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Cuando los números no cuentan la verdad: el dilema de las estadísticas de seguridad

Las cifras oficiales contrastan con la experiencia vivida por los mexicanos. ¿Qué se pierde cuando los datos no reflejan la realidad de las comunidades?
Cuando los números no cuentan la verdad: el dilema de las estadísticas de seguridad

El abismo entre lo que dicen las cifras y lo que viven los mexicanos

En las últimas administraciones, se ha convertido en un ritual transmitir mensajes optimistas sobre la seguridad pública. Reportes con números descendentes, gráficas que supuestamente demuestran avances, comunicados que celebran logros frente a la delincuencia. Pero mientras en los escritorios oficiales se revisan estadísticas alentadoras, en las calles, en las colonias, en los pueblos de México, la realidad dibuja un panorama completamente distinto.

Cuando una madre no deja que su hijo salga después del anochecer, cuando una familia cierra sus persianas antes de las seis de la tarde, cuando los comerciantes instalan rejas cada vez más altas en sus negocios, algo está fallando en la conversación que mantienen las autoridades con la sociedad. No se trata simplemente de incredulidad o pesimismo, sino de una brecha profunda entre lo que los instrumentos de medición estatal registran y lo que la gente experimenta en su vida cotidiana.

El problema de medir lo que conviene contar

La estadística, cuando se usa de manera selectiva, puede convertirse en un instrumento de invisibilización. Si únicamente se cuentan ciertos tipos de delitos, si se registran solo aquellos casos que llegan a denuncias formales, si se ignoran las cifras negras —esos delitos nunca reportados—, entonces cualquier narrativa se vuelve posible. En México, estudios independientes sugieren que entre el 80 y 95% de los delitos no se denuncia. Esto significa que las cifras oficiales podrían estar capturando apenas una décima parte de la realidad.

Este fenómeno no es exclusivo de México. En toda América Latina, desde Argentina hasta Guatemala, los gobiernos enfrentan el mismo dilema: cómo comunicar progreso cuando la seguridad es una inquietud permanente para los ciudadanos. En Brasil, Chile y Colombia, investigadores independientes han documentado cómo las metodologías de conteo pueden modificarse sutilmente para mostrar tendencias más favorables, sin necesariamente falsificar datos, sino reinterpretándolos.

La voz que falta en los números

Lo más grave no es que existan discrepancias entre cifras oficiales y realidad vivida. Lo preocupante es que cuando eso ocurre, las comunidades sienten que no son escuchadas. Cuando un ciudadano reporta inseguridad en su colonia pero luego ve que las estadísticas dicen que su zona mejoró, experimenta una desconexión profunda con las instituciones. Es como si se cuestionara su propia percepción, su propia experiencia.

Esta desconexión tiene consecuencias. Erosiona la confianza en el gobierno, genera frustración, alimenta la idea de que las autoridades no están interesadas realmente en resolver el problema. Y mientras sucede esto, las comunidades buscan sus propias soluciones: asociaciones de vigilancia vecinal, traslados de población, cambios de rutina, gastos adicionales en seguridad privada. La inseguridad, sentida o medida, impone un costo que va mucho más allá de lo que cualquier estadística podría capturar.

¿Qué debería cambiar?

Una aproximación diferente comenzaría por reconocer que los números son solo parte de la historia. Las encuestas de percepción de seguridad, las consultas con habitantes de territorios específicos, los reportes de organizaciones no gubernamentales, la documentación de delitos que nunca se denuncian formalmente: todo esto forma parte de una fotografía más completa.

Organizaciones internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo han sugerido que los gobiernos latinoamericanos adopten sistemas de medición integrados que combinen datos administrativos con información que recopilan las comunidades mismas. No se trata de descartar los números, sino de complementarlos con metodologías que capturen la complejidad real del problema.

Mientras tanto, millones de mexicanos continúan viviendo con miedo, reorganizando sus vidas alrededor de la inseguridad, pidiendo auxilio a gobiernos que insisten en que la situación mejora. El distanciamiento entre cifras y realidad no es un problema técnico, sino un problema de gobernanza y de democracia: cuando los gobernantes y los gobernados ven mundos completamente distintos, la brecha es demasiado grande para ser superada con solo reportes estadísticos.

Información basada en reportes de: El Financiero

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