¿Aprobación sin seguridad? El dilema de Brugada en la Ciudad de México
Las cifras de aprobación de un gobernante suelen contar solo parte de la historia. En julio, los datos mostraban que poco más de la mitad de los capitalinos respalda la administración actual. Pero detrás de ese número habita una realidad más compleja: mientras el apoyo se mantiene relativamente estable, crece de forma alarmante la preocupación ciudadana por un tema específico que amenaza con erosionar esa legitimidad desde adentro.
La inseguridad no es una preocupación menor en la agenda pública de la Ciudad de México. En poco tiempo, pasó de ocupar un lugar en las menciones de los habitantes a convertirse en el problema más mencionado. Ese salto de diez puntos porcentuales no es un movimiento estadístico cualquiera; es el reflejo de experiencias cotidianas: robos, violencia callejera, extorsión. Es la percepción de que las calles son menos seguras hoy que ayer. Es el miedo que condiciona dónde se va, a qué hora, por qué ruta.
El espejo incómodo de Latinoamérica
Este patrón no es exclusivo de la capital mexicana. Atraviesa toda Latinoamérica. En Argentina, en Perú, en Venezuela, en Colombia, hemos visto gobiernos con índices de aprobación respetables enfrentar descontento profundo sobre criminalidad e inseguridad. La lección histórica es clara: la tolerancia ciudadana hacia una administración tiene límites, y frecuentemente ese límite se define no por cuestiones macroeconómicas sino por la sensación tangible de vulnerabilidad personal.
Un ciudadano puede aceptar déficits fiscales, cambios en política exterior o reajustes administrativos. Pero no tolera fácilmente no poder caminar seguro por su barrio. No tolera que sus hijos lleguen tarde a casa. Esa es una línea roja que, cuando se cruza, puede transformar rápidamente números de aprobación en movilización política, en castigo electoral, en deslegitimación.
El buen apoyo, la mala percepción
¿Qué explica entonces que coexistan una aprobación cercana al 57% con una preocupación creciente por la inseguridad? Probablemente, la desconexión entre lo que el gobierno reporta y lo que la gente experimenta. Estadísticas que muestran reducción de ciertos delitos pueden resultar irrelevantes para quien fue víctima de robo hace dos meses o vive en una zona donde la extorsión es cotidiana.
Esto plantea una pregunta incómoda para cualquier administración: ¿De qué sirve mantener apoyo si no se resuelve aquello que más preocupa? La respuesta pragmática es que el apoyo es frágil. Es un permiso que se revoca cuando las prioridades ciudadanas no se atienden, sin importar cuán sólida parezca la base electoral en las encuestas del momento.
Hacia dónde va la inercia
El desafío para la administración capitalina es evidente: tiene un margen de maniobra que no debe desperdiciar. Ese 57% de aprobación es capital político que puede invertirse en políticas de seguridad, en coordinación con autoridades federales, en presencia institucional en territorios críticos. O puede ignorarse la señal de alerta, apostando a que el apoyo electoral siga siendo suficiente a pesar del deterioro percibido en seguridad.
La historia regional sugiere que esta segunda opción es un camino hacia la erosión. No de forma abrupta, sino gradual. Cada mes que pase con inseguridad creciente en la percepción ciudadana será un punto menos de aprobación, hasta llegar al punto crítico donde gobernar se vuelve operativamente más difícil, donde las coaliciones se fracturan, donde la legitimidad se evapora.
La Ciudad de México no está ahí aún. Pero ese salto de diez puntos en preocupación por inseguridad no es un dato que pueda pasarse por alto. Es un aviso. Una invitación a pensar en qué es realmente lo que sustenta la gobernanza: ¿números en encuestas, o la confianza de que el estado puede proteger a sus ciudadanos en lo más básico? Esa respuesta determinará si la aprobación actual es sólida o si estamos viendo el reflejo de una legitimidad que está comenzando a resquebrajarse desde sus cimientos.
Información basada en reportes de: El Financiero