Cuando la tierra grita: el documental que expone el despojo en comunidades zapotecas
En el corazón de Oaxaca, donde las montañas guardan historias milenarias y la tierra respira con los ritmos de civilizaciones ancestrales, existe una herida abierta que sigue sangrando. Es la herida del despojo, del arrebato violento de lo que genera identidad, sustento y memoria. Esta realidad, visceral y urgente, es precisamente lo que el cineasta Jorge Ángel Pérez ha decidido documentar en un proyecto que lleva por título provisional Los monstruos que devoran la tierra, una invitación a mirar de frente aquello que preferimos ignorar desde la distancia urbana.
El despojo territorial no es, como podría parecer desde una lectura superficial, un fenómeno arqueológico o histórico clausurado. Es, por el contrario, una práctica que tiembla bajo nuestros pies en el presente mismo, adaptándose a los lenguajes del siglo XXI mientras mantiene su esencia predatoria intacta. Desde Alaska hasta la Patagonia, desde los montes de Chiapas hasta las selvas amazónicas, comunidades originarias viven bajo la amenaza constante de ver sus territorios convertidos en escombros de intereses ajenos. Pérez, al enfocarse en la experiencia zapoteca, no apenas documenta un caso específico: ilumina un patrón global de violencia que caracteriza al capitalismo extractivista contemporáneo.
Lo notable del enfoque de este director es su decisión de humanizar lo que frecuentemente aparece en las estadísticas como cifras desapasionadas. No se trata de un ejercicio de denuncia política tradicional, aunque la política late en cada fotograma. Se trata, más bien, de capturar la fenomenología del despojo: cómo se siente perder la tierra bajo los pies, cómo se transmuta la relación con el espacio cuando este es arrebatado, qué queda en el alma cuando se roban las coordenadas geográficas que sostienen la existencia colectiva.
La escala íntima de una tragedia estructural
Las comunidades zapotecas de Oaxaca cargan con una complejidad particular. Su relación con el territorio no es meramente económica o política; es epistemológica. La tierra no es un recurso a ser explotado según parámetros de rentabilidad externa, sino parte integral de una cosmovisión que entiende la existencia como entretejida con el ciclo de cultivos, con la presencia de antepasados que habitan el lugar, con rituales y saberes que requieren geográficamente del suelo específico donde germinan.
Cuando llega la violencia —y la violencia del despojo es siempre multiforme: física, legal, simbólica—, no se trata simplemente de perder una propiedad. Se trata de sufrir una ruptura ontológica, una desconexión de las raíces que sostienen la identidad colectiva. El documental de Pérez parece entender esta dimensión profunda, apostando por una narración que permita al espectador experimentar, aunque sea remotamente, la magnitud de esa pérdida.
Un contexto de urgencia global
La oportunidad de este proyecto reside también en su contemporaneidad. A nivel mundial, los conflictos por tierra y recursos naturales se intensifican conforme el cambio climático presiona sobre territorios cada vez más frágiles. Paradójicamente, son las comunidades indígenas —custodias históricas de ecosistemas biodiversos— quienes enfrentan la mayor amenaza. Minería, agroindustria, especulación inmobiliaria, infraestructuras megalomaníacas: todas estas prácticas encuentran en los territorios indígenas un objetivo tentador, una frontera sin demasiadas resistencias legales en contextos donde el Estado es débil o cómplice.
La perspectiva latinoamericana, tan crucial para comprender estos procesos, ha producido en años recientes una tradición de cine y documental testimonial de gran potencia. Desde Werner Herzog hasta Claudia Llosa, desde el cine de militancia de los setenta hasta las búsquedas contemporáneas, existe una genealogía que trata de dar forma audiovisual a las resistencias y los dolores que el sistema mundo produce.
Lo que el documental invita a reflexionar
Un título como Los monstruos que devoran la tierra evoca una bestialidad sistémica, una monstruosidad que no reside en lo sobrenatural sino en lo estructural, en las máquinas (literales y metafóricas) que transforman vidas en ganancias y lugares en explotables. El cine de Jorge Ángel Pérez, al traer esta realidad a la pantalla con rigor sensible, no busca solamente informar: busca implicar al espectador en la urgencia del presente, recordarle que estas historias no son ajenas, que están conectadas con los modos en que habitamos el planeta.
En tiempos de fragmentación y distancia, donde es fácil abstraerse de realidades que no tocan la geografía de nuestra cotidianidad, proyectos así funcionan como puentes. No como vehículos de compasión pasiva, sino como invitaciones a una comprensión más profunda de cómo opera la injusticia, de cómo la violencia toma formas que van más allá de lo evidente, y de cómo las comunidades imaginan resistencias desde sus propios saberes ancestrales.
El documental que Jorge Ángel Pérez está gestando promete ser una de esas obras necesarias: aquellas que no permiten que miremos hacia otro lado.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx