Cuando la geografía se convierte en ventaja estratégica
El pasado año, las exportaciones chilenas canalizadas a través del Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TPP11) alcanzaron una cifra que no debería pasar desapercibida: US$15 mil millones. Es más que un número; es el reflejo de una apuesta geopolítica que, al menos en el corto plazo, parece estar rindiendo dividendos mesurables para la economía nacional.
Desde la perspectiva de quien analiza estos movimientos comerciales, hay algo particularmente revelador en esta trayectoria. El intercambio bilateral con los once miembros del bloque alcanzó los US$24.471 millones, registrando un crecimiento de 5,2% respecto al año anterior. Estos números sugieren que, después de tres años desde la incorporación formal de Chile a este mecanismo, las promesas iniciales no quedaron completamente en el papel de los acuerdos diplomáticos.
El contexto que los titulares usualmente omiten
Pero aquí viene la parte que exige pensamiento más profundo. Mientras Chile celebra haber tejido lazos comerciales más estrechos con economías del Pacífico —Japón, Vietnam, Malasia, Australia y Nueva Zelanda, entre otras—, el resto de América Latina observa desde la barrera con una mezcla de indiferencia y resignación. Es sintomático que en una región que históricamente ha buscado integración interna, un país termine encontrando más oportunidades mirando hacia Asia que hacia sus vecinos inmediatos.
El TPP11, heredero del malogrado Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica (TPP) del que Estados Unidos se retiró en 2017, representa un cambio de paradigma. Es una alianza que da la espalda al comercio intramericano tradicional y apuesta por la apertura irrestricta en mercados donde la competencia es despiadada pero los estándares de calidad y regulación son claros. Para un exportador de commodities como Chile, especialmente en sectores como fruticultura, vinos, salmón y cobre, esto significa acceso a compradores que demandan productos de alto estándar.
¿Ganador solitario o síntoma de fracaso regional?
Aquí me atrevo a plantear una pregunta incómoda: ¿Los buenos números de Chile en el TPP11 son un éxito de la estrategia comercial chilena o, más bien, un indicio de que América Latina ha fracasado en construir un mercado común verdaderamente atractivo? Si nuestros propios países no generan las condiciones ni los incentivos para que el comercio regional sea rentable y predecible, es comprensible que las empresas busquen oportunidades en Asia.
El crecimiento de 5,2% interanual que registra Chile no es espectacular en términos absolutos, pero es consistente. Y la consistencia, en economía internacional, es más valiosa que los picos ocasionales. Sugiere que los acuerdos firmados no quedan como letra muerta, sino que generan flujos reales de inversión y comercio.
La lección que deberíamos extraer
Lo que debería preocupar —o al menos ocupar— a los formuladores de política pública en América Latina es que mientras nuestras economías se fragmentan en acuerdos parciales y poco ambiciosos, países como Chile toman decisiones estratégicas que los posicionan en cadenas de valor globales más dinámicas. El TPP11 exige estándares laborales, ambientales y de gobernanza que, aunque debería ser lo mínimo exigible, muchas economías latinoamericanas todavía no cumplen con naturalidad.
Entonces, ¿qué significa realmente que Chile haya alcanzado récords de exportación en el TPP11? Significa que apostó por un modelo diferente al que propone el regionalismo tradicional. Significa que identificó dónde estaba el crecimiento real. Y, sobretodo, significa que mientras otros discuten, alguien está actuando.
La pregunta que cada país latinoamericano debería hacerse no es si Chile está ganando con esta estrategia, sino por qué no estamos haciendo algo similar. Porque los números no mienten: el futuro comercial parece estar en el Pacífico, no en los escritorios donde se negocian acuerdos regionales que rara vez se implementan con vigor.
Información basada en reportes de: Latercera.com