Un crecimiento contenido pero estable
La economía mexicana atraviesa un momento de ajuste. Las autoridades hacendarias proyectan que durante 2026 el Producto Interno Bruto (PIB) crecerá 2.3%, con un rango de variabilidad entre 1.8% y 2.8%. En términos absolutos, esto significaría que la economía alcanzaría los 37.325 billones de pesos, consolidándose como una de las más grandes de América Latina, pero enfrentando desafíos estructurales importantes.
¿Qué implica este número en la vida real? Un crecimiento de 2.3% es considerado moderado en comparación con décadas anteriores. Para poner en perspectiva: en los años ochenta, México registraba expansiones de 5% o superior. Hoy, las economías latinoamericanas enfrentan limitaciones similares: Brasil proyecta crecimientos entre 2% y 2.5%, mientras que Colombia anticipa tasas cercanas a 2.1%. Somos parte de una región que ha ralentizado su ritmo de desarrollo.
Impacto directo en empleos y salarios
Un crecimiento de 2.3% suena técnico, pero toca aspectos concretos. Cuando el PIB crece lentamente, la generación de empleo también se modera. Históricamente, México requiere tasas de expansión superiores a 3% para crear empleos que absorban el crecimiento demográfico. Con 2.3%, es probable que la creación de puestos de trabajo se mantenga por debajo de las necesidades reales, especialmente en sectores formales con prestaciones.
Esto tiene consecuencias visibles: salarios reales (lo que realmente puedes comprar con tu dinero) tienden a estancarse cuando el crecimiento es bajo. Los incrementos nominales que otorgan empresas apenas superan la inflación, sin dejar margen para mejorar el poder adquisitivo. Para una familia promedio mexicana, significa que aunque el salario nominal suba 4% o 5%, el poder de compra podría mantenerse estancado.
¿Por qué las proyecciones incluyen un rango de incertidumbre?
Nota que los precriterios no presentan una cifra única, sino un rango: entre 1.8% y 2.8%. Esta amplitud refleja la incertidumbre económica actual. El contexto internacional es inestable: cambios en políticas comerciales estadounidenses, volatilidad en mercados financieros globales, y presiones inflacionarias residuales crean escenarios variables. En el plano doméstico, factores como la inseguridad, la infraestructura deficiente y los cambios institucionales también generan incertidumbre.
Un crecimiento en el piso del rango (1.8%) sería preocupante; uno en el techo (2.8%) sería más alentador. El diferencial de un punto porcentual representa millones de empleos potenciales y cientos de miles de millones de pesos en actividad económica.
Contexto latinoamericano y global
México no crece en aislamiento. La región completa enfrenta desafíos similares: China, tradicional motor de demanda por commodities latinoamericanos, ha desacelerado. Estados Unidos, principal socio comercial de México, también muestra signos de ralentización. Estos factores externos limitan el potencial de crecimiento regional.
Comparativamente, México mantiene ventajas: proximidad a Estados Unidos, tratados comerciales establecidos y una base de manufactura desarrollada. Sin embargo, la competencia de economías asiáticas, la necesidad de modernizar infraestructura y los retos de seguridad frenan un mayor dinamismo.
Implicaciones para inversión y precios
Un PIB que crece a 2.3% también afecta decisiones de inversión. Empresas planean expansiones basadas en perspectivas de crecimiento; si este es bajo y predecible, invierten menos en nuevas plantas o tecnología. Esto crea un círculo: menos inversión genera menos productividad, lo que a su vez frena crecimiento futuro.
En materia de precios, un crecimiento moderado generalmente ayuda a mantener presiones inflacionarias bajo control. Cuando la demanda no crece aceleradamente, hay menos presión al alza en costos, lo que beneficia al consumidor. No obstante, shocks externos (energía, materias primas) pueden romper este escenario.
¿Qué debería esperar el ciudadano promedio?
En términos prácticos: mercado laboral con pocas oportunidades nuevas, salarios reales estancados, pero inflación relativamente controlada. Consumo que crece lentamente. Empresas que expanden con cautela. Gobierno con ingresos tributarios limitados para invertir en infraestructura o servicios públicos.
Es un escenario de «baja velocidad»: ni es recesión, ni es prosperidad. Es la nueva normalidad para economías intermedias en un mundo globalizado pero fragmentado. México, como potencia regional, experimenta los límites de este modelo de desarrollo y enfrenta la necesidad de reformas estructurales profundas para romper este techo de crecimiento.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx