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Cuando las ideas son armas: el legado intelectual de Enrique Semo

La UNAM rinde tributo a un intelectual que entendió que transformar sociedades requiere primero conquistar el terreno del pensamiento crítico.
Cuando las ideas son armas: el legado intelectual de Enrique Semo

Cuando las ideas son armas: el legado intelectual de Enrique Semo

Hay personajes cuya vida es en sí misma un testimonio de épocas convulsas. Enrique Semo fue uno de ellos: un hombre que huyó del fascismo europeo para recalar en México y convertirse en uno de los intelectuales más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. El homenaje que la Universidad Nacional Autónoma de México le dedicó no es un acto de nostalgia académica, sino un recordatorio necesario sobre por qué las universidades deben seguir siendo espacios donde la reflexión crítica y el compromiso con la transformación social conviven naturalmente.

La trayectoria de Semo representa algo que hoy parece casi anacrónico: la figura del intelectual orgánico, aquél que no se encierra en la torre de marfil sino que entiende su responsabilidad como pensador vinculada directamente con los movimientos sociales y las luchas populares. En una época donde los espacios académicos enfrentan presiones para volverse «productivos» en términos mercantiles, recordar a Semo es recordar que la verdadera productividad intelectual se mide en capacidad de iluminar realidades, de cuestionar lo establecido, de ofrecer herramientas conceptuales para la emancipación.

Exilio, enraizamiento y compromiso

El contexto histórico de la llegada de Semo a México es crucial para entender su obra. Los años treinta y cuarenta del siglo pasado vieron a Europa convulsionada por fascismos ascendentes. América Latina, y especialmente México con su tradición de apertura a intelectuales europeos perseguidos, se convirtió en refugio para muchos pensadores. Pero Semo no llegó para permanecer como observador. Se enraizó profundamente en la realidad mexicana, estudió sus contradicciones, participó en la construcción de narrativas que permitieran a las clases populares comprender su propia historia.

Esta combinación de mirada extranjera con enraizamiento local fue extraordinariamente fértil. Semo pudo ver a México con los ojos de quien viene de otra tradición intelectual, pero también con el corazón de quien decide que esta es su lucha. Eso generó una obra que transita entre la historia, la teoría política y la praxis revolucionaria sin caer en dogmatismos estériles.

Las ideas como campo de batalla

La máxima que circula sobre su pensamiento—que «la batalla del futuro se gana primero en las ideas»—no es un lema vacío. Sintetiza una convicción profunda sobre cómo funciona el cambio social. No basta con organización, no basta con movilización, si no existe un trabajo previo de construcción de marcos interpretativos alternativos. Las clases dominantes lo han entendido siempre: por eso invierten enormes recursos en medios de comunicación, en educación, en la producción de sentido. Los movimientos populares, frecuentemente, han sido más lentos para comprender esta realidad.

Semo dedicó gran parte de su vida a ese trabajo: producir pensamiento que permitiera a los subalternos comprender y cuestionar el orden que los subordina. En tiempos de redes sociales y viralización, donde parece que las ideas se consumen como memes, su legado nos interpela: ¿seguimos construyendo pensamiento sistemático, riguroso, enraizado en la realidad material? ¿O nos conformamos con consignas que reconfortan sin transformar?

Actualidad de un proyecto inconcluso

Rendirle homenaje a Semo en 2024 adquiere dimensiones nuevas. Vivimos en una época de fragmentación, donde la Universidad pública enfrenta ataques financieros, donde el pensamiento crítico es cada vez más marginal en espacios mediáticos dominantes, donde la despolitización es presentada como sofisticación intelectual. En ese contexto, la vigencia del trabajo de Semo radica precisamente en su negativa a separar el análisis del compromiso, la academia de la política, la teoría de la transformación.

Cuando la UNAM honra a intelectuales como Semo, no está siendo complaciente con el pasado. Está afirmando una posición sobre qué debe ser una universidad pública en América Latina: un espacio donde se produce conocimiento crítico, donde se forman ciudadanos conscientes de las estructuras de poder, donde la investigación se vincula con las necesidades reales de las mayorías populares.

Eso no es nostalgia. Es radicalismo inteligente.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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