Cuando la seguridad no es suficiente: el dilema de combatir un negocio como si fuera una guerra
Durante décadas, los gobiernos latinoamericanos han apostado por una estrategia aparentemente lógica: identificar, perseguir y capturar a los líderes del crimen organizado. La premisa es simple: sin el jefe, sin la organización. Sin embargo, la realidad económica demuestra que esta fórmula falla consistentemente. El crimen organizado no es una estructura militar que se desmorona sin su comandante; es un negocio que continúa operando incluso después de perder sus figuras más visibles.
Esta diferencia fundamental explica por qué, en América Latina, cada captura de un narcotraficante importante es seguida por una reorganización rápida de sus operaciones. El mercado de drogas ilícitas mueve entre 400 y 500 mil millones de dólares anuales a nivel global, según estimaciones de Naciones Unidas. Cuando se remueve un actor importante, otros compiten por ocupar ese espacio. Es economía pura: donde hay demanda y ganancias extraordinarias, habrá oferta.
La lógica de mercado que los gobiernos subestiman
El error estratégico radica en confundir dos problemas distintos. El primero es un problema de seguridad: ¿cómo evitar que personas armadas cometan delitos? El segundo es un problema económico: ¿cómo eliminar una cadena de valor que genera enormes rentabilidades? Los gobiernos han concentrado recursos en el primero, ignorando el segundo.
Un traficante de cocaína puede ganar en un mes lo que un policía ganaría en 20 años. Esa brecha de incentivos económicos es prácticamente insalvable con patrullas y operativos. Mientras exista dinero en la demanda —principalmente en Estados Unidos, Europa y ahora en Asia— habrá quien esté dispuesto a asumir el riesgo de la oferta. Los precios de las drogas en las calles permanecen estables o bajan, lo que sugiere que la oferta se mantiene constante a pesar de las capturas.
El caso regional: cuando los números hablan más que las noticias
México, el principal productor de drogas sintéticas en la región, ilustra perfectamente este fenómeno. Entre 2006 y 2024, miles de capos fueron capturados o asesinados en operativos de seguridad. Sin embargo, la producción de metanfetamina y fentanilo ha aumentado exponencialmente. En 2020, México incautó aproximadamente 10 toneladas de fentanilo; en 2023, esa cifra se había quintuplicado. La industria no solo sobrevive: prospera y se diversifica.
Colombia, por su parte, ha capturado a decenas de líderes del narcotráfico en las últimas dos décadas. Aun así, la producción de cocaína alcanzó niveles récord en 2023, con aproximadamente 1.738 toneladas según datos de la ONU. Los cultivos de coca se expandieron a nuevas regiones cuando fueron destruidos en otras. Los grupos criminales simplemente se trasladaban, se reestructuraban y reiniciaban operaciones.
¿Qué falta en la ecuación?
Para realmente impactar el negocio del crimen organizado se requeriría atacar simultáneamente tres flancos: reducir la demanda de drogas ilícitas en países consumidores mediante políticas de salud pública, mejorar las oportunidades económicas legales en territorios donde el crimen recluta, y desmantelar completamente las estructuras financieras que blanquean ganancias. Ninguno de estos requiere necesariamente perseguir al narcotraficante más visible.
El impacto en la vida cotidiana es directo: mientras la inseguridad continúe enfocándose en capturar individuos en lugar de desarticular redes económicas, los ciudadanos seguirán viviendo en zonas con violencia persistente. Las comunidades no se benefician de cada captura espectacular; ven cómo nuevos actores criminales llegan a sus territorios para ocupar el vacío dejado.
El cambio que falta
Un enfoque verdaderamente efectivo requeriría que los gobiernos entiendan el crimen como lo que es: una industria. Esto significa regular como se haría con cualquier negocio, no solo perseguir criminales. Algunos países europeos han experimentado con despenalización de drogas de bajo impacto, combinada con regulación de oferta controlada. Los resultados no son perfectos, pero generan datos interesantes sobre cómo cambiar la ecuación económica.
Mientras América Latina continúe jugando ajedrez policial contra un oponente que está jugando póker empresarial, el negocio del crimen organizado seguirá escribiendo sus propias reglas. La pregunta no es si habrá otro capo después del actual; la pregunta es cuándo los gobiernos entenderán que los capos son síntomas, no la enfermedad.
Información basada en reportes de: Elespanol.com