Una montaña que se borra del mapa
A principios de 2026, Colombia registró una pérdida irreversible. El glaciar Cerros de la Plaza, ubicado en la Sierra Nevada de Güicán —también conocida como macizo de El Cocuy— dejó de existir. No fue un evento dramático con cobertura mediática global. Fue, más bien, la confirmación silenciosa de una tendencia que lleva décadas acelerándose: la desaparición sistemática de las masas de hielo que coronan las montañas colombianas.
El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales certificó lo que los monitores satelitales europeos ya habían documentado desde el espacio. Las imágenes de observación terrestre no mienten. Año tras año, la nieve perpetua cede terreno a rocas desnudas, a suelo expuesto, a un paisaje que se transforma ante nuestros ojos. Cerros de la Plaza se suma a una lista que crece: Ritacuba Blanco, Pan de Azúcar, Santa Isabel. Colombia ha perdido más del 50% de su cobertura glaciar en apenas cinco décadas.
Las entrañas de América Latina se derriten
Para entender la magnitud de lo que sucede en El Cocuy, es necesario situarse en el contexto continental. Los Andes tropicales albergan el 99% de los glaciares del planeta ecuatorial. Son depósitos de agua dulce única, sistemas climáticos complejos y patrimonio natural que sostiene a millones de personas aguas abajo. Cuando desaparecen, no solo pierden su belleza o su valor simbólico. Se colapsa un ciclo hidrológico que ha funcionado durante milenios.
La Sierra Nevada de El Cocuy es más que un macizo montañoso. Es fuente de ríos que riegan valles interandinos, que alimentan acuíferos, que mantienen vivos ecosistemas frágiles. Su deshielo acelerado no es un fenómeno aislado de Colombia. Ocurre simultáneamente en Perú, Ecuador, Bolivia. Los glaciares del Chimborazo, del Sajama, del Huascarán viven el mismo colapso. Es la cara visible del cambio climático en territorios que, paradójicamente, menos han contribuido a generarlo pero más sufren sus consecuencias.
Tecnología que registra el desastre
Que satélites europeos monitoreen glaciares colombianos no es casual. Es reflejo de una realidad incómoda: muchos países latinoamericanos carecen de presupuestos robustos para vigilancia ambiental en tiempo real. Dependemos de datos compartidos, de cooperación internacional, de que otros documenten lo nuestro. Esta pérdida de autonomía en la información ambiental es sintomática de una brecha más profunda: la desigualdad en capacidades para enfrentar crisis climáticas.
Sin embargo, los datos satelitales también ofrecen claridad. No hay debate posible con evidencia fotográfica de múltiples años. El retroceso es cuantificable, predecible, irreversible en escalas humanas. Esto debería traducirse en acción, pero en la región latinoamericana enfrentamos una desconexión peligrosa: el conocimiento existe, pero las políticas públicas avanzan lentamente.
Consecuencias en cadena
La desaparición de Cerros de la Plaza tiene implicaciones que trasciendan la nostalgia geográfica. Afecta el régimen de caudales en ríos que abastecen ciudades. Altera los patrones de precipitación regional. Incrementa la vulnerabilidad de comunidades montañosas. Los páramos —ecosistemas únicos de América Latina situados entre la selva y los glaciares— pierden reguladores climáticos fundamentales.
Además, desaparecen territorios de importancia cultural para pueblos indígenas que han habilitado estos espacios durante siglos. La Sierra Nevada no es solo geología; es memoria, espiritualidad, relación ancestral con el territorio.
Lo que falta por hacer
Colombia debe transitar hacia políticas de adaptación agresivas. Protección real de páramos. Transición energética acelerada. Fondos climáticos que financien resiliencia local, no solo mitigación global. Debe también exigir que los grandes emisores de carbono asuman responsabilidad diferenciada por esta crisis.
Cerros de la Plaza ya no existe. Pero sus caudales aún fluyen, aún sostienen vida. Mientras eso suceda, hay margen para actuar. Ese margen se reduce cada día.
Información basada en reportes de: Xataka.com