándo cambiaremos esta ecuación?
El dilema de invertir: por qué América Latina sigue atrapada en el corto plazo

El dilema de invertir: por qué América Latina sigue atrapada en el corto plazo

Existe una verdad incómoda que atraviesa nuestras economías latinoamericanas: sabemos exactamente qué necesitamos hacer, pero seguimos sin hacerlo. Los gobiernos la conocen. Los empresarios la entienden. Los economistas la repiten hasta el cansancio. Y sin embargo, año tras año, vemos cómo se perpetúa un patrón que nos mantiene estancados mientras otros avanzan.

La ecuación es simple en teoría: quien invierte hoy, cosecha mañana. Quien aplaza la inversión, hipoteca su futuro. Pero esta obviedad económica choca frontalmente con la realidad política y financiera de nuestras naciones, donde el ciclo electoral de cuatro años y la presión de los mercados crean una cortina de humo que oscurece el horizonte a mediano plazo.

Un problema estructural, no coyuntural

No hablamos aquí de un fenómeno pasajero. La insuficiencia de inversión en América Latina es un problema que se remonta décadas. Durante los años ochenta y noventa, la región experimentó lo que muchos llamaron la «década perdida». Pero lo más preocupante es que nunca realmente nos recuperamos de esa mentalidad: vivimos como si siempre estuviésemos en crisis, tomando decisiones como quien busca salvarse del naufragio inminente, no como quien construye un barco para navegar con seguridad.

Cuando comparamos nuestras tasas de inversión con las de países asiáticos que comenzaron en condiciones similares hace treinta años, la brecha es desconcertante. China, Vietnam, incluso Bangladesh, dedican porcentajes del PIB a inversión en infraestructura, educación y tecnología que nosotros apenas alcanzamos en años excepcionales. Y hoy ellos disfrutan de los dividendos de esa paciencia estratégica.

¿Por qué elegimos el presente sobre el futuro?

Las causas son múltiples y se entrelazan de formas complejas. Primero, está la volatilidad macroeconómica. Un empresario o un gobiernista que ha vivido dos o tres crisis de divisas en su vida profesional desarrolla una relación patológica con la inversión a largo plazo. ¿Por qué apostar recursos en una planta industrial que tardará cinco años en ser rentable si en dos años puede haber una devaluación que la haga inviable?

Segundo, existe el problema del financiamiento. Nuestros mercados de capitales son relativamente pequeños y las tasas de interés que ofrecen créditos a largo plazo suelen ser prohibitivas. Un proyecto que sería viable a tasa del 4% resulta impagable al 8% o 10%. Mientras tanto, colocar dinero en bonos del tesoro a corto plazo garantiza retornos más modestos pero más seguros. La aversión al riesgo, en un contexto de incertidumbre, no es irracional; es supervivencia.

Tercero, y quizás más importante, existe un problema de horizonte temporal en nuestras instituciones. Los gobiernos cambian cada cuatro o cinco años. Las juntas directivas de las empresas responden a accionistas que exigen dividendos trimestrales. Los bancos buscan préstamos que se amortizen rápidamente. En un sistema así, apostar por una universidad que mejorará el capital humano en quince años, o por investigación que fructificará en dos décadas, se ve como una extravagancia casi irresponsable.

La trampa del crecimiento anémico

Lo paradójico es que esta aversión al riesgo nos condena a un riesgo mucho mayor: el del rezago permanente. Cuando no invertimos, limitamos el crecimiento futuro, lo cual reduce la capacidad de recaudación de impuestos, que a su vez limita la inversión pública en las próximas décadas. Es un círculo vicioso que se autoperpetúa, y es casi imposible escapar de él sin tomar decisiones valientes que impliquen cierto grado de incertidumbre.

Countries como Chile y Colombia han intentado romper este patrón en momentos específicos, con resultados mixtos. Algunos períodos de inversión sostenida en infraestructura y educación produjeron resultados visibles. Pero apenas surgen presiones fiscales o cambios políticos, el impulso se debilita y volvemos a nuestros hábitos de corto plazo.

¿Qué se necesita para cambiar?

La respuesta no es sencilla, pero tiene varios componentes. Primero, instituciones más estables y predecibles. Los inversores necesitan creer que las reglas del juego no cambiarán radicalmente cada cuatro años. Segundo, acceso a financiamiento a tasas razonables. Esto requiere mercados de capitales más profundos y confianza en el sistema financiero. Tercero, y más difícil aún, una clase política dispuesta a defender decisiones de inversión que no verá concluidas en su período de gobierno.

También necesitamos ser honestos sobre qué tipo de inversión realmente genera crecimiento sostenible. No toda inversión es igual. Construir carreteras que nadie usa, o subsidiar empresas que no son competitivas, no es inversión; es desperdicio disfrazado. La verdadera inversión es aquella que aumenta la productividad, la innovación y la capacidad de generación de valor.

Reflexión final: el costo de esperar

Cada año que pasa sin decisiones de inversión robustas es un año que le cedemos a otros. Los ganadores de la próxima década no serán quienes mejor gestionen el presente, sino quienes hoy estén construyendo el futuro. América Latina tiene recursos, talento y oportunidades. Lo que falta no es posibilidad; es decisión. Y las decisiones, a diferencia de los recursos naturales, sí están completamente en nuestras manos.

La pregunta que debemos hacernos no es si podemos permitirnos invertir. Es si podemos permitirnos seguir sin hacerlo.

Información basada en reportes de: El Financiero

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