La lección que algunos aún no aprenden
Hay momentos en que la historia contemporánea parece burlarse de nosotros. Cuando una autoridad política europea se presenta en territorio latinoamericano con la soltura de quien da por sentada su superioridad, no es solo una falta de protocolo diplomático: es la manifestación de una estructura mental que creíamos superada. Y sin embargo, aquí estamos, en pleno siglo XXI, viendo cómo ciertos líderes siguen operando desde una mentalidad colonial disfrazada de modernidad.
La presidenta de Madrid ha demostrado a lo largo de su trayectoria una particular facilidad para enunciar posiciones que combinan un nacionalismo español agresivo con afirmaciones que rozan—o directamente penetran—lo xenófobo. No es novedad. Pero cuando estos discursos se exportan, cuando se pronuncian en suelo mexicano, adquieren una dimensión distinta. No son meros devaneos domésticos de una política local; se convierten en un recordatorio de cómo ciertos sectores del viejo continente europeo aún no han procesado su propia decadencia relativa.
La arqueología del desdén
México no es una provincia extendida de Europa. Tampoco lo son Colombia, Perú, Argentina o ninguna nación latinoamericana. Pero para comprender realmente la molestia que genera la actitud de ciertos políticos europeos hacia la región, hay que entender algo fundamental: detrás de su tono condescendiente no hay simple ignorancia, sino una estructura de pensamiento que ve la jerarquía como natural, como algo inscrito en el orden de las cosas.
Esta mentalidad tiene raíces profundas. No nacen de la nada. Son herencia del siglo XIX, cuando Europa se dividió el mundo en su escritorio y decidió que había razas superiores destinadas a gobernar y razas inferiores destinadas a obedecer. Esa lógica fue pulida, reempaquetada, modernizada. Ahora viene disfrazada de «valores occidentales», de «eficiencia», de «desenvolvimiento». Pero la esencia sigue siendo la misma: la creencia de que hay un centro del mundo, y ese centro está en Europa.
Lo preocupante no es que una política madrileña piense así—lamentablemente, hay espacio para todo tipo de mentalidades en cualquier democracia. Lo preocupante es que en 2024, cuando tenemos antena global y acceso a información histórica, todavía haya sectores que no vean el problema con perpetuar estas dinámicas.
¿Espíritu de vasallaje? La pregunta invertida
El columnista que originalmente señaló este asunto utilizó una expresión reveladora: el «espíritu de vasallaje». ¿Vasallaje hacia quién? Ese es el nudo de la cuestión. No se trata de que México sea vasallo de Madrid. El vasallaje, si existe en esta ecuación, va en dirección opuesta: es el compromiso de ciertos líderes europeos de mantener vigente una estructura mental que los favorece, aunque el mundo ya haya cambiado.
México es la decimoquinta economía mundial. Es un país con una cultura milenaria, con universidades de clase mundial, con intelectuales, científicos y artistas que compiten globalmente. Su población es diversa, educada, emprendedora. ¿De verdad necesita la lección moral de una presidenta regional de Madrid?
Lo que incomoda a muchos
Cuando se dice que sorprende «la miopía de un sector», se está identificando algo preciso: la incapacidad de ciertos líderes para leer la realidad geopolítica actual. El mundo se ha multipolarizado. Estados Unidos ya no es el árbitro único. China es potencia. India crece. Brasil, México, Argentina tienen voz propia. Los bloques se reconfiguran constantemente.
En ese contexto, insistir en narrativas de superioridad europea no es osadía: es anacronismo. Es ceguera política. Es, literalmente, no entender dónde estamos parados.
Una invitación a la reflexión
La pregunta que deberíamos hacernos todos—europeos, latinoamericanos, ciudadanos del mundo—es si seguiremos permitiendo que ciertos líderes políticos operen desde esquemas mentales obsoletos. ¿O si, en cambio, exigiremos que la diplomacia, la política y hasta la conversación cotidiana se basen en la premisa de que todos los pueblos merecen respeto, no porque sean funcionales para Europa, sino porque son pueblos, punto.
México tiene el derecho y el poder de responder, rechazar y enseñar. Esperar que lo haga es, finalmente, reconocer la realidad que ciertos líderes europeos aún no quieren ver.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx