El teatro de lo irrelevante
Perú enfrenta este domingo un momento que debería ser central en la vida democrática de cualquier nación: la elección presidencial. Sin embargo, hay un diagnóstico inquietante que circula entre observadores internacionales: amplios sectores de la población peruana han llegado a tratar los procesos electorales como un espectáculo mediático desconectado de sus realidades inmediatas. Esta observación no es un juicio moral, sino una radiografía de algo más complejo: la ruptura del contrato entre instituciones políticas y ciudadanía.
Este fenómeno no es exclusivo de Perú, aunque en el país andino adquiere dimensiones particulares. Desde hace más de una década, América Latina experimenta una erosión progresiva de la confianza en sus sistemas políticos. Los gobiernos sucesivos no logran traducir promesas electorales en cambios tangibles en la vida de las personas. Los servicios de salud siguen siendo precarios, la educación resiente la falta de inversión, la inseguridad ciudadana avanza sin freno y la desigualdad persiste con la obstinación de una mala hierba. Cuando los ciudadanos votan y luego descubren que poco cambia, la política deja de ser un asunto serio para convertirse en una función pasajera a la que asisten sin esperanza.
La desconexión entre promesas y resultados
En Perú, esta desconexión tiene raíces históricas profundas. La fragmentación política extrema, la rotación constante de gobiernos débiles, los escándalos de corrupción que salpican a casi todas las administraciones recientes y la captura del Estado por intereses particulares han generado una fatiga cívica considerable. Los peruanos han visto desfilar presidentes como si fueran personajes de una telenovela: cada uno promete transformación, cada uno decepciona, cada uno se va envuelto en controversia.
La consecuencia es predecible: cuando la política falla consistentemente en entregar lo que promete, la gente simplemente deja de esperar algo genuino de ella. La política se infantiliza en la percepción pública. Se vuelve espectáculo porque los espectáculos no generan expectativas de cambio real. No hay decepción en el entretenimiento, solo distracción.
Más allá de Perú: una crisis continental
Lo que sucede en Perú es sintomático de una enfermedad más amplia en la región. Colombia, Chile, Argentina y Bolivia han experimentado en años recientes explosiones de descontento que expresaban exactamente esta sensación: los ciudadanos perciben que sus gobiernos no les escuchan, no responden a sus necesidades básicas, y que la política es un juego de élites ajeno a sus vidas. Las movilizaciones sociales que hemos visto en América Latina no son principalmente expresiones de ideología, sino actos de desesperación ante la inutilidad percibida de las instituciones formales.
El peligro de la indiferencia política
Cuando millones de personas dejan de tomar en serio la política porque consideran que sus votos no importan, se abre un vacío peligroso. La democracia no resiste el desinterés masivo. Requiere participación, vigilancia ciudadana, debate público genuino. Sin estos elementos, la política se entrega a los que sí están dispuestos a moverse: los actores con recursos, los que controlan medios, los que tienen agendas particulares.
Además, la trivialización de la política crea las condiciones para que emerjan candidatos que operan explícitamente como showmen. Si el público ya trata la política como entretenimiento, ¿por qué no ofrecerles precisamente eso? Algunos de los fenómenos políticos más perturbadores de América Latina en los últimos años han aprovechado exactamente esta dinámica.
¿Cómo reconstruir la confianza?
La solución no es simplemente pedirle a los ciudadanos que se tomen la política más en serio. Eso sería invertir la responsabilidad. Los gobiernos deben demostrar, con hechos concretos, que pueden ejecutar sus planes. Deben hacer que la inversión pública en servicios básicos sea visible y verificable. Deben perseguir la corrupción sin selectividad política. Deben gobernar pensando en los próximos cuatro años, no en la próxima encuesta.
Perú tiene una oportunidad este domingo para interrogarse sobre qué tipo de democracia quiere. No es solo una pregunta sobre quién será presidente, sino sobre si la política volverá a tener significado en la vida cotidiana de sus ciudadanos. Mientras eso no suceda, el espectáculo continuará, pero sin audiencia que realmente crea en lo que ve.
Información basada en reportes de: Latercera.com