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Artistas latinoamericanos defienden lo analógico contra la homogeneización de la IA

Mientras la inteligencia artificial coloniza espacios creativos, dibujantes y grabadores reivindican técnicas ancestrales como acto de resistencia cultural y ambiental.
Artistas latinoamericanos defienden lo analógico contra la homogeneización de la IA

La rebelión del papel y la tinta contra la uniformidad digital

En las últimas décadas, América Latina ha presenciado una transformación acelerada de sus prácticas artísticas. La digitalización prometía democratizar la creatividad, pero ha generado un fenómeno paradójico: la estandarización estética. Mientras algoritmos entrenen sus modelos con millones de imágenes, artistas grafistas del continente levantan la voz para defender lo que consideran irrenunciable: el proceso manual, la materialidad, el error creativo que solo emerge del encuentro entre la mano y la superficie.

Esta resistencia no es nostálgica ni reaccionaria. Es, fundamentalmente, un acto político. Creadores como Patricia Blanco, mencionada recientemente en medios mexicanos, encarnan una posición cada vez más común entre profesionales de las artes visuales: rechazar la comodidad de herramientas computacionales que prometen eficiencia a cambio de perder identidad.

¿Qué pierde el arte cuando pierde el cuerpo?

La práctica del grabado y el dibujo manual requiere algo que ningún algoritmo puede replicar: la presencia física sostenida. Cuando un artista talla una matriz de madera, cuando tienta el papel húmedo contra la piedra litográfica, cuando observa cómo la tinta se comporta de formas impredecibles en cada impresión, está generando conocimiento encarnado. Sus manos memorizan texturas, sus ojos aprenden a leer irregularidades que las máquinas interpretan como defectos.

En contextos latinoamericanos, estas técnicas cargan además un peso histórico innegable. El grabado fue herramienta de documentación durante la conquista, medio de propaganda política durante dictaduras, vehículo de denuncia social en movimientos de resistencia. Artistas como los Taller de Gráfica Latinoamericana han demostrado que el grabado no es una técnica anacrónica, sino un lenguaje vivo capaz de expresar urgencias contemporáneas.

La huella de carbono invisible de la creatividad digital

Existe también una dimensión ambiental raramente mencionada en estos debates. La producción de inteligencia artificial requiere una infraestructura de servidores que consumen energía masivamente. Entrenar modelos de imagen generativa demanda miles de megavatios-hora. En regiones donde la matriz energética depende aún de combustibles fósiles, cada imagen generada por IA tiene una deuda de carbono real.

Por el contrario, el trabajo con papel y tinta, cuando proviene de fuentes responsables, cierra ciclos más cortos. El papel puede ser reciclado, los pigmentos pueden ser naturales. Algunos grabadores latinoamericanos han comenzado a experimentar con tintas a base de plantas y papeles de fibras locales, creando prácticas verdaderamente sostenibles que la industria digital aún debe resolver.

La singularidad como acto de soberanía

Lo que articula verdaderamente esta reivindicación es un concepto que atraviesa luchas políticas más amplias en América Latina: la soberanía creativa. Cuando un artista elige mantenerse fuera del ecosistema de datos que alimenta a empresas tecnológicas globales, no solo protege su autonomía estética. Resguarda el derecho de sus comunidades a producir sentido desde sus propias coordenadas culturales.

Las imágenes generadas por IA son, por definición, promedio estadístico. Replican lo que la máquina aprendió a reconocer como valioso. En una región cuya diversidad visual ha sido sistemáticamente marginada de los cánones globales, esto representa una amenaza concreta: el riesgo de que las formas específicas de ver y representar lo latinoamericano queden fuera de los datasets, invisibilizadas nuevamente.

Movimientos emergentes en el sur

La defensa de lo analógico no es fenómeno aislado. En ciudades como Ciudad de México, Buenos Aires, Lima y Bogotá resurgen colectivos de grabadores, talleres de impresión y espacios de experimentación con técnicas antiguas. No como museos vivientes, sino como laboratorios donde se explora cómo lo manual puede dialogar críticamente con lo digital sin ser absorbido por él.

Algunos artistas han encontrado equilibrios híbridos: utilizan la computadora para diseño, pero transfieren a técnicas analógicas para producción. Otros rechazaron completamente la pantalla. Lo importante es que estas decisiones son conscientes, deliberadas, políticas.

La pregunta que importa

¿Puede existir una industria creativa que no dependa de la extracción de datos? ¿Cuál es el futuro de prácticas artesanales en economías neoliberales que valoran velocidad sobre reflexión? Mientras América Latina sigue siendo proveedora de datos para entrenar inteligencias artificiales desarrolladas en el norte global, estas preguntas adquieren urgencia.

La defensa del papel y la tinta no es un lujo para nostálgicos. Es una línea de resistencia contra la colonización de la imaginación.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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