El fantasma de la sumisión que no termina de exorcizarse
El teatro tiene esa capacidad peculiar de convertir en incómodo lo que la cotidianidad nos permite ignorar. Cuando una obra clásica regresa a los escenarios después de décadas, no lo hace por nostalgia. Lo hace porque algo en esa obra sigue doliendo, sigue interpelando, sigue siendo urgente.
La reciente montaje de «El eterno femenino», la obra de Rosario Castellanos estrenada en los años setenta, irrumpió nuevamente en la ciudad con una pregunta que no envejece: ¿qué significa ser mujer en México? Pero esta vez, según reportes, la pregunta trajo consigo algo inesperado: una protesta durante la función. Mujeres que se identifican con el modelo tradicional de maternidad y matrimonio decidieron hacer audible su desacuerdo. El teatro se convirtió en arena política, como debe ser.
Castellanos anticipó lo que vivimos hoy
Es necesario recordar quién escribió esto y cuándo. Rosario Castellanos no era una autora menor. Fue poeta, ensayista, diplomática y feminista avant la lettre en una México donde esas palabras casi no existían en el vocabulario público. «El eterno femenino», su obra de teatro más ambiciosa, no es un tratado teórico sino un caleidoscopio de personajes femeninos atravesados por siglos de historia nacional. Desde la Malinche hasta la ama de casa contemporánea (contemporánea a los años 70, claro está), Castellanos trazaba un mapa de cómo la cultura mexicana ha construido, deconstruido y reconstruido constantemente la identidad de la mujer.
Lo radical no era solo su crítica. Era su método: mostrar cómo las mujeres mismas internalizan, defienden y perpétúan las estructuras que las limitan. No era un discurso maniqueo de víctimas y victimarios. Era más incómodo que eso.
La brecha que persiste: entre el discurso y la vida
Cinco décadas después, ¿qué ha cambiado? Miremos los números fríos. México ocupa lugares vergonzosos en índices de violencia de género en Latinoamérica. Las mujeres mexicanas siguen siendo mayoría en trabajos precarios y mal remunerados. La brecha salarial persiste. Pero simultáneamente, existen espacios donde las mujeres mexicanas han ganado terreno: educación superior, participación política, espacios laborales que antes les estaban vedados.
Entonces, ¿por qué una protesta de mujeres que se sienten identificadas con el rol tradicional durante una función teatral? Aquí está lo interesante del debate que se abre: existe una fractura profunda entre lo que el feminismo institucionalizado (porque sí existe) plantea como liberación y lo que muchas mujeres viven como identidad y realidad cotidiana.
El derecho a elegir no es únicamente lo que el feminismo cree
Hay algo que con frecuencia los análisis superficiales pierden de vista. Cuando una mujer elige dedicarse a la maternidad y al cuidado del hogar, ¿está siendo oprimida o está ejerciendo su libertad? La respuesta no es binaria. Puede serlo ambas cosas a la vez: puede estar eligiendo libremente pero dentro de un sistema que ha limitado sus opciones desde antes de que naciera.
Lo que Castellanos planteaba y lo que esta nueva versión parece estar revisitando es precisamente eso: la complejidad. No se trata solo de condenar la tradición. Se trata de preguntarse: ¿en qué condiciones se toman esas decisiones? ¿Hay realmente libertad de elección? ¿O hay solo la ilusión de ella?
Un teatro que cumple su función
Si una función de teatro generó una protesta, si provocó que mujeres con diferentes perspectivas salieran del silencio para expresar sus posiciones, entonces la obra está funcionando. Eso es lo que debe hacer el buen teatro: disturbar, abrir grietas por donde se cuelan preguntas incómodas.
En Latinoamérica, donde las desigualdades de género se entrelazan con desigualdades de clase, raza y territorio, estas conversaciones no son lujo intelectual. Son necesarias. Y cuando suceden en un escenario teatral, ante la presencia de otros, con la intensidad que genera el arte en vivo, adquieren una potencia que ningún artículo de opinión podría igualar.
La pregunta que Castellanos dejó sin resolver sigue ahí: ¿cuál es el eterno femenino? ¿Es algo que existe en la naturaleza o es una construcción que cada generación hereda, adapta y a veces desafía? Mientras la realidad mexicana siga siendo contradictoria, mientras las mujeres sigan siendo simultáneamente más educadas y más violentadas, mientras exista libertad formal pero limitaciones de facto, esa pregunta seguirá siendo urgente.
Y el teatro, afortunadamente, seguirá siendo el lugar donde se puede gritar sin ser ignorado.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx