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La ganadería devora los bosques mexicanos: 7 de cada 10 árboles caen por pastos

Datos oficiales revelan que la cría de ganado es el principal motor de deforestación en México. Un patrón que se replica en toda América Latina con consecuencias climáticas irreversibles.
La ganadería devora los bosques mexicanos: 7 de cada 10 árboles caen por pastos

La ganadería devora los bosques mexicanos: 7 de cada 10 árboles caen por pastos

En México desaparece bosque a un ritmo acelerado. Las cifras oficiales de la Comisión Nacional Forestal pintan un panorama preocupante: más de tres cuartas partes de la deforestación permanente en el país obedecen a un único factor: la expansión de praderas destinadas a la ganadería. Este dato, lejos de ser una anécdota forestal, representa una de las presiones más destructivas sobre los ecosistemas latinoamericanos y una amenaza concreta para la estabilidad climática regional.

Cuando se habla de deforestación, la imaginación pública suele dirigirse hacia escenas de madereros clandestinos o grandes proyectos de infraestructura. Pero la realidad es más sistemática y, paradójicamente, más legal. La conversión de terrenos boscosos en extensiones de pasto para alimentar ganado bovino es un proceso que ocurre a plena luz del día, frecuentemente dentro de marcos regulatorios débiles o con permisos que priorizan rentabilidad económica inmediata sobre conservación.

Este fenómeno no es exclusivo de México. Desde Brasil hasta Centro América, pasando por Argentina y Paraguay, la ganadería extensiva ha emergido como el mayor consumidor de tierras forestales. En el Amazonas brasileño, estudios independientes estiman que el ganado es responsable de aproximadamente el 80% de la deforestación. En Guatemala y Honduras, las cifras rondan el 60-70%. México, con un 73%, se alinea con una tendencia regional que convierte a la cría de ganado en la principal amenaza forestal del continente.

Un negocio que esquiva la responsabilidad ambiental

La dinámica es económicamente racional pero ecológicamente catastrófica. El ganado bovino requiere grandes extensiones de terreno: una hectárea puede alimentar apenas uno o dos animales en pastoreo extensivo. Para un ganadero con limitado acceso a capital, la opción más viable es expandir horizontalmente: talar bosque, quemar residuos, sembrar pastos, introducir ganado. El ciclo es simple y, durante décadas, ha carecido de frenos efectivos.

Lo preocupante es que este modelo de ganadería extensiva es económicamente ineficiente desde una perspectiva integral. Consume recursos naturales finitos—agua, suelo, biodiversidad—a cambio de productos cuyo valor agregado es relativamente bajo. Un kilogramo de carne bovina requiere entre 15,000 y 20,000 litros de agua en su producción total. Simultáneamente, destruye servicios ecosistémicos que tienen valor económico incalculable: captura de carbono, regulación hídrica, alojamiento de biodiversidad.

El costo climático de expandir pastos

Desde la perspectiva del cambio climático, la conversión de bosques a pastizales es particularmente perniciosa. Los árboles son depósitos de carbono. Cuando se deforesta, ese carbono se libera a la atmósfera de forma inmediata o gradual. Además, el ganado bovino es productor significativo de metano, un gas de efecto invernadero 28 veces más potente que el dióxido de carbono en un período de 100 años.

México contribuye aproximadamente 15% de sus emisiones de gases de efecto invernadero a través del sector ganadero. Para un país que enfrenta sequías cada vez más intensas en el norte y eventos de lluvia extrema en otras regiones—ambos exacerbados por calentamiento global—esta cifra representa una contradicción política insostenible. El país se comprometió en acuerdos internacionales a reducir emisiones, pero mantiene subsidios, permisos y políticas que incentivan exactamente la expansión ganadera que más daño climático causa.

¿Dónde están las alternativas?

La ganadería intensiva o semiintensiva requiere menos tierra y mayor inversión en infraestructura, nutrición animal y tecnología. Uruguay ha demostrado que es posible mantener una industria ganadera competitiva con menor huella forestal. Costa Rica ha avanzado en la certificación de ganadería sostenible. Pero estas experiencias no se generalizan en México o Centroamérica, donde prevalecen modelos tradicionales y donde el capital para transición tecnológica no está disponible para productores pequeños y medianos.

También existen opciones agroforestales: integrar árboles en sistemas ganaderos, mantener cobertura forestal mientras se produce. Pero estas requieren asesoría técnica, crédito accesible y certeza sobre derechos de tenencia de tierra—precisamente lo que falta en muchas regiones mexicanas donde ocurre la deforestación.

La urgencia de revertir la tendencia

Los datos de la Conafor no son simplemente números: representan millones de árboles desaparecidos, especies en declive, capacidad reducida de los ecosistemas para amortiguar el cambio climático. México aún posee riqueza forestal significativa—alberga entre 10% y 12% de la biodiversidad mundial—pero a la velocidad actual de pérdida, esa ventaja se evaporará en décadas.

La solución requiere simultaneidad: regulación más estricta de conversión forestal, apoyos económicos para ganadería menos extractiva, educación sobre alternativas, y—fundamental—revisión de subsidios perversos que hoy hacen más rentable deforestar que conservar. La ventana de tiempo es estrecha. La próxima década será determinante para definir si los bosques mexicanos persistirán como sumideros de carbono y alojamientos de vida, o si seguirán siendo convertidos en pastos que alimentan una industria ganadera que, paradójicamente, empobrece a quienes dependen de ella.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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