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El código genético de la obesidad en México: mucho más que dieta y ejercicio

Investigadores del Inmegen descubren que cientos de variantes genéticas predisponen a los mexicanos a la obesidad, pero la genética no es destino.
El código genético de la obesidad en México: mucho más que dieta y ejercicio

Cuando los genes cargan las culpas (y las responsabilidades)

Durante años, la sociedad ha señalado con dedo acusador a quien lucha contra la obesidad. «Come menos, muévete más», decía el consejo popular, como si la voluntad fuera un músculo lo suficientemente fuerte para vencer cualquier obstáculo biológico. Pero la realidad, como suele ocurrir, es infinitamente más compleja.

Investigadores del Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen) acaban de arrojar luz sobre un aspecto fundamental que había permanecido en las sombras del debate público: nuestro cuerpo viene programado de fábrica con instrucciones muy específicas sobre cómo procesa los alimentos, distribuye la energía y almacena las grasas. Y esa programación, en el caso de millones de mexicanos, los coloca en una posición de desventaja desde el nacimiento.

Cientos de pistas en el laberinto del ADN

Lorena Orozco, investigadora emérita y directora del laboratorio especializado en genómica, ha coordinado un trabajo que revela algo sorprendente: no es un gen único, sino cientos de variantes genéticas diferentes las que influyen en la predisposición a desarrollar obesidad en la población mexicana. Piénsalo como un tablero de ajedrez donde cada pieza representa una pequeña instrucción genética, y la combinación de todas ellas determina tu vulnerabilidad ante esta enfermedad.

Pero aquí viene el matiz crucial que muchos medios se saltan: estos hallazgos genéticos no son una sentencia de muerte metabólica. La existencia de cientos de variantes que predisponen a la obesidad no significa que alguien está condenado a padecerla. Es como heredar una casa con un sistema eléctrico deficiente: la estructura está ahí, pero cómo la mantengas dependerá de tu capacidad para reconocer el problema y actuar en consecuencia.

México en el epicentro de una crisis genética y ambiental

Contextualicemos esto en nuestra realidad latinoamericana. México no es simplemente un país con altos índices de obesidad; es el segundo lugar a nivel mundial en prevalencia de esta enfermedad entre adultos, solo superado por Estados Unidos. Según datos de la OCDE, más del 36% de los mexicanos adultos padecen obesidad, una cifra que creció exponencialmente en las últimas dos décadas.

El trabajo del Inmegen adquiere particular relevancia porque no se trata de un estudio genérico aplicable a europeos o asiáticos. Estos investigadores se enfocaron específicamente en la población mexicana, reconociendo que nuestro genoma tiene particularidades propias. Nuestros antepasados mesoamericanos desarrollaron a lo largo de miles de años características metabólicas muy específicas, adaptaciones que les permitían sobrevivir en un contexto de disponibilidad variable de alimentos.

La trampa moderna del cuerpo ancestral

Aquí radica la ironía trágica: esas mismas adaptaciones genéticas que permitieron a nuestros ancestros prosperar en tiempos de escasez se convirtieron en una vulnerabilidad catastrófica en la era del ultra-procesamiento. Un cuerpo genéticamente preparado para almacenar cada caloría disponible se enfrenta ahora a un ambiente donde las calorías están omnipresentes, concentradas, diseñadas para ser adictivas.

El descubrimiento del Inmegen no culpa a los genes, pero tampoco los exonera completamente. La ciencia moderna entiende que la obesidad resulta de una compleja interacción entre predisposición genética (que ahora conocemos es multifactorial y específica de poblaciones), factores ambientales, hábitos de vida, acceso a alimentos saludables y bienestar psicológico.

Implicaciones más allá del consultorio

¿Qué cambia con este conocimiento? Todo y nada simultáneamente. Para el individuo que descubre que porta varias variantes de riesgo genético, la noticia puede parecer desalentadora. Pero para la salud pública y las políticas nutricionales, es un golpe de claridad: no podemos seguir tratando la obesidad como un problema moral de disciplina individual.

Los hallazgos del Inmegen sugieren que necesitamos estrategias más sofisticadas. Personas con mayor carga genética de riesgo podrían beneficiarse de intervenciones nutricionales más intensivas, monitoreo más cercano y apoyo psicológico robusto. Los programas de prevención deben reconocer que no todos parten del mismo punto de partida biológico.

El futuro de la medicina personalizada en Latinoamérica

Mirando hacia adelante, este tipo de investigación abre la puerta a la medicina genómica personalizada en México. Imagina un futuro donde antes de los 20 años, una persona podría someterse a un test genético que revelaría su predisposición específica a la obesidad. Con esa información, médicos y nutricionistas podrían diseñar estrategias únicas, adaptadas a la biología particular de cada individuo.

El trabajo del Inmegen no nos libera de la responsabilidad personal sobre nuestros hábitos. Pero sí nos ofrece algo igualmente valioso: comprensión y herramientas más precisas. En el deporte, sabemos que los atletas con ciertas características genéticas tienen ventajas en disciplinas específicas. Ahora, la medicina reconoce que lo mismo aplica para el metabolismo y el control del peso.

La obesidad en México no se resolverá únicamente con información genética. Requiere cambios sistémicos en cómo producimos, distribuimos y promovemos alimentos. Requiere políticas públicas robustas, educación nutricional accesible y un cambio profundo en cómo la sociedad percibe a quienes luchan contra esta enfermedad. Pero al menos ahora, sabemos que esa lucha tiene un terreno de juego desigual desde el comienzo. Y ese reconocimiento, paradójicamente, es el primer paso hacia la verdadera equidad en salud.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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