El dilema de David frente a Goliat comercial
Cuando Donald Trump regresó a la Casa Blanca con su retórica de «América Primero», pocos dudaban de que los aranceles serían su arma preferida. Chile, como pequeña economía dependiente del comercio exterior, sabe que está en la mira. No es paranoia: es geometría geopolítica. Los países grandes pueden darse el lujo de guerras comerciales prolongadas; los pequeños deben negociar antes de que cierren las puertas.
La noticia reciente sobre una ventana de negociación arancelaria entre Santiago y Washington no es un titular menor. Es el espejo en el que se mira la diplomacia económica latinoamericana en estos tiempos turbulentos. Chile, que construyó su modelo de desarrollo sobre la apertura comercial y los tratados bilaterales, ahora debe demostrar que esa apuesta sigue siendo viable cuando las reglas del juego cambian unilateralmente.
Una sobretasa del 12,5%: el precio de la incertidumbre
Cifras como «sobretasa de 12,5%» pueden sonar técnicas, abstractas. Pero detrás de cada punto porcentual hay empresas reales, trabajadores, comunidades que dependen de exportaciones. Para Chile, que vende cobre, litio, vino, fruta y salmón a mercados globales, una imposición arancelaria de esa magnitud no es un ajuste menor: es una lesión seria al modelo económico.
Lo que hace interesante este momento es que aproximadamente la mitad del valor exportado ya cuenta con exclusiones o protecciones. Esto no es casualidad: es el resultado de décadas de negociación. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, firmado en 2004, fue celebrado como un hito. Parecía que esos beneficios estaban asegurados. Hoy aprendemos que ningún acuerdo es definitivo cuando la política exterior se redefine cada cuatro años.
La estrategia del producto por producto: apostar al detalle
La jugada chilena es astuta: convertir una negociación sobre aranceles generales en un proceso granular, específico, donde cada sector tenga oportunidad de demostrar su caso. No es lo mismo hablar de «exportaciones chilenas» que de «litio para baterías de autos eléctricos» o «cobre para infraestructura de energía renovable». El segundo lenguaje abre puertas que el primero mantiene cerradas.
Este enfoque reconoce una realidad que Washington entiende bien: los intereses económicos estadounidenses no son monolíticos. Los productores de cobre de Arizona, por ejemplo, pueden sentir presión de importaciones chilenas, pero los fabricantes de baterías necesitan litio a precio competitivo. Los viticultores locales ven competencia en el vino chileno, pero las cadenas de supermercados dependen de frutas de contraestación. La diplomacia exitosa explota estas fracturas naturales en el bloque contrario.
El espectro de la unilateralidad: la amenaza detrás del diálogo
Aquí está el verdadero nudo gordiano: Estados Unidos podría, en cualquier momento, ampliar unilateralmente las exclusiones arancelarias o, por el contrario, condicionar beneficios a cambios en políticas internas. Es el equivalente comercial de negociar mientras alguien apunta con una pistola. Washington tiene poder de fuego asimétrico y ambos bandos lo saben.
Para un país como Chile, esto presenta un dilema existencial. ¿Cuánto ceden en temas que consideran soberanos a cambio de acceso a mercados? ¿Es posible una negociación justa cuando hay tal desigualdad de poder? Estas preguntas no son nuevas en América Latina, pero se vuelven urgentes cuando la administración estadounidense desecha el multilateralismo como estrategia.
Una lección para la región
Lo que suceda en esta negociación entre Chile y Estados Unidos no es irrelevante para Perú, Colombia o Argentina. Establece un precedente. Si Washington logra imponer condicionamientos más allá de lo estrictamente comercial, otros gobiernos latinoamericanos enfrentarán demandas similares. Si Chile logra proteger sus intereses mediante negociación selectiva, abre una ruta que otros pueden imitar.
La pregunta que deberíamos hacernos, como región, es profunda: ¿Seguimos apostando a una integración comercial que depende de la buena voluntad de potencias externas? ¿O es momento de fortalecer vínculos intrarregionales como red de contención? Mientras tanto, Chile hace lo que puede: negocia, producto por producto, minuto a minuto. Es lo que hacen los que no tienen poder para dictar reglas.
Información basada en reportes de: Www.df.cl