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Cuando la palabra pierde su trono: ¿Quién escribe la realidad?

Un libro desafía la idea de que la literatura puede domesticar el mundo. La pregunta incómoda que divide a escritores latinoamericanos.
Cuando la palabra pierde su trono: ¿Quién escribe la realidad?

El acto de escribir ya no es lo que creíamos

Hay un momento en la historia de toda sociedad lectora donde alguien se atreve a preguntar lo obvio: ¿por qué creemos que las palabras pueden arreglar las cosas? Esa pregunta incómoda es exactamente la que José Manuel Marrero Henríquez propone en su reciente trabajo, un libro que circula desde 2026 bajo el sello de Baile del Sol y que desafía una de nuestras convicciones más profundas como lectores y ciudadanos latinoamericanos.

Durante siglos, hemos sostenido una fe casi religiosa en la escritura como instrumento de transformación. La literatura de la región ha sido precisamente eso: testimonio, denuncia, profecía. Desde Rodolfo Walsh documentando desapariciones hasta Sabina Berman escribiendo sobre la opresión, pasando por la poesía política de Otto René Castillo, los escritores latinoamericanos asumimos el rol de escribas de verdades incómodas. Creíamos—queremos creer—que poner en palabras lo intolerable era un acto revolucionario.

La incómoda sospecha

Pero ¿y si esa fe fuera demasiado ingenua? ¿Y si la escritura, en realidad, fuera más cómplice de lo que admitimos? Esto es lo que Marrero Henríquez parece provocar: una desestabilización del lugar privilegiado que hemos otorgado a la palabra escrita como agente de cambio social. No es pesimismo. Es, más bien, una honestidad que muchos escritores evitamos porque nos obligaría a repensar nuestro propio oficio.

El libro juega—y la palabra es crucial—con la idea de que la escritura ordenadora, la que pretende representar fielmente y luego reformar la realidad, quizás sea una ilusión. Una ilusión hermosa, tal vez necesaria, pero ilusión al fin. En nuestro contexto, donde la violencia, la corrupción y la injusticia siguen escribiendo historias más fuertes que cualquier novela, la pregunta resuena especialmente: ¿es la literatura suficiente? ¿Es la representación lo mismo que la transformación?

Una provocación necesaria

Lo notable es que Marrero Henríquez no propone abandonar la escritura, sino descentrarla. Hay una diferencia crucial. No se trata de nihilismo literario, sino de una maduración: reconocer que la palabra tiene límites, que no es todopoderosa, que existe un mundo que ocurre más allá del alcance de cualquier prosa, por brillante que sea.

Para los escritores latinoamericanos, esto es particularmente problemático y productivo. Hemos heredado una tradición que nos exige ser voces de nuestras comunidades, documentalistas de injusticias, profetas de otro mundo posible. Esa responsabilidad es real y noble. Pero también puede convertirse en una trampa: la creencia de que escribir bien sobre la opresión es lo mismo que combatirla.

El diccionario de los arlequines

El subtítulo del trabajo—Escritos antibélicos—sugiere una postura deliberadamente paradójica. ¿Cómo pueden ser los escritos antibélicos? ¿No es la escritura siempre una forma de lucha? Quizás la respuesta esté en reconocer que existen otras formas de lucha, otros modos de resistencia que no pasan por la representación ordenada de la realidad.

Los arlequines del título—esos personajes de la commedia dell’arte que jugaban con máscaras, que decían verdades mediante la burla y la inversión—funcionan como metáfora perfecta. Su verdad no viene del discurso directo, sino de la dislocación, del juego, de la inestabilidad. ¿No necesitamos más de eso en nuestras letras?

Una invitación a la incomodidad

En un momento donde parece que todo puede ser escrito, documentado, difundido en redes sociales como testimonio de urgencia, Marrero Henríquez nos invita a dudar. Y la duda, incómoda como es, probablemente sea lo que necesitamos. No para dejar de escribir. Para escribir con menos arrogancia y más conciencia de nuestras limitaciones.

La pregunta que debería ocuparnos no es si el libro está bien escrito o si sus argumentos son persuasivos. Es más radical: ¿estamos dispuestos a perder la ilusión de que la literatura nos salvará? Y si la perdemos, ¿tendremos el coraje de seguir escribiendo de todas formas?

Quizás en esa tensión incómoda reside la verdadera provocación del libro. Y quizás ahí radique también su valor.

Información basada en reportes de: Eldiario.es

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