Cuando los libros vuelven a ocupar el centro de la escena
Existe un momento en el año donde las universidades se transforman en templos de la palabra escrita, donde el papel y la tinta recuperan el protagonismo que la velocidad digital intenta arrebatarles. La Fiesta del Libro y la Rosa 2026, que llegará al Centro Cultural Universitario de la UNAM a finales de abril, representa precisamente eso: una pausa reflexiva en nuestro calendario cultural, un encuentro donde todavía creemos que nombrar las cosas es darles existencia.
El lema elegido para esta edición —»Nombrar para existir»— no es casual. En tiempos donde proliferan las narrativas fragmentadas, donde los algoritmos deciden qué leemos y dónde se detiene nuestra atención, volver a la potencia del acto de nombrar es un gesto político. Es afirmar que la literatura, en sus múltiples formas, sigue siendo el espacio donde podemos construir realidades alternativas, donde la palabra recupera su capacidad de transformación.
Una tradición que persiste y evoluciona
Estas festividades literarias tienen raíces profundas en América Latina. Desde hace décadas, ciudades como Bogotá, México y Buenos Aires han mantenido vivas estas celebraciones del libro, reconociendo que la lectura no es un acto solitario sino una experiencia compartida. La Fiesta del Libro y la Rosa, con su evocación casi romántica (recordemos que en Cataluña se regalan rosas junto a libros en Sant Jordi), busca recuperar la noción de la literatura como acontecimiento comunitario.
Lo notable es que la UNAM, como institución educativa de envergadura continental, sea quien continúe manteniendo esta tradición viva. Las universidades cumplen un rol crucial en la preservación y difusión de la cultura letrada en momentos donde la fragmentación digital amenaza con pulverizar nuestra capacidad de concentración. No se trata de nostalgia por un pasado mejor, sino de reconocer que ciertos espacios de encuentro siguen siendo imprescindibles.
Más allá de las páginas impresas
Una fiesta del libro en 2026 no puede ser lo que fue hace veinte años. Los organizadores entienden esto, y por eso estas convocatorias evolucionan para incluir múltiples lenguajes. Los libros siguen siendo protagonistas, pero ahora comparten espacio con encuentros de autores, performances, instalaciones, conversaciones sobre cómo se cuenta historias en diferentes medios. La palabra escrita dialoga con la imagen, el sonido, el cuerpo en movimiento.
Este enfoque expansivo es especialmente relevante para el público joven. Todavía existe la creencia de que la literatura pertenece al pasado, que es cosa de generaciones previas. Pero cuando se hace evidente que la narrativa es un acto vivo, que los autores son personas con las que podemos conversar, que los libros abordan las inquietudes de nuestro presente inmediato, la percepción cambia. La lectura deja de ser una obligación escolar para transformarse en un acto de libertad intelectual.
Centro Cultural Universitario: el escenario preciso
La elección del Centro Cultural Universitario como sede no es menor. Este espacio, históricamente dedicado a la difusión del pensamiento crítico y la expresión artística, ofrece la infraestructura y la atmósfera necesarias para que una fiesta de estas características respire adecuadamente. No es simplemente un salón de convenciones, sino un lugar donde conviven múltiples manifestaciones del conocimiento y el arte.
Los días del 23 al 28 de abril marcarán una ventana temporal donde la universidad abre sus puertas de manera deliberada para que el público en general participe en celebración de la literatura. Será un espacio donde el académico y el lector casual encuentran terreno común, donde se reconoce que la cultura no es propiedad de especialistas sino patrimonio colectivo que requiere ser activado constantemente.
La urgencia de leer en presente
Vivimos una época donde las historias circulan a velocidades vertiginosas, donde las narrativas compiten ferozmente por nuestro tiempo. En este contexto, una fiesta dedicada a los libros es también un acto de resistencia contemplativa. Propone que todavía vale la pena detenerse, que el acto de leer—con su exigencia de paciencia, su invitación a sumergirnos en perspectivas ajenas—sigue siendo uno de los ejercicios más radicales para expandir nuestra comprensión del mundo.
Para quienes habiten la ciudad de México o puedan acercarse en esas fechas, la propuesta está abierta. Una fiesta donde los libros existen no solo como productos sino como vínculos, como promesas de otros mundos, como invitaciones a nombrarnos a nosotros mismos de maneras que la rutina diaria no nos permite.
Información basada en reportes de: El Financiero