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Cuando la cámara documenta lo indocumentable: arte contra el silencio

Un festival de fotografía en Oriente Medio pone en el centro la responsabilidad del periodismo visual para contar historias que los poderosos quieren ocultar.
Cuando la cámara documenta lo indocumentable: arte contra el silencio

La fotografía como acto de resistencia

En tiempos donde las narrativas están disputadas en redes sociales y pantallas, el poder de una imagen sigue siendo irreductible. Un festival de cine y fotografía en Ammán acaba de recordarnos por qué los fotógrafos y periodistas visuales son guardianes de verdades incómodas. Cuando los gobiernos, empresas y potencias mundiales controlan qué historias se cuentan y cómo se cuentan, quienes sostienen cámaras y lentes se convierten en testigos que la historia no puede ignorar fácilmente.

La clausura de esta edición del festival llegó acompañada de una exposición que confronta directamente uno de los temas más crudos de nuestro tiempo: cómo la escasez de alimentos se convierte en instrumento de control político. Una muestra fotográfica que reúne el trabajo de un periodista español y un traductor palestino, dos miradas que convergen en la necesidad de nombrar lo que otros prefieren que permanezca invisible.

El hambre tiene rostro, tiene historia

En América Latina conocemos bien cómo la desigualdad se materializa en vientres vacíos. México vive una crisis alimentaria silenciosa que no siempre llega a las primeras planas: millones de personas en pobreza extrema, comunidades indígenas donde la malnutrición infantil persiste, familias que eligen entre comprar medicinas o comida. Pero hay una diferencia crucial entre el hambre que emerge de la pobreza estructural y el hambre como arma deliberada de guerra o represión política.

Cuando el hambre es sistemático, cuando se cortan suministros de comida como castigo colectivo, cuando se niega acceso a recursos para obligar sometimiento, estamos ante crímenes de lesa humanidad. La fotografía documental tiene la responsabilidad ética de visibilizar estas realidades que los comunicados oficiales pretenden suavizar con eufemismos.

Las historias que nadie escribe

Existe una frase potente en el contexto de este festival: «Las historias que nadie escribe se las apropian nuestros enemigos». Suena casi como advertencia, porque es verdad. Cuando los medios de comunicación tradicionales evitan cubrir ciertos temas por presión política, autocensura o falta de recursos, los espacios vacíos se llenan de desinformación, propaganda y narrativas que favorecen a los poderosos.

Los fotógrafos periodistas comprenden esto. Saben que cada imagen que documentan es un acto político. No es neutral. Es tomar partido por quienes no tienen voz en las plataformas de poder. Es decir: esto pasó, lo vi, lo registro, aquí está la prueba.

Arte como testimonio irrefutable

La fotografía tiene una particularidad que la literatura y el discurso oral no tienen de la misma manera: la prueba visual. Un texto puede cuestionarse, un testimonio puede desacreditarse, pero una imagen bien documentada, con contexto, con datos, se convierte en evidencia. Por eso los regímenes autoritarios siempre buscan controlar quién fotografía qué. Por eso censuran cámaras, desaparecen periodistas visuales, destruyen archivos fotográficos.

Un festival de la imagen en la región de Oriente Medio es especialmente significativo. Es decir que a pesar de las presiones, a pesar de los riesgos, seguimos documentando. Seguimos contando.

La responsabilidad de quien mira

Pero la cadena no termina en quien toma la foto. Está también quien la ve, quien la comparte, quien decide si le importa o mirar hacia otro lado. En la era de la saturación visual, donde consumimos cientos de imágenes diarias, existe el riesgo de la indiferencia. De ver sufrimiento y seguir scrolleando.

Por eso los espacios como festivales de fotografía son importantes. Porque obligan pausa. Obligan a detenerse frente a una pared, a contemplar, a incomodarse. A sentir.

Reflejo en casa

En México, tenemos fotoperiodistas que documentan la violencia, la desaparición forzada, el desplazamiento. Que arriesgan sus vidas para que sepamos qué ocurre en territorios donde la guerra del narcotráfico y la represión estatal han convertido a civiles en víctimas silenciosas. Ese compromiso con la verdad visual es lo que algunos intentan silenciar.

Un festival que cierra con una exposición sobre cómo el hambre deviene arma política es un recordatorio de que la lucha por contar historias verdaderas es también lucha por dignidad. Por humanidad. Por el derecho de quienes sufren a ser vistos, a ser reconocidos, a que su dolor no sea borrado de la historia.

Porque mientras haya fotógrafos dispuestos a mirar lo difícil, habrá esperanza de que alguien, en algún lado, finalmente escuche.

Información basada en reportes de: Eldiario.es

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