El regreso de una figura histórica en tiempos de emergencia
Cuauhtémoc Cárdenas ha vuelto a los asuntos petroleros. No como presidente ejecutivo con poder decisivo, sino como presidente honorario de una nueva comisión consultiva en Pemex. El anuncio podría parecer ceremonial para quienes desconocen la trayectoria del personaje, pero en realidad revela algo más profundo sobre el estado de la industria energética mexicana y la desesperación institucional por encontrar soluciones.
Cárdenas no es un nombre cualquiera en la historia del petróleo mexicano. Su padre, Lázaro Cárdenas, nacionalizó la industria en 1938, un acto que definió el México del siglo XX. El hijo heredó esa herencia política y, durante décadas, fue una voz importante en los debates sobre soberanía energética nacional. Su reaparición ahora, en plena crisis de Pemex, no es anecdótica. Es un síntoma.
Pemex en caída libre: los números que hablan
Permítaseme ser directo: Petróleos Mexicanos está en una situación que va más allá de lo crítico. La empresa produce menos de 1.7 millones de barriles diarios, cuando hace apenas una década superaba los 3 millones. Su deuda ronda los 100 mil millones de dólares. Las refinerías operan a capacidades ridículas. La corrupción histórica ha dejado cicatrices que ninguna gestión reciente ha logrado cicatrizar completamente.
¿Qué puede hacer un asesor honorario frente a esta montaña de problemas? La pregunta es legítima. Las comisiones consultivas suelen ser espacios de legitimidad más que de poder real. Sin embargo, el simbolismo importa en política. Traer a Cárdenas es decir: «Esto es serio. Llamamos a los mejores, a los que tienen autoridad moral».
La nostalgia como política pública
Aquí viene lo incómodo. Cuando los gobiernos recurren a figuras del pasado en momentos de crisis, frecuentemente está admitiendo que no tiene respuestas en el presente. Es un movimiento desesperado, aunque comprensible. Cárdenas representa una época donde el Estado mexicano tenía capacidad para grandes transformaciones. Una época donde la nacionalización fue posible, donde se construyeron refinerías, donde existía una visión de largo plazo.
Esa época no volverá. Las realidades globales son distintas. El mercado energético mundial no es el de los años treinta ni el de los setenta. Las tecnologías han cambiado. La geopolítica del petróleo es otra. No se puede gobernar el futuro con los instrumentos del pasado, por más legendarios que sean sus constructores.
¿Qué necesita Pemex realmente?
La respuesta no está en comisiones honorarias, por respetables que sean sus integrantes. Pemex necesita: reforma fiscal real que le permita invertir en exploración y producción; eliminación de los permisos monopolísticos que frenan la innovación; profesionalización radical de la administración; y, probablemente lo más difícil, una verdadera independencia de decisiones respecto a los ciclos políticos sexenales.
América Latina entera enfrenta este dilema. Brasil diversificó su matriz energética. Colombia negocia su transición. Chile reconoce que el cobre no es suficiente. México, por el contrario, sigue dependiendo del petróleo como si fuera 1980. La diferencia es que en 1980 tenía petróleo abundante.
La pregunta incómoda
¿Por qué llamar a Cárdenas ahora y no hace cinco años? ¿Por qué esperar a que Pemex llegara a estos niveles de deterioro? La respuesta revela la verdad incómoda: porque la política inmediata siempre gana sobre la estrategia. Porque los gobiernos prefieren mantener la apariencia de control que enfrentar los cambios estructurales que requiere la industria.
Cuauhtémoc Cárdenas merece respeto por su trayectoria. Pero su regreso es un epitafio más que un salvavidas. El epitafio de una era donde el Estado podía resolver los grandes problemas energéticos del país. Hoy, esa capacidad se ha erosionado. Y ninguna comisión consultiva, por prestigiosa que sea, puede reconstituirla con buenas intenciones.
Lo que México necesita no es mirar atrás con nostalgia. Necesita decisiones valientes ahora. Pemex no será salvado por honores al pasado, sino por reformas en el presente que quizá ningún gobierno tenga el coraje político de enfrentar.
Información basada en reportes de: El Financiero