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Cuando la polarización cruza la raya: qué nos dice el atentado contra Trump

Líderes globales condenan el ataque al expresidente estadounidense. Pero la solidaridad internacional no debe hacernos olvidar las preguntas incómodas sobre polarización política.
Cuando la polarización cruza la raya: qué nos dice el atentado contra Trump

La condena universal que no resuelve nada

Cuando un acto de violencia política sacude al epicentro del poder mundial, la respuesta de los gobiernos suele ser predecible: declaraciones de repudio, llamados a la paz, invocaciones a los valores democráticos. El reciente atentado contra un expresidente estadounidense no fue la excepción. Desde Beijing hasta Bruselas, desde Tel Aviv hasta La Moneda, la condena fue unánime. Pero aquí está el punto incómodo: esa unanimidad, aunque tranquilizadora en apariencia, oculta una realidad más compleja que los comunicados oficiales.

La solidaridad internacional es importante. No es trivial que mandatarios de orientaciones políticas radicalmente opuestas se reúnan simbólicamente alrededor del rechazo a la violencia. Sin embargo, esa convergencia retórica no debe adormecernos en una falsa sensación de que el problema está resuelto. La violencia política no germina en el vacío. Crece en ecosistemas de polarización extrema, de lenguaje deshumanizante, de la convicción de que el adversario político es un enemigo existencial.

El contexto que los comunicados evitan

Es fácil condenar un atentado. Es mucho más difícil examinar cómo llegamos hasta aquí. Estados Unidos atraviesa una fractura política sin precedentes en décadas. No se trata solo de desacuerdos sobre políticas públicas, sino de una brecha fundamental sobre qué es Estados Unidos, quién pertenece realmente a la nación y si el otro bando es legítimo o simplemente un enemigo a derrotar.

Latinoamérica conoce este territorio. Hemos visto cómo la polarización extrema precede a la violencia. Venezuela, Colombia en sus peores momentos, México durante ciertos periodos: todos comparten un patrón. Primero viene el discurso que divide el mundo en «nosotros» y «ellos». Luego viene la deslegitimación del adversario. Finalmente, alguien cruza la raya hacia la acción violenta, convencido de que está defendiendo algo existencial.

¿Qué nos dicen los líderes que condenan?

Es notable que figuras de la derecha más dura, como ciertos líderes europeos, se alineen en la condena con gobiernos de izquierda. Esto debería obligarnos a una pregunta: si todos condenan la violencia, ¿por qué el lenguaje político en muchos de estos países sigue siendo tan inflamable? ¿Por qué los mismos líderes que rechazan el atentado frecuentemente utilizan retórica que describe a sus opositores como amenazas existenciales?

No se trata de una equivalencia falsa entre condenar la violencia y ser responsable de ella. Pero sí sugiere que la condena universal, aunque necesaria, es insuficiente. Es el equivalente político de curar el síntoma sin tratar la enfermedad.

El dilema de la democracia polarizada

Las democracias modernas enfrentan un dilema genuino. Necesitan permitir discurso político robusto, incluso agresivo. La libertad de expresión significa poco si el gobierno puede silenciar a los críticos. Pero ese mismo discurso robusto puede degenerarse en una atmósfera donde la violencia parece no solo justificada, sino inevitable.

Latinoamérica ha aprendido esta lección a un costo altísimo. Sabemos qué sucede cuando la polarización alcanza ciertos umbrales. No es simplemente un problema de orden público; es un problema existencial para la democracia misma.

Lo que la solidaridad internacional no puede hacer

Las declaraciones de los gobiernos del mundo tienen valor simbólico. Ratifican que existe un consenso mínimo sobre ciertos límites. Pero no pueden substituir lo que realmente se necesita: un trabajo político arduo, local, de reducción de temperatura en el discurso público.

Esto requiere que políticos de todos los bandos asuman responsabilidad por el lenguaje que usan. Que periodistas cuestionen la retórica inflamatoria sin importar su origen ideológico. Que líderes tengan el coraje de dirigirse a sus propios seguidores y desescalar, aún cuando sea políticamente costoso.

La pregunta incómoda

¿Puede existir democracia sin algún nivel de polarización? Probablemente no. Pero existe una diferencia entre democracias que tienen desacuerdos profundos y democracias donde esos desacuerdos se han vuelto existenciales. Entre sistemas donde la derrota electoral es aceptable y sistemas donde es existencialmente inaceptable.

Mientras líderes mundiales emiten sus declaraciones de condena, el verdadero trabajo de prevención de la violencia política sigue siendo el mismo de siempre: construir instituciones que medien conflictos, mantener vivos los espacios de diálogo, y recordar a la ciudadanía que los adversarios políticos son conciudadanos, no enemigos.

La solidaridad internacional es un primer paso necesario. Pero solo eso: un paso. El camino hacia la prevención de la violencia política se construye cada día, en cada conversación, en cada decisión de líderes sobre qué lenguaje usar y qué límites respetar. Esa conversación, incómodamente, apenas comienza.

Información basada en reportes de: Elespanol.com

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