El silencio de los laboratorios
Hace poco más de una década, la ciencia gozaba de un estatus singular en Washington. No era asunto de izquierda ni derecha. Los institutos nacionales de salud, esa red de laboratorios que ha producido descubrimientos revolucionarios en medicina, recibía financiamiento año tras año, con apoyo bipartidista casi automático. Era uno de los pocos lugares donde demócratas y republicanos se encontraban sin necesidad de negociar.
Eso ha cambiado. Y el cambio es más que simbólico.
La reciente expulsión de seis científicos federales marca un quiebre que va más allá de las decisiones administrativas cotidianas. Estos investigadores —cuyos nombres importan menos que lo que representan— se encuentran ahora fuera del sistema que los cobijaba, con proyectos inconclusos, equipos desarticulados y preguntas sin respuesta sobre enfermedades que no dejan de avanzar.
¿Cuándo la ciencia se convierte en rehén?
Lo que ocurrió en Washington refleja una tendencia global preocupante: la instrumentalización de la investigación científica. Cuando los gobiernos comienzan a definir quiénes pueden investigar y qué se puede investigar basándose en criterios políticos y no en mérito académico, la ciencia pierde su independencia. Y cuando la ciencia pierde independencia, todos pierden.
En América Latina conocemos bien esta paradoja. Hemos visto cómo los presupuestos de investigación se contraen en tiempos de crisis económica, justamente cuando más se necesitaría innovación para resolver esos problemas. Brasil, Argentina, México: países con capacidad científica real que no pueden sostener sus instituciones de investigación. La diferencia es que Estados Unidos tenía los recursos; lo que falta es la voluntad política.
El financiamiento de los NIH no es un gasto discrecional. Es inversión. Cada dólar invertido en investigación básica genera retornos medibles: medicamentos nuevos, terapias contra el cáncer, vacunas que salvan millones de vidas. El cálculo económico es claro, pero requiere pensar a largo plazo. Algo que los ciclos políticos electorales hacen cada vez más difícil.
El costo invisible de la purga
Cuando se expulsa a investigadores, no solo se pierden salarios. Se pierden años de experiencia acumulada, conexiones de colaboración internacional, continuidad en proyectos que no puede interrumpirse sin consecuencias graves. Un estudio sobre una enfermedad degenerativa que lleva cinco años en desarrollo no se reinicia sin trauma. Los pacientes esperando tratamientos en fase de prueba clínica quedan en suspenso.
Hay algo más sutil pero igual de peligroso: el mensaje que se envía. ¿Quién querrá trabajar en investigación federal si sabe que las decisiones sobre su empleo pueden depender de vaivenes políticos? Los mejores talentos van donde hay estabilidad. La fuga de cerebros no es solo un problema latinoamericano.
Una pregunta que va más allá de Trump
Aunque el titular menciona un gobierno específico, la pregunta es estructural y trasciende administraciones. ¿Pueden las sociedades permitirse el lujo de subordinar la ciencia a la política? La evidencia histórica sugiere que no. Los países que han prosperado en el último siglo lo hicieron protegiendo espacios de investigación independiente, aunque no siempre estuvieron de acuerdo con todo lo que se descubría ahí.
La pandemia mostró las consecuencias de ignorar la ciencia. Las próximas crisis —climática, de resistencia antimicrobiana, de enfermedades emergentes— exigirán respuestas basadas en evidencia, no en intuición política. Y esas respuestas solo vienen de laboratorios donde se puede investigar sin miedo a represalias ideológicas.
Lo que debería importar
Los seis científicos expulsados probablemente eran personas competentes, dedicadas a resolver problemas de salud. Merecían un debido proceso. Pero más allá de su caso individual, lo que importa es qué dice esto sobre el lugar que ocupa la razón en nuestras democracias.
En América Latina, muchos de nuestros investigadores sueñan con trabajar en instituciones como los NIH. No por el salario, sino por la promesa de poder investigar sin interferencias políticas. Si esa promesa desaparece, todos perdemos. No solo Estados Unidos, sino el mundo que depende de que haya lugares donde la curiosidad científica pueda florecer sin ser domesticada por poderes políticos.
La ciencia puede vivir muchas cosas. Lo que no puede vivir es la irrelevancia política. Cuando los gobiernos dejan de financiar la investigación, o comienzan a purgarla por razones ideológicas, declaran implícitamente que la verdad ya no les interesa. Y en ese punto, el problema ya no es de los científicos. Es de todos nosotros.
Información basada en reportes de: Kffhealthnews.org