Cuando la tierra grita: el documental que visibiliza el despojo zapoteco
En la geografía del cine documental latinoamericano, hay un espacio cada vez más necesario para las historias que no caben en los titulares convencionales. Historias que hablan de pérdida, resistencia y la manera en que los territorios se convierten en campos de batalla donde lo que está en juego es mucho más que tierra: es identidad, memoria, futuro.
El realizador Jorge Ángel Pérez se suma a esta tradición de cineastas que entienden el documental como un acto de escucha profunda. Su proyecto, titulado provisionalmente Los monstruos que devoran la tierra, se adentra en las complejidades del despojo territorial que afecta a comunidades zapotecas de Oaxaca. No es un trabajo que simplemente registre hechos; es un intento de hacer audible lo que la violencia sistemática ha intentado silenciar.
El despojo como fenómeno global con rostros locales
Cuando hablamos de ocupación violenta de territorios, es fácil pensar en conflictos distantes, en geografías que nos parecen ajenas. Pero la verdad incómoda es que esta realidad permea América Latina con una persistencia alarmante. Desde el Amazonas hasta las montañas de Chiapas, desde los territorios indígenas de Guatemala hasta los campos de Oaxaca, existe un patrón donde la violencia se utiliza como herramienta para despojar a comunidades de sus tierras ancestrales.
Lo que distingue el acercamiento de Pérez es su comprensión de que el despojo no es un acto aislado, sino parte de una arquitectura más compleja que involucra intereses económicos, poder político y, frecuentemente, indiferencia institucional. El documental no pretende ser un sermón moralizante, sino una ventana a cómo se vive esta experiencia en la cotidianidad.
La voz de quienes pierden su raíz
Las comunidades zapotecas han sido guardianas de un legado civilizatorio que se remonta miles de años. Su relación con la tierra no es simplemente económica o jurídica; es existencial. La tierra es genealogía, es lengua, es el espacio donde los antepasados habitan y donde las nuevas generaciones aprenden quiénes son. Cuando esa tierra se arrebata, lo que se pierde es incomparable a lo que registran los documentos notariales.
El trabajo de Pérez parece comprender esta dimensión profunda. No se trata únicamente de contar cómo ocurrieron los despojos o quiénes fueron los perpetradores, sino de explorar cómo estas comunidades experimentan, procesan y resisten esta mutilación de su mundo. ¿Cómo se mantiene una identidad cuando el territorio que la define ha sido arrebatado? ¿Qué formas de resistencia emergen cuando la violencia se vuelve institucionalizada?
Cinema como testimonio necesario
En un momento donde los medios tradicionales frecuentemente invisibilizan las luchas de comunidades indígenas, el cine documental se posiciona como un medio de resistencia cultural. No es neutral, ni pretende serlo. Es un acto de tomar partido por quienes no tienen acceso a amplificadores de voz en la esfera pública.
Títulos como el de Pérez —Los monstruos que devoran la tierra— revelan una postura clara: hay monstruosidad en la lógica que reduce la tierra a mercancía, que entiende la vida comunitaria como obstáculo para la acumulación, que normaliza la violencia como método de negocios.
Oaxaca como símbolo y realidad
Oaxaca ocupa un lugar especial en la cartografía de la resistencia indígena mexicana. Es cuna de movimientos históricos, tierra de lenguas milenarias, espacio donde la diversidad cultural es densidad política. También es territorio donde el despojo ha tomado formas diversas: proyectos de infraestructura impuestos, explotación agrícola industrial, minería extractivista.
Un documental que examine estas realidades en Oaxaca no es solamente un registro local; es un espejo que refleja patrones que se repiten en toda la región. Es una invitación a reconocer que los conflictos territoriales no son anécdotas marginales, sino expresiones centrales de cómo funciona el poder en nuestras sociedades.
Mirar de frente, sin apartar la vista
El cine como medio tiene un poder peculiar: puede obligarnos a estar presentes en historias que preferiríamos ignorar. No podemos desplazarnos hacia otra página, cambiar de canal con facilidad, distraernos con otra noticia. Durante la duración de una película, estamos atrapados en su universo sensorial.
El proyecto de Pérez, aún en desarrollo, promete ser ese tipo de obra: incómoda, necesaria, que nos interpela como ciudadanos y como humanos. En tiempos donde la violencia territorial se disfraza de progreso y desarrollo, donde el despojo se legaliza mediante trámites burocráticos, necesitamos voces y miradas que se atrevan a nombrar lo que ocurre sin eufemismos.
Cuando finalmente podamos ver Los monstruos que devoran la tierra, quizás el acto de mirar sea el primer paso hacia una comprensión diferente de nuestro continente, de nuestras responsabilidades, de lo que significa habitar un territorio donde otros han sido expulsados de los suyos.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx