El teatro como espejo incómodo
Hay momentos en que el arte deja de ser entretenimiento para convertirse en una confrontación. Esto sucedió este fin de semana en el teatro Reforma Juan Moisés Calleja cuando una nueva puesta en escena de El eterno femenino encontró entre su público a quienes vinieron a protestar contra lo que la obra representa. No es casualidad. No es provocación ingenua. Es, más bien, una colisión necesaria entre dos formas irreconciliables de entender el lugar de la mujer en nuestras sociedades.
La obra de Rosario Castellanos, estrenada originalmente en 1975, fue un acto de rebeldía teatral en su momento. La dramaturga mexicana se atrevió a desnudar las contradicciones de la condición femenina con una precisión quirúrgica que aún no pierde vigencia. Pero aquí está lo interesante: casi cinco décadas después, seguimos teniendo que defender estas mismas verdades. Eso debería preocuparnos.
Lo que significa el silencio en escena
Castellanos escribió sobre sumisión, pero también sobre la rabia contenida detrás del silencio. Sus personajes no son víctimas pasivas sino mujeres atrapadas en estructuras que las definen antes de que ellas puedan definirse a sí mismas. Madre, esposa, objeto de deseo, cuerpo reproductor. Los roles están escritos desde antes del nacimiento, cosidos en el uniforme cultural que cada sociedad impone.
Cuando personas se organizan para protestar contra una obra que cuestiona precisamente esos roles, están actuando como guardianes de un sistema. No necesariamente de manera maliciosa, sino porque ese sistema es lo único que conocen, lo único que les da sentido y estabilidad. Aquí radica la tragedia real: no es la obra quien confunde, sino un orden social que ha convencido a sus propios afectados de que su subordinación es naturaleza, tradición, virtud.
La pregunta que el teatro no puede evitar
¿Qué hemos hecho los latinoamericanos con las advertencias de escritoras como Castellanos? México avanzó en derechos formales: participación política, acceso a educación superior, autonomía económica. Pero los números de violencia de género, feminicidios y desigualdad salarial pintan un panorama que la retórica oficial prefiere ignorar. En toda la región, las brechas persisten bajo nuevas formas de invisibilización.
El teatro de Castellanos no prescribía una solución única. No era un panfleto. Era un diagnóstico: la mujer mexicana ha sido convertida en un monumento a la paciencia, la abnegación, la renuncia. Y ese monumento se ha mantenido en pie porque muchas lo custodiaban con devoción. Esa es la complejidad que una protesta bien intencionada tiende a simplificar.
La urgencia de seguir mirando
La reposición de esta obra en 2024 cumple una función que el arte debe cumplir siempre: incomodar. No porque busque ofender, sino porque la verdad incómoda es preferible al confort de la ilusión. Si una obra clásica sobre la condición femenina sigue generando fricción, es indicativo de que no hemos resuelto nada fundamental.
Las mujeres que protestan merecen ser escuchadas con la misma atención que merece ser escuchada la obra. Sus voces revelan que el debate está vivo, que las posiciones siguen siendo irreconciliables en ciertos espectros. Pero ese conflicto es exactamente donde reside el progreso: en la capacidad de sostener preguntas sin certezas, de vivir en la tensión sin buscar resolverla precipitadamente.
El verdadero eterno femenino no es el que Castellanos denunció en 1975. Es el que persiste en 2024 bajo nuevos nombres, nuevas justificaciones, nuevas narrativas. Mientras el teatro siga siendo capaz de provocar estas confrontaciones, todavía hay esperanza de que algún día dejemos de necesitarlo.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx